Pedro Solans: "La muerte siempre está con nosotros, porque es parte de la vida"
El escritor de Quitilipi publicó su nueva novela "Dónde caerse muerto", un texto entrañable con ritmo y aroma de pueblo

La muerte como eje transversal. Quitilipi, El Espinillo, Machagai, El Che, los bandoleros, los pueblos originarios, la vida, son algunos de los otros temas que atraviesan esta novela. Además encontramos aquí vocablos como caté, cogotudo, machimbrado, chiruza, entre muchas otras expresiones que ponen en valor la idiosincrasia del pueblo.
Antonio Toño Salcedo es el personaje principal, de alguna manera el arte ego de Pedro Solans. "Me pegás un poco en el corazón. Te puedo decir que si y te puedo decir que no, no puedo afirmar ni negar. Creo que hay un poco de todo, una mixtura entre familiares míos, que algunos fueron docentes, tal vez yo, o mi viejo, tal vez mi infancia, cargada de maestros que iban al campo".
"Dónde caerse muerto" forma parte de la colección de narrativa hispanoamericana Iberletras, de la Asociación Cultural Iberoamericana y la editorial Contexto (Argentina), editada por el escritor Daniel Omar Luppo. "Las regiones culturales de Latinoamérica y España tienen una potencialidad infinita. Por la calidad de sus escritores, por la tecnología de impresión, y todo el decurso de la industria. El desafío es cómo lo vamos a tejer. Estamos intentando potenciar esas sinergias necesarias para que sean conocidas nuestras literaturas", destaca Luppo.
La novela de Solans, realista, con tintes costumbristas y sociales, pone en foco los giros idiomáticos del Chaco. En esta charla con Pedro Solans entramos de su mano a conocer el proceso creativo.
—Esta novela tiene varias aristas. ¿Qué surgió primero, la muerte, la vida, la historia de Quitilipi, El Espinillo, el maestro rural?
—Lo primero que vino fue la historia de Quitilipi. Siempre está en mi cabeza la construcción de este pueblo. En esta ciudad pasé mi infancia, y es algo que va conmigo siempre. Parte o toda mi literatura tiene relación con el Gran Chaco que viaja y se instala en mí ser, vaya donde vaya. Me fui muy joven de la provincia, pero toda su cultura está en mi piel, ese mundo que yo lo llamo chaqueñidad. En este vocablo encierro, además de la cultura, mi infancia y la familia.
En principio fue la historia de Quitilipi y luego la vida de los maestros rurales. Sus quehaceres se repiten a lo largo de ese territorio chaqueño y del norte del país. Ser maestro es algo importante. Construí con Antonio Toño Salcedo el personaje principal, que me permitió contar una parte de la historia de Quitilipi, desde los primeros parajes hasta parte de la vida institucional. Por supuesto que todo esto está teñido de las cosas que he leído, que he estudiado y que he vivido en mi relación con algunos docentes del Chaco.
—Entre las características del pueblo que encontramos en la novela están las conversaciones largas, pusiste en valor un vocabulario propio del lugar…
—Sucede que soy un defensor a ultranza de los regionalismos y de los modismos con los que nos expresamos en cada región o cada pueblo. No me opongo al idioma español, pero creo que cada región enriquece al español o al castellano. Me acuerdo de cuando era pequeño y mi abuelo me llevaba al campo: en esos momentos los cosecheros, que eran comunidades golondrina, hablaban de manera particular, que también a veces la replicamos nosotros comiéndonos las eses.
"La muerte es parte de la vida. En la novela muestro la importancia de la muerte para los dos pueblos, Quitilipi y para El Espinillo".
A veces van especialistas a un congreso y critican a los españoles por el uso de la lengua. Creo que lo que hay que discutir es porqué no aplicamos los diferentes regionalismos que tenemos en nuestro país a nuestro idioma, hay que defender nuestros regionalismos. El castellano está incorporado a nosotros, ahora hagámonos cargo de lo que nos corresponde hacer con nuestras palabras. Tenemos una riqueza infinita en cada expresión, de un chaqueño, un formoseño, un correntino, y así en cada provincia, y más arriba también, en cada país sudamericano.
En el Chaco hay mucha riqueza idiomática por explotar, que viene de los pueblos originarios, los afros, los inmigrantes, los criollos y muchos más. Amo nuestra cultura porque es extraordinaria, por eso también toda mi literatura gira en torno a estar región.
—Hablamos de Toño como el personaje principal, sin embargo María tiene un peso y una fuerza inusitada en la novela: ¿cómo configuraste este personaje?

—Ella representa de alguna manera una tutora para Toño, ella marca el camino para que Toño se exprese. En María está el amor, el futuro, preservar la vida, la mirada de la ciudad. Ella intenta ponerle forma a esa sabiduría prístina de Toño. Creo que María es un personaje fundamental de la novela.
—Además de la historia de Quitilipi y del maestro rural, hay dos grandes velorios como eje transversal. Esto me trajo una frase de Landriscina, cuando dice que "los latinos somos cultores de la muerte". ¿Coincidís?
—La muerte para nosotros es sustancial. Creo que la muerte es la vida. Desde México hasta el sur de la Argentina. Hasta hace muy poco, el velorio era uno de los actos sociales más importantes de un pueblo. Tener al muerto siempre vivo, con fotos, velas, objetos simbólicos. La muerte siempre está con nosotros porque es parte de la vida. En la novela muestro la importancia de la muerte para los dos pueblos, Quitilipi y El Espinillo. El enfrentamiento cultural también se da a la hora de estar frente a la muerte. Los pueblos que no honran a sus muertos son pueblos que viven su final. La muerte es parte de nuestra eternidad: cuando vos recordás a alguien que ya no está vivo, estás dándole el símbolo de la eternidad.
"En el Chaco hay mucha riqueza idiomática por explotar, que viene de los pueblos originarios, los afros, los inmigrantes, los criollos, y muchos más".
—Volviendo a los rasgos de pueblo de la novela, el ritmo tiene relación con esa cosmovisión, por momentos calma y por momentos muy álgida. ¿Eso es lo que buscaste?
—Tengo en la cabeza cómo es la estructura o cómo debe escribirse una novela. Sin embargo, en este texto, cuando me dejaba llevar por el ritmo que me daban la historia y los personajes encontré un poder muy fuerte. Me dejé llevar y el resultado -esta pulsión que viene de los pueblos- resultó muy potente. Hay una respiración propia del pueblo que en un momento está calmo y en otro momento está en plena ebullición.
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La novela "Dónde caerse muerto" es atrapante, hay historias entrañables y absurdas, humor y alegría, la tristeza de algunas escenas ponen piel de gallina al lector. Sobre el final de la charla comenté con Pedro Solans que había subrayado algunas frases del libro, pero la que quizás sintetiza un poco esta historia es esta: "Los muertos en Quitilipi son como los carbones, si están encendidos te queman, y si están apagados te manchan".
Así escribe Pedro Solans
«La muerte de Toño tuvo un antecedente que nadie olvidó en Quitilipi; el crimen del maestro Juan James sigue flotando en la atmósfera del pueblo. Los vecinos siempre supieron muy bien lo que había pasado y apenas se menciona el hecho, ocurrido hace varios años, se revive el asesinato como si hubiese sido ayer. Pero ningún testigo quiere declarar sobre el caso.
«La muerte de James forma parte de la tradición oral pueblerina. El asesinato dejó tal herida en la comunidad que ni el tiempo parece cicatrizar. Supura aún y se la guarda como una reliquia. El cura de la parroquia San Antonio de Padua sermoneó a los feligreses en varias oportunidades, instándolos a dejar de lado la morbosidad.
—Ustedes recuerdan más los episodios de dolor y las pérdidas, que los logros obtenidos en tiempos de bienaventuranza. —expresó desde el púlpito cuantas veces pudo.

«Corrían los años en que la dictadura militar fomentaba la violencia y las bravuconadas eran bien vistas. Lucir un arma daba prestigio y cuanto mayor calibre tuviera o más sofisticada fuera, más respeto se lograba entre los parroquianos. Algunos entraban en los bares luciendo los revólveres en la cintura. Se sentaban y los ponían sobre la mesa para ver cuál brillaba más, o competían para ver quien tenía la historia más sangrienta para contar. Los inexpertos solían manipular el arma en público o pretendían lustrarla para que alguien les preguntara algo sobre ella. Así se le escapó un tiro al estúpido de Mirko Kungnovich en la confitería La Perla. Había cobrado en la sucursal del Banco Nación un pago de la Cooperativa Agrícola por el algodón entregado, se cruzó a lo de Lencinas y compró un revólver Smith & Wesson calibre 32, que estaba de moda. Y sin experiencia, pero bien pedante, se fue a tomar un café con el arma en la mano, para mostrarla.
«En Quitilipi era vox populi el enfrentamiento entre James y el director de la escuela de la Colonia de Aborígenes, Lázaro Tormes. Se solía escuchar en las reuniones: Estos, algún día nos van a dar un disgusto y se van a matar. James había participado en un simposio de cultura popular y educación para los pueblos originarios en Chiapas, donde afianzó sus ideas indigenistas y regresó con un prestigio internacional que lo ubicó como un referente de la pedagogía latinoamericana. Algunos maestros de la Colonia, que no veían con buenos ojos a James, decían que en México lo habían vuelto peronista. Otros se reían y desautorizaban esos comentarios, señalando que no existía el peronismo en América del Norte. Él decía que solo luchaba por la justicia social y los derechos de sus hermanos paisanos. Tras una revuelta de la comunidad toba-qom, el gobierno de la provincia no tuvo otra salida que designarlo en la Administración de la Colonia. Cuando asumió su cargo sabía que en la escuela tenía un ferviente opositor. Lázaro Tormes había llegado a la dirección del establecimiento escolar después de pasar por Taco Pozo, adonde se había destacado como dirigente revoltoso, afín al gobierno provincial. Fue premiado con su traslado porque lo acercó a sus campos, ubicados cerca de la Colonia. Se ufanaba presentándose como un militante de la Unión Cívica, que había quemado los libros de Crisólogo Larralde y Moisés Lebensohn, sin saber si esos dirigentes habían escrito algo.
«En el pueblo circulaba la versión de que la disputa entre James y Tormes era por Teresa, una maestra que trabajaba con Lázaro. Pero después se supo la verdad, aunque los vecinos no la aceptaron y siguieron creyendo que los dos tiros que le pegó Tormes a James fueron por la pollera.
«El jueves 17 de octubre, antes de salir para la escuela, Lázaro recibió en su domicilio una citación del Ministerio de Educación presentarse en el despacho del ministro, en Resistencia. Se preocupó. Guardó el telegrama en el bolsillo y salió con su vehículo por la avenida Chaco, para ver si encontraba a Teresa esperando el colectivo. La intención de Lázaro era llevarla hasta la escuela y de paso saber si había alguna denuncia contra él, o si James estaba haciendo algo raro en su contra. La vio en el cruce donde terminaba el pavimento. En la esquina de la calle San Luis frenó su Ford Falcon y se saludaron amistosamente».










