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Camino a Resistencia

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De Barranqueras a Resistencia (capital del Chaco) hay diez kilómetros, pero antes es necesario que le dedique unas líneas a Barranqueras.

Barranqueras tiene una calle asfaltada, un bar cuadrado donde entran los perros, huelen el piso y luego los calcañares de los parroquianos y se van. Un mozo cajetilla, especie de garzón motudo, de zapatos de charol, pantalón negro y casaca blanca. Si usted es digno de atención, este mozo conceptúa el colmo de la elegancia echarse la servilleta al hombro y mantener una punta entre los dientes, al tiempo que inclinado deferentemente escucha su pedido.

En Barranqueras existe un correo donde los empleados parece que atienden al público por favor: ceñudos e inaccesibles, seguramente convencidos en muy alto grado de su papel de funcionarios públicos. No contestan al saludo, y como el correo se abre a las ocho, si usted llega a las ocho menos un minuto (me ocurrió a mí), lo mandan a paseo con viento fresco. He oído otras quejas del vecindario de la costa, y no me extrañan, pues aquella gente gasta una grosería ejemplar.

Ahora pasemos a algo más interesante.

Líneas de ómnibus hacen el servicio entre Barranqueras y Resistencia. El servicio de ómnibus tiene un nombre que ignoro en qué precedente científico o histórico se basa. En cada coche, pegado al vidrio del parabrisas, hay un letrero rojo donde puede leerse:

"Ahora Trini. Compañía de ómnibus".

Subo a un coche de la "Ahora Trini". A los diez minutos emprende la marcha. No hemos andado tres cuadras cuando un chico de piernas extraordinariamente sucias se allega corriendo y le dice al conductor:

—Dice mi mamá si puede esperarla—. El chauffeur dice que sí, y el chico parte como un podenco. Esperamos a la señora. Pasan tres minutos y, por fin, atareada, resoplando, llega la excelente dama ataviada en un batón color cereza.

"Ahora Trini" se pone nuevamente en marcha. El camino traza curvas entre ranchos y chalets modernos, y de pronto aparece un camino recto, asfaltado, interminable. A un costado del camino, rieles como los del trencito del Jardín Zoológico de la capital. Son las vías del antiguo tren que conducía a Resistencia.

La larga calle parece un río de luz. A sus costados vastos naranjales. Entre las ramas desnudas de hojas cuelga la fruta dorada. No quedan casi rastros de hojas, porque la langosta ha pelado las plantas. Bajo los naranjos, en los senderos, sembradíos de cebollas, lechugas, repollos. En ciertas partes, filas de cajones: colmenas que se prolongan por cientos de metros. Después cultivos de algodón, campos enormes, y mirando este paisaje de prosperidad, una fuerza de alegría acelera los latidos del corazón.

Se diría que hemos entrado a otra tierra. ¿Este es el Chaco del que tanto uno ha oído hablar? Los cultivos de algodoneros alternan con los de naranjos. Las tierras alambradas dejan abrir caminos laterales por los que afluye un tráfico de carricoches y hombres a caballo y también automóviles. Por la gran vía, pasan a cada momento camiones cargados de fardos de algodón envueltos en fajas de arpillera; los copos blancos escapan y revientan por las juntas y se recuerda "Aleluya"**, la película de las zonas algodoneras norteamericanas.

A mitad de camino, dos torres de hierro galvanizado soportan la antena de una estación radiotelefónica local. Recuerdo fotografías del Chaco. Indias semidesnudas, aborígenes, con arcos de flecha sesgando la espalda y un manojo de saetas en la mano. Pero, por más que busco con la mirada, no encuentro indios por ninguna parte, sino gente de color cobrizo, frecuentes de encontrar, no en esta zona, sino en otras que nada tienen que ver con el Chaco.

A lo largo del camino andan numerosos proletarios en alpargatas, saco azul y boina. Aparece y desaparece una fábrica de aceite de tártago. De tanto en tanto el tejadillo de un almacén, un caballo que mete la cabeza dentro de un dormitorio, ranchos, pero no desmantelados como sus hermanos los de la costa del Paraná. Estos dejan ver muebles en su interior, son cabañas de plantaciones cercadas de achaparradas copas de los árboles. Perros gordos se espulgan el lomo al sol, tirándose al suelo y sacudiendo frenéticamente las cuatro patas en el aire.

Chicas precozmente desarrolladas, con sus mugrientos hermanitos en brazos, miran pasar el ómnibus. El camino de cemento, siempre recto, está repleto de luz. Nos recuerda una de aquellas avenidas del lejano oeste americano, donde se ve aparecer un cowboy a caballo dándole caza a tiros de pistola a un automóvil de ocho cilindros. Colmenares interminables bajo la cúpula de los naranjos. Por momentos, la tierra negra está dorada del fruto caído; nuevos camiones cargados de fardos de algodón pasan rápidamente; en el ómnibus, una señora le va diciendo a otra los nombres de los propietarios que viven en las cabañas que dejamos atrás. En el horizonte el camino tuerce; una gran arboleda avanza hacia él; pasamos frente a una estación de engrase, con sus pilares pintados de rojo y la playa blanca. Y el boletero grita:

—Resistencia.

Estamos en la capital de la gobernación del Chaco, a 1.279 kilómetros de Buenos Aires.

Resistencia, ciudad de cine

Si mañana un hombre que baja del Alto Paraná le cuenta a usted que en Resistencia, capital de la gobernación del Chaco, han levantado un rascacielos, no se apresure usted a reírse, y sí conteste con estas palabras prudentes:

—Es posible.

Aún no han construido en Resistencia el rascacielos, no; pero van en camino de realizar este prodigio a tres pasos de sus plantaciones de algodón y naranjos.

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“Me traen las clásicas postales de los indios con el arco y las flechas…”

La gran prosperidad

¿Con qué palabras encarecer la prosperidad luminosa, alegre, de esta ciudad, que brotó entre hoy y ayer en la llanura chaqueña?

—¿Es posible? —se pregunta el visitante después de recorrer alguna de sus calles.

El asombro sustituye al trabajo del pensamiento. Los ojos se van tras de las formas de las cosas y es un empezar a mirar y no terminar de ver y derramar la atención en interjecciones de admiración, y el detenerse en medio de las calles y torcer el pescuezo a diestra y siniestra, hasta que el cansancio, que entra por los ojos, con el sol, le obliga a uno a meterse en un café sombroso y reposar.

Es necesario hablar por comparaciones, porque así se va de lo conocido a lo desconocido.

¿Recuerdan ustedes esas ciudades de película norteamericana: aquí un rancho, y tres pasos más allá un bar, y enfrente un gran comercio, y allá, remontando la altura, un gran edificio? Tal es Resistencia.

De entrada, en su plaza principal, un rectángulo de doscientos metros por doscientos le llama la atención la loba romana, sobre un zócalo colocado en dos altas columnas. Los párvulos, Rómulo y Remo, con las manitos al aire y la boca prendida a las ubres de la fiera, lactan su alimento. A un costado, una plancha de mármol indica que la colectividad italiana del Chaco ha regalado a la capital la loba capitolina, en agradecimiento a los beneficios que le produjo su tierra.

Entro en un café, me siento, pido la guía telefónica y cuento las páginas que le corresponden a su población. ¡Ochocientos teléfonos!

Comienzo a anotar cifras: 16 tiendas, 12 talleres mecánicos, 5 fábricas de aceite, 15 fábricas de productos varios, 8 farmacias, 2 frigoríficos, 51 almacenes. No cuento médicos, abogados, ni ingenieros. Tampoco tengo en cuenta los comercios que carecen de teléfono.

Luego me lanzo a las calles. Son ríos de luz, anchas, casi todas sin pavimentar, con el suelo apisonado, regado constantemente por carros municipales.

Anoto contrastes maravillosos: junto al Café Florida, casi tan lujoso como el Richmond de Buenos Aires, el fondo de una casa antigua, con palmeras, enredaderas y gallinas que cacarean. A treinta pasos del Teatro Argentino, dos pisos, galería con arcos escoceses, una quinta de una manzana cuadrada, achaparrada y sombría de higueras. Enfrente, un estudio jurídico con las vidrieras teñidas de verde.

Frente al Savoy Hotel, dos modernos pisos elevados, puerta giratoria, un rancho, en cuyo fondo levanta sus espinosos brazos un cactus gigante. Doscientos metros más abajo de la puerta giratoria, campos de algodón. En una vereda tapada por el techo de tejas de una casucha chata, la estructura de hierro de un edificio de cuatro pisos.

Tiendas entre cuyos mostradores anchísimos se levantan cordilleras de cacerolas. Una tapia panzuda, a punto de desmoronarse y, junto a ella, una mueblería exposición con vidrieras inmensas, y campesinos que examinan juegos de comedor de mil quinientos pesos.

Olor de azahares en el aire, y olor de barnices, de telas de goma, de jazmines y maderas. Prosperidad. Prosperidad.

Sobrepasan los techos las palmeras de varas rectas, con un solitario plumero verde en la altura; pasa un cartero montado en un asno de larga cola; chillan las bocinas de los automóviles y camiones; la luz cruda, solar, vibrante, inunda las veredas de una claridad tropical; pasan paisanos a caballo y damiselas conduciendo su voiturette; indígenas con zapatos de cabritilla marrón; chalets rosas, con grandes flores verdes y celestes; gigantescos chacareros con botas de montar y sombrero cowboy; multitudes de chicos descalzos en veredas cuyo techo soportan postes de quebracho, reflejando sombras en paredes de antiguo revoque abombado y pasamanos de bronce lustroso como barras de oro; minaretes de casas cuyo revoque aún huele a húmedo; viejas ciegas con los dedos fuera de los agujeros de las alpargatas y una bolsa de yerbas colgada a la espalda por una vincha que les coge la frente; chalets recientemente terminados, donde suena el teclado de un piano; casas de dos pisos al fondo de una callejuela donde avanza ávidamente la prosperidad; ranchos con verjas de madera y salones de lustrar con sillas enfundadas en tela blanca. Más allá, chimeneas de fábricas, moles cúbicas de edificios y talleres, bóvedas de verdura...

Quiero comprar fotografías de Resistencia. Entro a la librería principal.

—Fotos de Resistencia —pido.

Me traen las clásicas postales de los indios con el arco de flechas soslayando la espalda y un haz de flechas en la mano.

Lo miro al dependiente, y le digo:

—Pero, dígame..., ¿usted no ve la ciudad donde vive?

*Publicado en "El país del río. Aguafuertes y crónicas de Roberto Arlt y Rodolfo Walsh" (UNL-UNER, 2015)

** "Aleluya", film musical dirigido por King Vidor en 1929, relata la trágica historia de Zeke, un recolector de algodón. La singularidad y el éxito de la película se debió al uso precursor de la banda sonora y al hecho de que estuviera protagonizada por un elenco de actores y cantantes negros.

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