Walsh en el país de Quiroga
(…) Visitando Misiones para examinar el legado de Quiroga, describiendo con ojo de antropólogo el carnaval correntino o la vida en el leprosario de la isla chaqueña, las notas de Walsh reflejan ese "otro país" -la "Argentina profunda" dirían algunos con menos aprensión al lugar común- que no siempre aparece en la crónica periodística. (…)

Aunque no siempre las desarrolle, se advierte que el autor tiene ideas claras sobre las causas del atraso de las regiones que visita. La lepra no es un castigo divino, sino una enfermedad de los hombres que mucho tiene que ver con la miseria de las poblaciones; la yerba mate o el comercio de carnes no rinden los frutos esperados porque unos pocos concentran el negocio.
En algunos casos -"La Argentina ya no toma mate", "Las carnes que salen del frío"- lo dominante es el análisis económico.
El escritor, que ha mostrado tempranamente su interés por estos temas con la nota sobre el general Mosconi, se maneja ahora con solvencia para analizar la evolución de la producción y los mercados, para develar la trama de intereses que sostienen las políticas que dejan un tendal de pequeños productores yerbateros arruinados o sacrifican el consumo nacional de carne.
En la mayoría de los casos, sin embargo, el relato se interesa en las costumbres, las historias de vida. Con displicencia, se manifiesta también un enfoque socioeconómico que, en muy pocas líneas, permite entender tanto las contradicciones sociales que explican la rivalidad tradicional de las dos grandes comparsas correntinas, como el destino que espera a los jóvenes –sirvientas, peones, mano de obra represiva- que migran de las regiones abandonadas que atraviesa el "trencito correntino".
"El expreso de la siesta", "el tren más chico, más lento, mas exasperante y mas divertido del mundo" no alcanza los 7 km/h, como para que hasta los Iinyeras tirados a la vera de las vías decidan no tomarlo cuando están apurados. Llegando a "El país de Quiroga", Walsh descubrirá que el autor de "Los desterrados" no es querido en la zona, a pesar de que cierto discurso protocolar se vea obligado a mencionarlo.
Algunos todavía se acuerdan de los desplantes con quienes se atrevían a asomarse a sus tierras o de sus incurias como juez de paz, pero otras son las razones por las que la pequeña aristocracia local no quiere al escritor, y Walsh supo advertirlas por debajo de la versión oficial.
Quiroga simboliza una época, la de los pioneros, los inventores, los destiladores de naranja, la de los locos geniales que tuvieron mucho que ver con el progreso de Misiones, un legado que la gente de orden de San Ignacio -alguna vez Quiroga llamó "analfabetos de rapiña" a los acaparadores de tierras- hoy mira con aprensión y no quiere recordar. "Los hijos -escribe Walsh- no quieren reconocer en la iconografía familiar el retrato llameante de los padres".
Además, aunque aparentara no tomar partido, Quiroga registraba historias inquietantes donde un mensú podía enfrentar a su patrón, o el negro Joao Pedro matar a un extranjero que "olvidose que eu era home como ele". En eso tal vez estuviera pensando el terrateniente de San Ignacio cuando le dice a Walsh: "Las novelas de Quiroga no eran útiles a la colectividad".
El culto de "San la Muerte" se extiende al Paraguay y todo el nordeste argentino. Al santo, representado las más de las veces por una pequeña figura esquelética que enarbola una guadaña, se le piden todas las cosas: cura la enfermedad, hace salir la gente de la cárcel y es bueno para el amor.
El relato recuerda uno de los primeros cuentos de Walsh, "El santo", que mostraba una figura casi horrenda, recluida por eso en el lugar más oculto del temple que, sin embargo, recuperaba para quien la veía toda el aura de divinidad. No es esta la única vez que en los textos walshianos lo divino se asociará con lo monstruoso.
En Resistencia y en Corrientes, Walsh recorre buscando santeros. Para Cirilo Miranda, uno de ellos, internado por veinte años en la penitenciaría correntina purgando un crimen "apasionado y salvaje", la confección de las estatuillas del santo es un sacerdocio. En la voz del preso -escribe Walsh- "los santitos hablan desde el fondo de una mitología inédita de un pueblo ignorado". Miranda presenta las distintas imágenes, entre ellas la de esa pareja tomada del brazo que representa a San Alejo, "que le dominó a Santa Marta, la virgen más hermosa que se ha conocido en el mundo".
Walsh transcribe las declaraciones del preso oficiante -sin la mirada sobradora con la que muchas veces la cultura urbana recoge estas tradiciones y el lector no podrá sino compartir los votos a la perversa, inquietante y peleadora Santa Catalina a la que no es bueno —explica el santero— prenderle velas ni darle confianza, pero sí pedirle en los momentos de aflicción que sus enemigos no tengan ojos para verle ni boca para hablarle, ni manos para pegarle, ni pies, ni corazón para ofenderle.
"Así sea", confirma el autor. "La isla de los resucitados", crónica de la visita de Walsh y el fotógrafo Pablo Alonso a un sanatorio para enfermos de lepra ubicado en la Isla del Cerrito, junto a la costa chaqueña, relata la experiencia más dura de toda la serie. La visita a un leprosario siempre tiene algo de gesto redentor; recordemos que en uno de ellos trabajó el Che, en su viaje iniciático por el continente. "No era el paraíso, pero tampoco la Isla del Diablo -se lee en la presentación de la nota-. Era una historia humana y una aventura humana".
Periodista y fotógrafo rechazarán algunas de las medidas habituales de prevención para no hacer mayor la distancia con los enfermos; al fin y al cabo, "la lepra es la menos contagiosa de las enfermedades infecciosas", sostiene el director del hospital. Pero aunque más no fuera por el recurrente lavado de manos que se imponían para tener a raya al bacilo, era imposible que no recordaran que "a ese hombre no se le podía dar la mano, aunque uno terminara por sentirse su amigo. A esa muchacha no se la podía tocar, aunque su bonita cara de campesina sonriera y sus pechos bajo el vestido floreado fueran una inmensa tentación".
Walsh escucha a los enfermos y no solo recoge opiniones o testimonios: esta vez son verdaderas historias de vida. Ya sabemos que la recolección de historias de vida implica la valoración de las gentes comunes, la idea de que en toda existencia, hasta la de los más pobres o más abandonados siempre hay cosas que merecen narrarse. Pero esta vez es más cierto que nunca que se presta voz a quienes no la tienen. Los internos del leprosario han encontrado un auditorio inesperado. Walsh escucha y transcribe todas las historias.
La de Alcaraz, que ya no piensa matarse porque una vez lo intentó y el destino no quiso, o la de Ramona, a quien la dejan todos los hombres que se van del sanatorio y que ahora está probando con un morocho, porque "me salieron mal los blancos", o la de Vallejo, a quien su patrón quiso matarlo cuando supo que tenía lepra y que ahora está tranquilo y dispuesto a dar una mano, "porque para mí es todo hermanaje... y más vale que es pariente todo el que está en este lugar".
Aunque, el mayor misterio es el que rodea la historia de Palamazczuk, hijo de campesino polaco a quien versiones no confirmadas atribuyen títulos nobiliarios o una alta jerarquía militar en Alemania. Pero si tuviera que volver, dice, mientras se prodiga atendiendo a los enfermos, volvería a Praga, donde se recibió en la universidad fundada por Carlomagno.
De allí recuerda a un hombre flaco, lampiño, de mediana estatura, con el que nunca habló pero con quien comían en el mismo restaurante. "Se llamaba Kafka". Contar estas historias de quienes aún siguen viviendo, a pesar de que la sociedad hace todo por ignorarlos, significa algo más que satisfacer una curiosidad periodística.
El registro de la vida en el leprosario tiene un innegable valor documental, pero también es cierto que el autor se coloca más allá de las exigencias de la investigación. No se trata aquí de probar si efectivamente Palamazczuk conoció a Kafka. Probablemente Walsh haya escuchado esta confidencia y la historia no resulta inverosímil. Pero en la creación de personajes como estos, el texto adquiere plenamente su dimensión literaria. La más arriesgada de las metas de esta gira por el noreste argentino será la internación en los esteros del Iberá.
En esta nota se respira el mismo afán etnológico de las anteriores, el propósito de rastrear personajes y costumbres, pero hay también un desafío: solo unas cien de las ciento cincuenta mil personas que viven en Corrientes se han internado en los esteros y el periodista quiere ser protagonista de la aventura a la que pocos se animan.
A las dificultades de navegar en los juncales se suman las que agrega la mitología de los lugareños, como la historia que convierte a las palometas en devoradoras pirañas. Hace doscientos años la leyenda sobre el Iberá mantiene su vigencia, pese a que Azara, D’Orbigny y otros menos ilustres pudieron penetrar. Quienes desafiaron el mito, encontraron "una realidad menos peligrosa y más bella. Pero sobre sus evanescentes rastros, la leyenda volvió a cerrarse, como la vegetación insobornable del estero".
La historia recuerda a "Los nutrieros", otro de los cuentos iniciales de Walsh, aunque en este relato de viaje no se manifiesten entre los cazadores aquellos extremos de desconfianza y violencia. Quien sale a cazar nutrias o lobitos, yacarés o carpinchos, es aquí un personaje tan amigado con la naturaleza como para que, si se pierde, si no puede guiarse por las estrellas, "se tiende boca abajo y olvida todo, vacía su cabeza de recuerdos y sensaciones. Entre lo que olvida está aquello que lo ha confundido. Cuando se para de nuevo, ya está orientado; él no sabe cómo, pero es así".
Escritor por sobre todas las cosas, si para Walsh Misiones es el país de Quiroga, en el matadero necesariamente tenía que encontrar a Echeverría. Solo a final de su nota, luego de reseñar las condiciones de trabajo, los saberes ancestrales de un oficio en el que los hijos siguen a los padres, el compromiso con que asumen tareas que el cuerpo tal vez no aguante mucho tiempo, la predisposición de casi todos al canto y la guitarra, el autor parece advertir que el mundo que ha mostrado es muy distinto del relatado un siglo atrás por su ilustre antecesor.
Porque, entiende Walsh, se han proyectado "en el hombre del cuchillo del suburbio prevenciones de violencia y de sangre que se disuelven apenas uno se para a conversar con él".
Para Echeverria, el matadero era el lugar de la chusma, donde las negras se peleaban entre la inmundicia para arrebatarse las tripas y el famoso Matasiete -nada que ver con un artesano de oficio como los matambreros de Walsh- tanto desollaba vacunos como cristianos. (…) Hasta que se recopiló la mayoría de sus trabajos periodísticos, las notas de Walsh en Panorama no habían sido excesivamente recordadas.
ResuIta interesante compararlas con sus primeros trabajos para revistas, diez o más años anteriores, porque se advierte no solo cuánto ha crecido como escritor, sino también que su idea del periodismo ya no es la de sus trabajos juveniles.
Los artículos de Panorama, como los que publicará poco después en otras revistas, sobre las ciudades fantasma que ha dejado La Forestal, el Delta del Tigre y las centrales eléctricas de Buenos Aires, sorprenden por el rigor con que encaraba cada una de estas pequeñas investigaciones quien tal vez hubiera podido cumplir el compromiso periodístico simplemente con algunas páginas bien escritas.
*Fragmento de "Rodolfo Walsh, la palabra y la acción" (2011).













