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La salvación por las almas

Es natural que generalmente nos representemos las figuras de los oficiales alemanes de la Wehrmacht (la literatura, el cine y nuestros propios prejuicios han contribuido para que esto suceda de esa manera) asociadas de manera estrecha a las formas de una encarnación despiadada, y a determinadas nociones en las cuales el Bien se encuentra perfectamente ausente.

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La sistematización en el exterminio de otros seres; la creencia en una superioridad racial que la justifique; la razonada crueldad puesta de manifiesto en la eliminación eutanásica de muchos seres y la deliberada ausencia de compasión en casi todos los  ámbitos de la vida humana (características visibles del régimen al que sirvieron aquellos oficiales, y del cual fueron estos actores principales), crean la certeza absoluta de que el llamado Tercer Reich fue un universo en el que solamente el Mal, en su esencialidad más descarnada, podía tener imperio, y en el cual los actos vinculados a lo mejor que el hombre lleva en sí estuvieron totalmente ausentes.

Siendo muy niño escuché en una reunión familiar que un tío de mi madre había sido salvado de la muerte por un teniente de las fuerzas alemanas. El dato no era menor. Mis cuatro bisabuelos maternos habían sido asesinados en la dilatada geografía de la URSS durante el tremendo huracán de la Operación Barbarroja. Eran personas ancianas (uno, rabino en Chernivtsi), y me gustaba imaginar, en la profundidad de mis noches de niño desvelado, que habían ingresado en la cámara de gas con la misma inocencia con la que cumplían sus deberes familiares en la caldeada habitación principal de sus hogares. 

Me gustaba imaginar también que muchos de los soldados alemanes que habían perecido en el hielo soviético eran tan compasivos como aquel teniente que había salvado a mi tío abuelo. El tema era de debate permanente en mi familia, y todos, a la manera de un péndulo que recorre los extremos opuestos de su recorrido, oscilábamos entre la creencia en la maldad esencial del pueblo germano y la inocencia, sino de todos, al menos de algunos "elegidos" de ese pueblo. Mi abuelo, que había aprendido a cantar en su Vinnitsa natal el Winterreise de Schubert, negaba la maldad fundamental de los alemanes, enfrentando de esta manera el juicio adverso de toda su familia y, sobre todo, las amonestaciones de su esposa, una judía ucraniana de ceño jupiterino.

Los años fueron pasando, y casi todos los miembros de mi familia materna han muerto. De aquellas largas conversaciones sobre la bondad o la maldad absoluta de los alemanes apenas queda nada, y solamente tienen sobrevivencia cuando algún hecho aislado, operando a la manera de la magdalena de Marcel Proust, las traen al presente. 

El acento cálido de mis parientes se ha perdido para siempre, pero conservo todavía, en mis largas horas nocturnas de insomne adulto, el inocente e imposible empeño de dar respuesta a aquel viejo interrogante acerca del Mal Absoluto del pueblo alemán. A veces creo haber encontrado esa respuesta en la inminencia del hecho estético.

Recuerdo haber visto hace una decena de años una película de Roman Polanski titulada "El pianista". La película me interesó por varias razones. El personaje central es un judío polaco, basado en el verdadero Wladyslaw Szpilman, pianista de relativa notoriedad en su tiempo y experto en Chopin, algo que me recordaba a mi querido abuelo. 

El pianista en cuestión vive una situación de clandestinidad y encierro alternada con períodos de convivencia con los mismos alemanes. Szpilman, y eso para mí era lo verdaderamente esencial, es salvado por un oficial alemán que descubre su presencia en un viejo edificio abandonado de la destruida Varsovia, algo que me recordaba el destino de aquel pariente mío, el tío abuelo salvado de la muerte por la bondad de otro oficial alemán en la enorme llanura ucraniana.

Comencé a leer sobre Szpilman y, sobre todo, acerca de Wilhelm Hosenfeld, el salvador de Szpilman, en un viejo libro encontrado en una mesa de saldos. De esa manera fui conociendo el increíble destino de aquel maestro alemán de credo católico, padre de cinco hijos y devenido en capitán del ejército por el imperio de las circunstancias y su fe en la prédica mesiánica de Adolf Hitler.

Sobre 1941, Hosenfeld es destinado a Varsovia. En la ciudad contempla el estado de horror a que son reducidos los judíos polacos. Forma parte de las mismas fuerzas que reprimen el Gueto de Varsovia. Escribe en su diario: ¿Será que el diablo ha tomado forma humana? Nos hemos llenado de una vergüenza inexpugnable, de una maldición imborrable. No merecemos misericordia, todos somos culpables. Me avergüenzo de caminar por la ciudad, cualquier polaco tiene el derecho de escupirnos en la cara.

Hacia finales de 1944, Hosenfeld salva a Szpilman. Salva también a otros polacos, procurándoles alimentos y salvoconductos. Unos meses después es capturado por las fuerzas soviéticas. Nunca regresaría a su Alemania natal. El 13 de agosto de 1952 moriría en la lejana Stalingrado, de resultas de la rotura de la aorta torácica. Los guardianes soviéticos del campo de trabajos forzados en el que vivió los últimos siete años de su vida lo recordarían como un hombre piadoso y culto.

Hace muchísimos años, de niño, leí en un viejo libro de leyendas judías que todas las generaciones humanas poseen treinta y seis hombres justos que impiden la destrucción final del mundo. He dado en imaginar que Wilhelm Hosenfeld, y el teniente que salvó a mi tío abuelo, fueron algunos de aquellos hombres. Desearía también que ese haya sido el destino de tantos buenos alemanes.

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