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Miércoles 19, 23 horas

Millones de argentinos lo vieron por tv, desde sus hogares, en el trabajo, en bares. Lo escucharon por la radio encendida en la cocina, a través de las emisoras que resuenan en los taxis, en el auto.

La voz del presidente Fernando de la Rúa repercutió en millones de oídos con palabras pensadas para transmitir autoridad, empujar a quienes salieron a la calle a regresar a sus casas, a contener la protesta ramificada por las avenidas del conurbano y que se replica sin límite por toda la Argentina. El consejo de los asesores presidenciales, el deseo de un puñado de gobernadores, es una realidad. Fernando de la Rúa se inclina por la herramienta extrema de la Constitución, el resabio monárquico que limita las garantías constitucionales con el pretexto de la defensa del sistema.

Una lógica profundamente conservadora rige los actos del gobierno: cuando los pasivos públicos se vuelven impagables, la reacción es nuevo endeudamiento y ajustes en el gasto. No hay cambio de rumbo sino exacerbación de la continuidad. Un año antes se había anunciado un compromiso para la toma de fondos del FMI, que se destinarían a pagar deuda. Algunos diarios lo promovieron con el nombre ilusorio de blindaje. Ahora, frente a la erupción social, la respuesta es la limitación de derechos. Estado de sitio.

El resguardo del poder sitiado.

Pero a esas palabras concebidas para demostrar autoridad, la sociedad les atribuye el significado opuesto. En la insondable densidad de la trama social, donde inesperadamente y cada tanto, como el paso de un cometa, las subjetividades se alinean en una misma dirección, el discurso es interpretado como el desplante autoritario de un gobernante incapaz.

Aquello que debía provocar retracción, miedo, sumisión, se convierte en hartazgo; la gota que colma el vaso. Entonces se oye un ruido, un golpeteo acompasado, débil al principio, más fuerte luego, más grave y sonoro, se aproxima con una continuidad irreductible y se amplifica sobre el espacio de la ciudad, los edificios, las ventanas, las veredas. Cada uno de los protagonistas del poder siente su impacto, la idea de una multitud y la certeza de la advertencia final.

El presidente Fernando de la Rúa parte hacia la quinta de Olivos, donde los ministros le transmiten descorazonados el estallido del cacerolazo. Eduardo Duhalde escucha la protesta mientras regresa a su casa, tras la reunión bonaerense en el Banco Provincia. 

En el Senado, el justicialismo se apresta a asestar el golpe final a los poderes especiales de Domingo Cavallo, cuando el radicalismo juega su última carta. El ¡efe del bloque de senadores de Ia UCR, Carlos Maestro, pide la palabra: 

—Ha ingresado el mensaje número 1.679 del Poder Ejecutivo Nacional, poniendo en consideración el decreto que establece el estado de sitio en todo el territorio de la Nación por un plazo de treinta días.

El silencio recorre las bancas. Maestro continúa:

—En consecuencia, consideramos que este tema también debe ser tratado por el Senado de la Nación. Entonces, sin perjuicio de incluir la necesidad del tratamiento del mensaje del Poder Ejecutivo Nacional, solicitamos al bloque justicialista que esta sesión pase a cuarto intermedio hasta mañana, a las 12, a efectos de considerar no solo el mensaje del Poder Ejecutivo Nacional sobre tablas, sino también que continuaremos tratando los otros temas planteados por el señor presidente del bloque justicialista.

El terror se impregna en los senadores. La reacción que estremece a la ciudad ya se filtró en el interior del Congreso.

—Señor presidente —llama la atención el senador justicialista Jorge Yoma—. Según información brindada por compañeros de distintos barrios de la Capital Federal, luego del discurso del señor presidente de la República Argentina hubo una reacción espontánea de miles de ciudadanos argentinos que han salido a los balcones de sus casas a golpear cacerolas y a aplaudir y a tocar bocinas, reclamando urgentes decisiones en materia de política económica. Esos cacerolazos no son solamente para De la Rúa, sino también para este Congreso.

Los senadores asienten. Las dudas los agitan. Yoma pide que el ministro de Interior, Ramón Mestre, asista al Congreso al día siguiente para informar sobre los alcances del estado de sitio. Es solo una reacción para ganar protagonismo. Nadie es capaz de pronosticar qué país amanecerá mañana.

—El presidente llamó a una concertación, y creo que sería prudente esperar hasta mañana —lanza Maestro de cara a los justicialistas. Acaba de regresar del hotel Elevage y se esperanza con un acuerdo que mantenga a la UCR en el poder.

Finalmente, radicales y peronistas acuerdan levantar la sesión y refugiarse en sus hogares. La mayoría se retira presurosa del Palacio.

En el hotel Elevage, los últimos negociadores que comparten la sobremesa se arriman a los ventanales que dan sobre la calle Maipú. Los cristales vibran perceptiblemente por el repiqueteo. No se oye ninguna otra cosa que el ruido de golpes sobre sartenes, ollas y cacerolas. Entonces ven pasar por la calle a un grupo de personas que camina a paso firme rumbo a Plaza de Mayo. Luego otro, y pronto los grupos se transforman en columnas que golpean ollas, que gritan contra De la Rúa y Cavallo. Avanzan hacia la Casa Rosada.

Los peronistas presienten que el desenlace es inminente. El agravamiento de la crisis enfría los ánimos. No aceptan pagarés de moribundos. De todas formas, la fórmula es la indefinición. Puerta se compromete a nuevas consultas y fija para el día siguiente otra ronda de conversaciones. Con Cavallo fuera el camino puede allanarse, ilusionan los justicialistas a sus contrapartes del gobierno. Ganar tiempo mientras se descubre qué historia escribirán las calles. En su imaginación, los peronistas ya se prueban el traje del desahuciado.

No se vislumbran actos heroicos en el hotel Elevage, solo el cálculo de ventajas y desventajas mientras alrededor una nación se precipita hacia lo desconocido. Los representantes del gobierno se retiran pesimistas. Los justicialistas, entre tanto, sienten que rozan con las yemas de los dedos la tibieza del poder.

El temblor de cacerolas sorprende a Humberto Roggero y la plana mayor del bloque de diputados del justicialismo cenando a metros de la esquina de Callao y Posadas, entre las selectas manzanas de la Recoleta. El departamento que ocupa el jefe de la bancada cuando duerme en Buenos Aires queda apenas a media cuadra. Cuando la cena se desliza hacia el desenlace y la vajilla de los postres solo muestran la mancha de los restos, Roggero se confiesa ante los diputados:

—Yo no salgo.

Los comensales lo miran sorprendidos. Le recuerdan que vive a pocos metros, que han elegido ese restaurante precisamente por esa razón.

—Yo no salgo.

Montonero en los años setenta, sobreviviente de los tiempos de la pizza con champán durante el gobierno de Carlos Menem, el jefe del bloque justicialista teme ahora salir a la calle y ser reconocido, lo asustan las expresiones de hartazgo de los argentinos, el grado de virulencia que la reacción pueda alcanzar contra los políticos. Está espantado. Mira hacia la puerta, como si en lo profundo de su alma siempre hubiera sabido que tarde o temprano lo irían a buscar, que los pecados se castigan. Odiaría que los periodistas lo vieran desarmado, aturdido.

Los argentinos que caminan hacia la plaza ignoran que dentro del restaurante el diputado con mayor poder en la bancada peronista les teme. Sus colegas tratan de convencerlo de que nada sucederá. Pero el terror de Roggero es irracional, brota desde una dimensión que no domina.

Los ríos humanos que recorren calles y avenidas desaguan en Plaza de Mayo, que irreversiblemente se cubre con una multitud espontánea. El automóvil de Christian Colombo abandona la ciudad con destino a la Quinta Presidencial de Olivos. A través de los barrios, sin distingo, el jefe de Gabinete ve cómo la gente sale a la calle a gritar su hartazgo.

Cientos, miles de argentinos brotan de sus hogares para insultar al gobierno. Colombo los observa desde el automóvil, inadvertido para el resto detrás de una lámina polarizada. ¿Hay regreso?

La muchedumbre ya desborda Plaza de Mayo. En las calles se cruzan familias, conocidos, amigos, con perfectos extraños que se resisten a acostarse mansamente hasta el día siguiente. La saturación se expresa con alegría, los argentinos se alzan contra el estado de sitio, se burlan de la pretensión autoritaria. Las palabras del discurso de Fernando de la Rúa caen en el vacío, anodinas, se pierden en el agujero del desengaño. ¿Hay regreso para un vínculo quebrado entre el presidente y sus votantes?

Las columnas de manifestantes se diseminan por toda la ciudad, se encuentran en los centros de los barrios, alrededor del monumento al Cid Campeador, en Callao y Santa Fe, en el Obelisco, en la plaza frente al Congreso, gritos unidos por el desencanto. De pronto, la vertiente toma un curso preciso y se encamina hacia la esquina de la Avenida del Libertador y la calle Ortiz de Ocampo, hogar del ministro de Economía.

Familias enteras se reúnen alrededor del edificio, autos estacionados hacen resonar sus bocinas, escuchan golpes de tambor y ollas, los balcones se cubren de residentes atildados del barrio que gritan contra Cavallo por limitarles sus extracciones bancarias; de mago a maldito, la vacilación ilusoria del péndulo argentino.

En el interior del departamento, el ministro escucha pasmado el rumor de furia que lo rodea. Se cree incomprendido, traicionado por la Unión Cívica Radical, un chivo expiatorio del fracaso de otros. Pero sabe que su tiempo terminó. Llama por teléfono al secretario del presidente para anunciarle que ha redactado su renuncia indeclinable. Antes de colgar pide un refuerzo de su custodia.

Colombo llega finalmente a la quinta presidencial. Se anuncia en el puesto de control de la entrada, pero la autorización para ingresar se demora extrañamente. Al fin, la voz metálica del policía intenta una explicación de la tardanza:

—El presidente ya se retiró a dormir. No va a poder atenderlo.

El jefe de Gabinete digiere aturdido la información. ¡Se retiró a dormir! De la Rúa no ha aceptado aún la renuncia de Cavallo. El Ministerio de Economía anochece acéfalo en las últimas horas del 19 de diciembre. El curso de la política se frena en seco. La multitud canta y salta en la Plaza de Mayo.

—¡Qué boludos, qué boludos! El estado de sitio se lo meten en el culo. 

El automóvil da media vuelta y se retira lentamente. Unas pocas cacerolas suenan todavía frente a la quinta, grupos de vecinos cortan la Avenida Maipú, pero no alcanzan a quebrar el sueño presidencial.

La noticia de la renuncia del ministro de Economía repiquetea en los medios. Colombo no espera la aceptación presidencial para difundir la información, con el deseo de volverla inmodificable y la esperanza de calmar las protestas.

Frente a la Casa Rosada, la multitud celebra. La imagen de la plaza ocupada, símbolo del descascaramiento final que tanto había intentado evitar el gobierno, se multiplica a través de los canales de tv y se difunde por el mundo.

De pronto, el fuego toma la base de un trío de palmeras de la plaza. Las llamas sirven como señal: la orden de despejar el lugar, alejar a los manifestantes de la Casa Rosada, la desesperada pretensión de amanecer sin la postal de la multitud activa la cadena de mandos. La infantería policial avanza hacia los manifestantes con máscaras antigases y gruesos escudos transparentes. La brutalidad se desata. Las bombas de gases lacrimógenos estallan sobre el césped, las nubes se extienden asfixiantes. Luego, el asalto cae con cachiporras y golpes sobre la multitud aterrada y desconcertada.

La policía montada irrumpe con embestidas para extender el miedo, los ollares de los caballos resoplan enardecidos, excitados por la violencia, sus costales tensionados golpean a la gente que huye. En la carrera, la indignación de los manifestantes se vuelca contra los bancos. Los piedrazos hacen estallar sus entradas vidriadas a lo largo de la Avenida de Mayo, que se convierte en la estela caótica de la batalla. 

*Fragmento de "Dos semanas, cinco presidentes – Diciembre de 2001, la historia secreta" (2011)