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Don Luis Starc y su famoso restaurante Chanta Cuatro

Fue un gran chef de los buenos hoteles de Buenos Aires y del exhotel Savoy de Resistencia, dueño y dirigente del comedor más concurrido de la ciudad desde los años 30 al 60, señalado por los que saben comer y beber bien.

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Fachada del restaurante "Chanta Cuatro".

El hombre conoció el mundo navegando, y desde muy joven lo hizo trabajando en la cocina. Mostrar a un personaje de trabajo, productor de cosas para bien de la humanidad, siempre llama la atención, sirve de ejemplo, y sus similares viven esa satisfacción de ver reflejada su lucha igual o similar en quien ha tenido la oportunidad de mostrarse tal cual es.

Desde muy joven le gustó la aventura conseguida mediante el trabajo noble. Así decidió un día, a la edad de quince años, comenzar a navegar pidiendo trabajo de ayudante de cocina, lo que consiguió con sus cualidades. Casi en el mismo año, la guerra de 1914 truncó su propósito, pero las balas no llegaron a él y cayó prisionero de guerra con el barco en el que prestaba servicio.

Siempre en su profesión, llegó el día del armisticio a su pueblo natal, Trieste, al norte de Italia. Desde allí, luego de haber seguido en su decisión de navegar como mozo de cocina, llegó a Buenos Aires, en 1921. Una vez en tierra buscó el rincón de su profesión, empezando como segundo cocinero en la Capital Federal, para muy pronto llegar a chef de primera.

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La infaltable barra de "Chanta Cuatro".

Así fue que trabajó en los buenos hoteles de Buenos Aires, llegando a Resistencia para ocupar la jefatura del mejor hotel que conoció entonces la ciudad, el Savoy. Desde allí fue preparando su independencia, pues con los ahorros conseguidos a través de su persistente lucha durante muchos años, en 1931 fundó el "Chanta Cuatro", a una cuadra del Savoy.

Su habilidad en la profesión, su carácter y sana conciencia respecto del trato con la gente, especialmente la gente trabajadora del campo (sin que por ello dejaran de concurrir los más caracterizados del gobierno, la industria y el comercio), le dieron la justa fama de buena cocina, que tanto afecto le diera por conocer las mejores fórmulas para las mejores comidas. Su señora esposa lo acompañaba en la loable misión, luchando de igual a igual.

Si bien los favorecía el sentido comercial, los dignificaba lo ejemplar en su lucha y proceder para con quienes concurrían en busca de lo más deseado, buena comida y buena atención. Don Luis tenía la costumbre de hacer que le enviaran ciertas exquisiteces por avión, como los pulpos, que eran exhibidos en la vidriera. Quería que la gente de Resistencia aprendiera a comer cosas más sofisticadas que las habituales.

Me contaba Rosana Grosman (nuera de Don Luis, casada con su hijo Yiyo) que en una oportunidad intentó hacerles comer caracoles. Se había agenciado de unas pinzas especiales para el menester, que ponía en la mesa del corajudo que se animaba a probar. Don Luis andaba entre las mesas, preguntando cómo iba todo, especialmente a los caracoleros. Uno de ellos le dijo: "Muy rico, Don Luis, pero... algo duros". ¡Se los había comido con caparazón y todo! Don Luis Starc no era solo un gran chef, sino también un amante de los animales.

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Postal de "Chanta Cuatro", en la Resistencia de principios del siglo XX.

En el hotel tenía seis monos carayá y varios otros especímenes, entre ellos un ñandú. Tenía una pajarera inmensa, donde convivían todo tipo de pájaros, y hasta una vez se le ocurrió hacerse traer unas águilas.

Doña Berta, esposa de Luis, sin educación formal pero muy sabia, cuando los indígenas pasaban a pedirle que les diera "pan curuvica" (que significa pan viejo), ella les decía que con gusto les daría, siempre y cuando antes le hacharan la leña que tenía en el fondo, en un galpón. Cuando terminaban, los esperaba con una lata de 5 litros con una manija para llevarla, llena de puchero.

Realmente no necesitaba que le hicieran el trabajo, pero era una manera de hacerlos sentir dignos, no mendigos. En ese mítico lugar nació la peña "Los Bagres", agrupación informal, especie de faro en un ambiente en exceso materialista, que dejó huellas profundas que facilitaron el camino hacia nuevos horizontes.

Esta peña se convirtió en lugar de encuentro de profesionales, escritores, artistas, y de todos aquellos que tenían alguna inquietud "por las cosas del espíritu". Quienes allí se reunían a menudo para gozar de la buena mesa y la cordial camaradería con sus afines, dieron nacimiento al "Ateneo del Chaco", en 1938. Al decir de Don Guido Miranda, la "generación dorada del ´37".

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