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Un viejo amigo

Cuando bajé del auto, el olor profundo del campo ardió en mis narices. Olor puro y vasto como los cielos.

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Había manejado unas cuatro horas y, más allá del dolor de espalda (tengo un pinzamiento en las cervicales, los 51 años no vienen solos), tenía hambre y sed. Eran las once y media de la mañana de un día peleado entre el cielo y las nubes, 29°C, 30% de humedad. 

Estacioné a la sombra de dos chivatos que se curvaban sobre el techo del rancho.

COMIDA Y CERVEZA FRÍA

Era un parador baldeado de frituras y aromas a carne asada. Ocho mesas de caña y asientos duros como monturas. La luz de la mañana se filtraba entre las pajas del techo y creaba oscuridades en los rincones. Se asomó una mujer detrás del mostrador y desapareció como un fantasma. Reparé entonces en el gran ventilador que jadeaba ventarrones en una de las esquinas del mostrador. Súbito también, un viejo petisón, medio ladeado, las manos enredadas en una toalla grasienta, se corporizó en el mostrador y me saludó.

El asado que estaba haciendo en el fondo ya estaba reservado, lo mismo los tomates y las lechugas, solo los martes y jueves hacían sopa (era miércoles) y me podía ofrecer un par de chorizos, pan, o choripanes, uniendo esos dos insumos. 

-¿Cerveza fría? Tengo cerveza fría. Di media vuelta y me senté a una de las mesas.

Reparé en que el hombre, de gesto sarmientino, me miraba como si anduviera buscando en mi cara un rasgo familiar, algo así.

-¿A nombre de quien hago la cuenta?, preguntó antes de retirarse a bambalinas. Era extraño que en la inmensidad de la pampa, en un parador perdido, necesitaran mi nombre para cobrarme la consumición. Pero, en fin.

-Hágala a nombre de Franco Marulli.

El hombre retrocedió satisfecho. Y antes de salir de escena, volvió a mirarme. Debajo del bigote poblado pareció sonreír.

Camiones y autos bramaban lejanos. Me recosté y entrecerré los ojos. Podía escuchar la discusión entre dos benteveos y las ramas frotándose entre sí como mujeres secándose con toallas al borde una piscina. 

Por unos segundos, creí recordar ese parador como un detalle fugaz de la infancia, pero ni mi familia ni yo utilizamos jamás esta ruta antes.

Llegó la cerveza fría y la cara del hombre. Ahora sonreía achicando sus ojitos grises.

-Ya llegan los chori, dijo. Hizo un silencio sin dejar de mirarme.

-¿A qué hora llegan sus clientes? Le pregunté, mientras un cachorro negro me olisqueaba los pantalones.

-Siempre llegan –dijo, socarrón- como usted.

-Pero si nunca antes anduve por acá.

-Creo que usted no se acuerda de la fiesta, dijo, y dejó de sonreír con la boca, los ojos y con lo que sea.

-¿De qué habla, amigo?

Largó una risotada teatral y murmuró no me haga caso.

-Apurá los chorizos, Adelina, gritó regresando al mostrador.

De un patadón eché al cachorro, agarré el vaso de cerveza, me levanté y caminé hasta la entrada. La mañana era blanca y vacía. Un tero paseaba compadrón muy cerca de un aljibe abandonado.

Qué tipo raro el viejo, pensé.

-Allí había una lagunita –señaló con la uña dura de su dedo un lugar seco, de cañas quebradas y en donde no podría nadie imaginar una laguna.

-¿Cómo se llama amigo? –le dije, dándome vuelta, ya que él había reaparecido a mis espaldas.

-Ávalos, Germinal Ávalos, para lo que guste mandar. No nací aquí, las cosas me trajeron a vivir por estos lados. Armaron este parador porque aquella curva, ¿la ve?, es un diablo de cemento.

-¿Un diablo de cemento?

-Sí, mucha gente allí partió al cielo y al infierno, según le toque.

-¿Accidentes?

-Accidentes, en fin, dígalo así…

-No entiendo.

-Es difícil, señor…

-Franco…

-Señor Franco. Perdone, por el olor creo que ya están sus choris.

-¡Germinal, ya están los choripanes del señor! –la voz de la mujer se oía entusiasmada.

Entramos.

Germinal pidió permiso y se fue a la cocina. De un sorbo tomé la cerveza y grité pidiendo otra.

Comencé a comer el primer choripán. Tenía un hambre terrible. Riquísimo.

Llegó el nuevo vaso de cerveza, lo trajo un muchachito manchado de vitíligo, tímido, se alejó.

Miré hacia afuera y vi al tero caído, las plumitas al viento, como si se estuviera por deshojar. No se movía.

Llamé al hombre y le pregunté si el tero estaba muerto. Germinal caminó hasta él, lo tomó de una pata y me lo mostró, digamos que lo hamacó como si fuera un plumero.

-¡Está muerto! –gritó, y lo dejó caer. Llamó al cachorro y el perrito se lo empezó a comer.

Regresó Germinal, pesado y rascándose el costado de la panza, y se detuvo frente a mí.

-¿No le gustan los choris, señor Franco?

-No, no es eso, me revolvió el estómago lo que le pasó al tero.

-Lo suyo fue peor, mucho peor -dijo, su cara se llenó de sombra.

-¿Qué está diciendo?

La cabeza de Adelina se asomó desde la cocina y dijo:

-Ya va a estar el asado.

-¿Qué está pasando aquí?, dije, parándome de golpe.

-Tranquilo, don Franco, le explico: usted, su papá, su mamá y Loli, su hermanita, se mataron en aquella curva hace añares. El auto volcó y se prendió fuego. Murieron todos. No sé por qué, solo a ustedes se les ocurre, todos los años, para esta fecha, llegan para comer un asadito, estar un rato entre ustedes y bueh… después se van, cada cual por su lado.

-Usted está muy loco, viejo, muy loco. ¿Cómo se atreve?

-Usted tenía ocho años y su hermana Loli cuatro. Pero no se enoje conmigo, Franquito. Mire, ahí está llegando su familia, en el mismo Rambler en el que se mataron.

Divisé a papá en el volante, con su saco beige, a mamá pintándose la boca, a Loli metiéndose el dedito en la nariz y un pibe serio, de ocho años, peinado a la gomina, anteojudo.

-¿Y el varón ése quién es?

-Usted, Franco cuando era pibe.

-¿Y qué hago yo acá, con cincuenta y un años?

-Ah, no sé, Franquito, yo no manejo esas cosas, yo solo atiendo el parador… ¿Quiere que sirva con pan o con galleta de campo?

-Con galleta de campo, dije, y me quedé esperando a que papá dejara el auto para darle un abrazo.

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