Roberto Reiniero Mendoza: "Fui a la guerra por voluntad propia"
Estaba en su pueblo, Gancedo, cuando decidió alistarse en el ejército sin recibir notificación previa. "Cuando sabés a qué vas y por qué vas a la guerra, la cabeza funciona de otra manera", sentencia.

El próximo 2 de abril se cumplirán 40 años de la Guerra de Malvinas, y este año también harán 189 años de la usurpación del Reino Unido. Desde el primer domingo de febrero en estas páginas comenzamos a recorrer las historias chaqueñas a 40 años de Malvinas.
En octubre de 1981 le habían dado la baja del Servicio Militar Obligatorio. Volvió a Gancedo. Se dejó el pelo largo. Las noticias comenzaban a circular en la radio. Había poca televisión en esa época en Gancedo y en otros puntos de la provincia.
Cuando a fines de marzo comenzaron a reincorporar y a llamar a los jóvenes para alistarse para la guerra, Roberto Mendoza no lo dudó ni un segundo: "Sobrinos míos habían recibido el llamado. Yo tenía que esperar a que me llamaran para ir a la guerra. Sin embargo, le hablé a mi mamá en ese momento y le dije que me iba. Ella quiso que yo esperase a que me llamaran. Yo sabía que tarde o temprano me iban a llamar. Así que me fui como voluntario", cuenta, y su voz se oye clara, precisa, sostenida, en una decisión que para él fue la correcta.
La ciudad donde vive Roberto Mendoza está ubicada en el límite con Santiago del Estero, a 342 km de Resistencia. Desde esta ciudad a Mercedes, Corrientes, hay 264 km. En total, Roberto recorrió más de 600 km haciendo dedo para alistarse en el regimiento de Mercedes.
"Ahí se armó la compañía. Me dieron ropa y me mandaron a la peluquería. Luego con la compañía nos trasladaron en tren hasta Paraná, Entre Ríos. Fuimos en avión hasta Comodoro Rivadavia, y desde ese lugar fuimos primero a Caleta Olivia, a hacer simulacro de guerra, porque había soldados clase `63 que no estaban preparados, no estaban instruidos para la guerra. A ese simulacro muchos compañeros lo tomaban para la joda, porque sabían que no te iban a matar en un simulacro. Pero un tiempo después estaban enfrentando una guerra de verdad, en la que el enemigo si te podía matar, te mataba".
"Nunca había escuchado hablar de Malvinas. Sobre la hora, cuando hablaron de guerra, recién se empezó hablar de las islas. Viajamos en abril y ya se había producido la toma de Malvinas".

"Con la compañía estuvimos en el estrecho de San Carlos, un canal del archipiélago de las Malvinas. Es el que separa las dos islas principales de las Malvinas, la Soledad al este y la Gran Malvina al oeste".
—¿Qué función tenías en el combate?
—En el rol de combate era apuntador de FAP. Es una ametralladora más chica. FAP sería lo que le sigue a la ametralladora, después vienen los fusiles. Cubrí ese rol de apuntador, en eso me había entrenado cuando había hecho la colimba, un año antes.
—¿Recordás algo de los combates?
—No recuerdo fechas precisas. Sì tengo presente cuando los ingleses hicieron el primer ataque aéreo, el 4 de mayo. Para mí era una película de guerra, pero en vivo; la viví, vi los helicópteros pasando cerca de nosotros, y aviones ardiendo en el aire. Esas cosas, para mí y para muchos, son inolvidables.
—Cuando se produce la rendición argentina estuviste detenido en las Islas, ¿cómo fue esa experiencia?
—En Puerto Darwin, un establecimiento de las Malvinas ubicado en el lado este del istmo que une la parte norte de la isla Soledad, estuvimos detenidos más de mil soldados. Para mí, nos trataron bien. Ellos tenían el mando y tenían todo el armamento. No teníamos ninguna chance de escapar. Cuando caí prisionero sentí mucha tristeza, sobre todo al ver a mis compañeros, que se ponían mal. Ellos estaban mal porque se había perdido la guerra. Había soldados que rompían su fusil para que no lo usaran los ingleses. Pero no los iban a usar ellos, que tenían mejores armas que las nuestras. Eso era doloroso. Mi armamento lo dejé completo, como lo tenía, le puse las dos patitas al FAP y el casco al medio. Dejé el cinturón con todos los cargadores. Demasiado me acompañaste, le dije, y le di un beso al fusil.
—¿Qué es más fuerte, el sonido de las bombas y las balas, o el silencio que viene después de la guerra?
—Cuando estás en la guerra estás para matar o morir. No hay más opciones. Tuve la suerte de que no haya ocurrido ninguna de las dos. Pero el silencio que viene después te da mucho para pensar.
—Cuando terminó todo estuviste en Buenos Aires y luego en Mercedes…
—Así es. Nos decían que nos mandaban de franco. Además, nos dijeron que no recordáramos nada de lo que había pasado en Malvinas. Nos dijeron que no recordáramos lo que habíamos visto en el ejército. Nos advirtieron que en las radios algunas cosas se iban a decir de la guerra. Acá en el pueblo, por ejemplo, había poca televisión, así que lo que sabíamos o podíamos saber venía de la radio. En mi caso no firmé ningún pacto de silencio. Simplemente recibí esa recomendación de guardar silencio.
—Al regresar pudiste insertarte laboralmente, ¿cómo te fue?
—Sí, totalmente. Mi caso, como te digo, es especial. Sabía a qué iba a Malvinas, fui consciente, fui voluntario, y mi caso es distinto al de mis compañeros. Ahí radica una gran diferencia con ellos. Trabajé en el ferrocarril. Después, cuando se cerró, empecé hacer changas en la desmontadora, en diferentes trabajos; donde podía hacer algo, hacía. Tengo un sueldo que me alcanza para sustentarme. Estoy bien con eso.
—¿Cómo se viven estos 40 años desde la guerra?
—Para mí, cada año lo vivo como el recuerdo de las cosas que pasé en Malvinas. Se vienen recuerdos que he vivido allá durante la guerra. Después, no tengo algo malo o bueno que haya sucedido en estos años. Agradezco a Dios estar con mi familia, agradezco haber ido y haber podido volver.











