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Darío Ruido: "Escribo para exorcizar mis fantasmas"

Entre las novedades editadas del 2020 apareció la novela "Breve retrato del enemigo", del escritor chaqueño Darío Ruido, Premio Federal del CFI y editada por Contexto.

"Breve retrato del enemigo es una novela fuerte. Una historia que retrata conflictos que pueden desestabilizar la vida de una persona y que una simple visita familiar pone sobre la mesa. El autor se mueve con soltura en el difícil tránsito que va de la ternura a la indiferencia. Las preguntas que este texto va formulando tienen que ver con el amor: hasta dónde el amor de un hijo a su padre debe ser incondicional y cuáles son los límites de la tolerancia en este tipo de relaciones. Es un texto profundo, con un ritmo que no cesa en su velocidad y que nos refleja una luz como un enorme espejo", escribió Samuel Bossini, parte del jurado del Consejo Federal de Inversiones que premió la novela en 2019.

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Tras aquella distinción, fue largo el camino para la llegada del libro. Sobre la escritura, sobre el proceso de escribir sobre su padre y otros temas, charlamos con el escritor.

—Esta novela es un retrato del enemigo, del padre. ¿Cómo surgió la ide de escribirla?

—Esta historia tiene mucho que ver con varias lecturas que estaba haciendo en un momento de mi vida. Estaba leyendo a Ricardo Piglia, Zambra, Adolfo Couve, entre otros. A partir de esas lecturas surge el hilo conductor del padre. Para mí siempre era una utopía escribir una novela. De hecho, me parece bastante pretencioso llamar novela a este texto. Construí todo a partir de fragmentos. En realidad siempre escribo de manera fragmentaria. Escribo en las pausas, en intervalos, si estoy corriendo me parece que escribo, si estoy trabajando, si cocino, ahora estoy al teléfono y si surge una idea después voy rápido a anotarla. Aunque sea un título. 

Recuerdo que estaba leyendo "Los diarios de Emilio Renzi", el libro de Piglia. Ahí leí: "Uno debería escribir solo sobre su padre". Eso me impactó. Empecé a revisar mis textos y los fragmentos sueltos que tenía. Escribo de una manera anárquica. Si tengo una línea, puedo decir que escribo sobre lo cotidiano. Revisando mis textos descubrí que había un hilo conductor bastante marcado sobre mi padre, el padre a veces es un espejo. Soy padre, y eso se juega en lo que escribo. Un padre protector y un padre abandónico. Ese es el origen.

—Hablás de que es pretencioso hablar de novela. Lorrie Moore dice que una de las claves para una novela es el escenario, y eso tenemos. Además, construiste un personaje multifacético, estás vos como hijo, padre y esposo.

—Totalmente. Hace poco empecé a pensar que me veo mucho más ahí, en ese personaje, que en la construcción de mi viejo. Hay algo aquí que se cruza con la narrativa oral. Me resulta interesante la idea de la literatura de fragmentos. Además, tengo que decir que mi viejo es un gran narrador. Yo escribo lo que puedo, me cuesta mucho hablar, pero soy admirador de la persona que puede memorizar y narrar historias. 

—Además de la narrativa te dedicas a la poesía, y aquí hay fragmentos muy poéticos. ¿Cuánto o cómo trabajaste esas escenas?

—Tengo influencias del lenguaje poético. Saer había expresado que él quería escribir una gran novela con lenguaje poético. Como todo escritor que está disconforme con su escritura, cree que no lo logra, pero para mí logró hacer narrativa con lenguaje poético. Esa es una clave. Me preocupa y trabajo mucho el lenguaje. Soy detallista, exigente, estas cosas me dejó la carrera de Letras: ser exigente en la gramática y en la coherencia del texto. Escritor y corrector no puedo ser. Me gusta pulir y trabajar mucho cada texto, pero no puedo ser mi propio corrector. Busco los detalles y reviso mucho para que las palabras no se repitan. Me interesa potenciar las palabras para que tengan un golpe de efecto. 

—¿Cómo recibiste el reconocimiento del CFI?

—Cuando lo anunciaron no lo podía creer. Si bien siempre pienso que tengo que tirar la toalla, escribir es un tormento, necesito horas para escribir. No escribo a la madrugada, no me levanto temprano a escribir. No tengo esos hábitos, e incluso diría que los evado. Escribo en las pausas del día, en medio de alguna tarea o del trajín diario. Cuando me anoticiaron del premio fue emocionante, no me lo esperaba. Esto me dio un impulso nuevo y libertad. Esa liberación tiene que ver con soltar las exigencias del mercado. Puedo escribir lo que sea.

—¿Cómo se dio la inclusión de la novela dentro de la colección La tierra sin mal, de Contexto?

—Después del premio empecé a buscar dónde publicar. Justo comienza la pandemia en marzo del 2020 y las cosas se pusieron difíciles. Me gustaba la idea de publicar el libro en el Chaco, y en ese sentido la Editorial Contexto tiene buenos objetos-libros. En su momento me llamó Francisco Teté Romero, después dialogué durante mucho tiempo con Juan Basterra, quien me bancó mucho y le agradezco su predisposición para conmigo. Hay un gran trabajo detrás, las hojas, los colores, el diseño, la edición. Dentro de los más recientes que publicaron también me gusta el libro de Mariana Rinesi. 

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Breve retrato del enemigo

(Fragmento)

Un Día del Padre fuimos a Sáenz Peña. Acordamos con Andrea que ella lo pasaría en el campo junto a su familia, que presume su pertenencia a La Montenegrina, pequeña colonia apartada del pueblo, donde fanfarronean con la sangre europea y una historia trágica de antepasados que, sin embargo, ellos asumen como ocurrida en el propio cuero. Hay períodos en los que se cagan de hambre, literalmente, culpa del picudo, las langostas, la sequía o las lluvias excesivas, dicen, pero lo disimulan exhibiendo a sus vecinos importantes.

Hijos dilectos que destellan en la escena política y la farándula. Como si ese incierto prestigio les garantizara un futuro de esplendor o el plato de guiso.

A mí me tocaba estar con mi viejo y parientes a los que veía poco y con los que nos divertíamos, a pesar de las visiones políticas antagónicas. Cada vez terminábamos a las puteadas y renovando rencores, que servían para que a la próxima llegáramos con mesura y cierto recelo. Una breve praxis de cinismo o tolerancia, según el caso. Tarde o temprano, el tema se convertía en el foco. Entre nosotros no predominaban los agentes del consenso que pretenden imponer una agenda correcta, dejando afuera cuestiones urticantes como la religión, los muertos o la ideología. Se discutía descarnadamente, a calzón quitado. Sin calcular las secuelas que dejan algunas palabras.

Por contrapartida, prendían las guitarreadas, las sobremesas a puro vino tinto, cigarrillos y los cuentos verdes, escatológicos, de la abuela, cuyo repertorio parecía infinito.

No sé qué admiraba más, si su memoria prodigiosa o el cuadernito de registros al que recurría esporádicamente. Entonces, uno hacía fuerza para que la siesta candente del centro chaqueño no acabara. Pero sucedía y nos quedábamos con la vieja, solos y apagados. Como si fuésemos sobrevivientes de una catástrofe. En algún punto del atardecer ella iba a la cocina, se amañaba para preparar una picadita con las sobras del mediodía y destapaba su Budweiser helada, inaugurando la pequeña fiesta de dos en la que bullían los rumores más escabrosos del árbol genealógico y de los que nadie salía ileso.

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