El triunfo de Boric en Chile
Gabriel Boric ganó las elecciones en Chile y será el próximo presidente del país trasandino. Su contundente victoria fue celebrada por amplios sectores de la población, pero no tuvo el mismo eco en la Bolsa de Valores de Santiago, que respondió con una fuerte caída ante el temor que provoca una eventual reforma del sistema de pensiones y el aumento del gasto social. El contraste marca, de alguna manera, las tensiones que acompañarán a Boric durante su mandato.
Boric, de 35 años, tiene por delante un camino estrecho. La histórica jornada del domingo que lo consagró como el presidente electo más joven en la historia de su país registró la participación ciudadana más alta desde el regreso de la democracia en Chile. Se impuso cómodamente en las urnas cosechando casi 12 puntos por encima de su adversario, José Antonio Kast, un dirigente de extrema derecha que no dudó en reivindicar el pasado oscuro del pinochetismo, confiado en los resultados de la primera vuelta electoral que lo mostraron, en un primer momento, como el favorito a ocupar el sillón presidencial de La Moneda. Pero la masiva participación en las urnas de la ciudadanía, que debió sortear una llamativa falta de colectivos en el área metropolitana, terminó de sepultar los sueños presidenciales de Kast.
El caso de Chile es paradigmático. Durante mucho tiempo fue mostrado como ejemplo a seguir por instituciones financieras internacionales y por economistas ortodoxos de un lado y otro de la cordillera, que minimizaron las graves violaciones a los derechos humanos del régimen de Pinochet para destacar el milagro realizado por chilenos discípulos de Milton Friedman que se formaron en la Escuela de Economía de la Universidad de Chicago. "Chile disfrutó de un tratamiento privilegiado por parte del Fondo Monetario Internacional y los bancos comerciales. Chile era, sin duda, el país más visitado y comentado por parte de los periodistas de medios internacionales conservadores, como también por una distinguida lista de académicos liderados por los más prominentes miembros de la Escuela de Chicago", observa el diplomático chileno Juan Gabriel Valdés, en su libro "Los economistas de Pinochet: la Escuela de Chicago en Chile", donde describe el proceso de liberalización económica y la reducción del rol social del Estado que vivió el vecino país durante los años más duros del pinochetismo.
Todo parecía perfecto del otro lado de la cordillera hasta que en octubre de 2019 se produjo un estallido social en las principales ciudades chilenas que dejó un saldo de 34 muertos y más de 3000 heridos. Mucho antes, en 2006 se había producido una movilización de estudiantes que tuvo como protagonista a un joven Boric de solo 20 años que reclamaba por una "educación gratuita y de calidad", una consigna que volvió a pronunciar este domingo ante una multitud que celebró su triunfo y que espera el cambio de rumbo que no se atrevieron o no supieron encarnar los partidos tradicionales que se sucedieron en el poder desde el regreso de la democracia: poner fin a un modelo económico que generó concentración en pocas manos y privilegios que no son compatibles con una sociedad democrática.
Según el Informe sobre la Desigualdad en el Mundo, elaborado por un grupo de expertos bajo la coordinación de los economistas Thomas Piketty, de la Escuela de Economía de París, y Emmanuel Saez y Gabriel Zucman, ambos de la Universidad de California, Berkeley, Chile es el país con mayor desigualdad de América Latina. El dato no es menor para una región que, aunque no es la más pobre, es la más desigual del mundo.
Para Piketty, la desigualdad no es un proceso natural, sino que se funda en decisiones políticas. Decisiones que terminan ampliando la brecha entre un extremo y otro de la pirámide social, gracias a una exagerada desregulación financiera, un sistema fiscal regresivo y la privatización de servicios públicos. Según el economista serbio Branco Milanovic, la concentración del ingreso refuerza el poder político de los que más tienen, y eso hace que los cambios a favor de los sectores más postergados en política tributaria, en el financiamiento de la educación pública y en el gasto en infraestructura sea menos probable.
El nuevo presidente chileno enfrenta el desafío de dar respuestas al reclamo de un electorado que sufrió lo peor del modelo instaurado por el pinochetismo, y por otro, la presión de grupos de poder que no parecen estar dispuestos a resignar privilegios.










