Manuel Belgrano, la monarquía inca y una sesión secreta
Es uno de los que merece reconocerse como "padre de la patria". Como en toda gran personalidad, hay claroscuros, y es un mal de los homenajes reconfigurar las imágenes para "vender un producto" perfecto e inmaculado. No trata de eso la historia, aunque por años esos bosquejos se hicieran necesarios para configurar una patria común con hijos de inmigrantes que necesitaban amalgamar una historia política. En esa que, por aquellos años, se contaba como una "tierra de paz" y crisol de razas, siempre que fueran de tez blanca y rasgos indoeuropeos…

El Congreso de Tucumán comenzó a sesionar el 24 de marzo de 1816 cuando, todavía, algunos congresales estaban en camino. Designó a Juan Martín de Pueyrredón como Director Supremo; recibió presiones de San Martín, desde Cuyo, para no demorar su tarea; puso orden en la frontera norte desplazando a Rondeau y confiando la defensa de la región en Güemes y sus "gauchos diablos"; y armó la estructura de textos y códigos para preparar la declaración de la independencia.
Pero si la independencia se aceptaba ya, el tema de los temas era qué tipo de régimen adquiriría el nuevo país: ¿monárquico o republicano?; ¿al estilo inglés o al modo de los EEUU? Tras declarar la independencia debía redactarse una constitución y ella debería definir los términos de organización del nuevo país.
El Ejército del Norte estaba estacionado a las afueras de Tucumán y su general, Manuel Belgrano, era ya figura prominente de la política nacional; hacía poco había visitado Europa junto con Bernardino Rivadavia y había constatado que allá, caído Napoleón, todo tendía a la restauración monárquica y, en primer lugar, a reponer con fuerza y auxiliar a Fernando VII, tarea en la que se habían comprometido todos los asociados en el "Congreso de Viena", las principales casas reales de Europa continental.
Se le concedió, por tanto, una invitación a exponer sus ideas. Y el 6 de julio de 1816, en sesión secreta, el general Manuel Belgrano habló a los congresales. Tras contestar algunas preguntas, aconsejó adoptar un sistema monárquico "temperado", es decir, constitucional y parlamentario, al estilo inglés. Pensaba además que, a fin de incorporar al Perú a la unidad geográfica, la capital debía estar en Cuzco, nombrando para el cargo de rey a un descendiente de los incas. Como él mismo lo expresó en su discurso, sus ideas estaban influidas por la reacción en marcha en toda Europa tras la derrota de Bonaparte y la ola restauracionista de las monarquías absolutas.
Las palabras del creador de la bandera fueron impactantes: "Aunque la revolución de América en su origen mereció un alto concepto de los poderes de Europa por la marcha majestuosa con que se inició, su declinación en el desorden y anarquía continuada por tan dilatado tiempo ha servido de obstáculo a la protección que sin ella se habría logrado; así es que, en el día debemos contarnos reducidos a nuestras propias fuerzas". Un diagnóstico realista, por cierto: el año anterior, en Waterloo, el emblema republicano francés había caído.
Por ello, a renglón seguido subrayó: "Además, ha acaecido una mutación completa de ideas en la Europa, en lo relativo a la forma de gobierno. Así como el espíritu general de las naciones, en años anteriores, era republicanizarlo todo, en el día se trata de monarquizarlo todo. La nación inglesa, con la grandeza y majestad a que se ha elevado, más que por sus armas y riquezas, por la excelencia de su constitución monárquico-constitucional, ha estimulado a las demás a seguir su ejemplo. La Francia lo ha adoptado. El rey de Prusia, por sí mismo y estando en el pleno goce de su poder despótico, ha hecho una revolución en su reino, sujetándose a bases constitucionales idénticas a las de la nación inglesa; habiendo practicado otro tanto las demás naciones. Conforme a estos principios, en mi concepto, la forma de gobierno más conveniente para estas provincias sería la de una monarquía temperada, llamando a la dinastía de los Incas, por la justicia que en sí envuelve la restitución de esta casa, tan inicuamente despojada del trono; a cuya sola noticia estallará un entusiasmo general de los habitantes del interior".
Según comenta Bartolomé Mitre en su dilatada biografía sobre Belgrano, "Habló enseguida del poder de la España, comparándolo con el de las Provincias Unidas, indicó los medios que estas podían desenvolver para triunfar en la lucha; manifestó cuáles eran las miras del Brasil respecto al Río de la Plata; y elevándose a otro orden de consideraciones, concluyó exhortando a los diputados a declarar la independencia en nombre de los pueblos y adoptar la forma monárquica como la única que en la actualidad podía hacer aceptable por las demás naciones".
Así como ponderaba las monarquías, Belgrano no necesitaba enfatizar su desconfianza hacia la "anarquía", que todo el mundo conocía. Ya había acusado a Artigas, el jefe de la Liga de los Pueblos Libres, de expresa fe republicana y federal: "Hace mucho tiempo que desconfío de Artigas –había escrito− [...] Mucho me temo que la canalla está por traicionarnos". Y en otra aseveró: "Es un agente de los enemigos, y muy eficaz".
Mientras el Congreso de Tucumán "masticaba" el discurso dado por Belgrano, ese mismo 6 de julio, en otro frente, Artigas enviaba un oficio al Cabildo de Montevideo, amenazado de una invasión portuguesa: "Queriendo ser libres, la multiplicidad de enemigos solo servirá para redoblar nuestras glorias. Los orientales saben desafiar los peligros y superarlos. Por más que las complicaciones aumenten yo nada temo tanto como que se acabe la moderación y que tengamos que batir los unos y los otros. Al menos si Buenos Aires no cambia de proyecto, no podré ser indiferente a sus hostilidades y sin desatender a Portugal, ya sabré castigar la osadía de ésta y la imprudencia de aquél".
Muchos coinciden en que este planteo del líder de los "Pueblos Libres" –el de luchar a la vez en todos los frentes–, si bien resultaba "principista", carecía de sentido táctico. Parecía aconsejable llegar a algún acuerdo con el Directorio y el Congreso para poner en primer plano la lucha contra el invasor portugués, política que, en todo caso, facilitaría desenmascarar la complicidad del Directorio con los lusitanos. El momento político era realmente adverso en América: la reacción realista triunfaba en todos lados, desde México hasta Chile, incluyendo la reciente derrota en el Alto Perú, en Sipe-Sipe. La palabra de Belgrano quedó, como diría la canción de Bob Dylan, soplando en el viento.
Este es el marco con el que, finalmente, se arribó al 9 de julio, cuya agenda indicaba el tratamiento de la Declaración de la Independencia. La Constitución recién se aprobaría en 1819. Y, labrada con el concepto de "unidad de régimen" y, por lo tanto, abierta a una monarquía constitucional, resultó rechazada por las provincias que estaban atravesando crecientes procesos de autonomías locales. Al año siguiente, olvidado, pobre y casi como un alma en pena, moriría don Manuel, un héroe de cien batallas cuya figura –habiendo aceptado los cambios sociales y pasando de reformista monárquico a revolucionario e independentista en los hechos–, no necesita de maquillajes.
*Publicado en La Nueva Provincia

Frenar "la voluntad incontrolada del populacho"*
Por Cristian Rath y Andrés Roldán*
La Asamblea de 1813 había sido convocada por el Segundo Triunvirato en un contexto auspicioso (victoria de Tucumán y Salta, de San Lorenzo, y preparativos de Brown para atacar a los realistas en Martín García). Pero su carácter conservador quedó rápidamente en evidencia con el rechazo, el 10 de junio de 1813, de los diputados de la Banda Oriental, para impedir considerar las "Instrucciones" que llevaban: inmediata declaración de la independencia, república democrática, participación popular, autonomía de las provincias bajo una confederación, capital fuera de Buenos Aires, eliminación de impuestos interprovinciales y libre navegación de los ríos.
El programa artiguista era un duro golpe para las pretensiones hegemónicas de la burguesía comercial porteña, entreverada con los nuevos acreedores de la deuda pública, todos ellos interesados en preservar el control de la Aduana que garantizaba su repago. De este modo, la Asamblea -integrada mayoritariamente por alvearistas (1), incluidos los hasta entonces radicalizados Bernardo de Monteagudo e Hipólito Vieytes (quien firmó el decreto)-, mostró bien pronto sus limitaciones insalvables.
Lo que la burguesía comercial porteña quería lo expresará claramente poco después su representante en Río de Janeiro, Manuel García, cuando afirmó que cualquier gobierno, "hasta el más opresor, ofrecerá más esperanzas de prosperidad que la voluntad incontrolada del populacho". (2)
A fines de 1813, las derrotas en Vilcapugio y Ayohúma en el Alto Perú (octubre-noviembre) acentuaron la política conservadora de Buenos Aires, que a fines de ese año transmitió a la corte inglesa su deseo de "alcanzar los beneficios de la paz y tranquilidad a cualquier precio, excepto la sumisión incondicional a España", como informara lord Strangford a Castlereagh desde Río de Janeiro, el 18 de diciembre de 1813.
La Asamblea concentró el poder: en enero de 1814 designó como director supremo a Gervasio Posadas, tío de Carlos María de Alvear, quien gobernó durante todo ese año sin lograr derrotar a Artigas. Pero la amenaza realista tras la derrota chilena en Rancagua, la desobediencia del Ejercito del Norte contra Alvear, y el estado de rebelión de las poblaciones de Entre Ríos, Santa Fe y Corrientes, lo voltearon en enero de 1815. La obligada entrega de Montevideo a manos del artiguismo llevó al nuevo director supremo, Alvear, a promover la protección británica: en las conocidas cartas a lord Strangford y lord Castlereagh, planteó que las Provincias Unidas no podrían ya "gobernarse por sí mismas". Impotente para derrotar al artiguismo, Alvear volvió a ofrecer a Artigas la "independencia absoluta" de la Banda Oriental, a cambio de que dejase Entre Ríos y Corrientes bajo control de Buenos Aires. La respuesta, naturalmente negativa, fue acompañada por la formación de la. Liga de los Pueblos Libres, alianza conformada por Banda Oriental, Santa Fe, Entre Ríos, Corrientes, Misiones y Córdoba, que acabó con el monopolio portuario de Buenos Aires al poner en funcionamiento los puertos de Montevideo, Colonia, Maldonado y Santa Fe, eliminar aranceles interprovinciales, bajarlos para los productos paraguayos y elevarlos para las importaciones que compitieran con la producción local, según vimos en el capítulo anterior.
Fracasada la maniobra, Alvear ordenó un nuevo ataque contra Artigas en Fontezuelas, pero un sector de las tropas se rebeló y obligó al director supremo a desistir del intento el 13 de abril de 1815. Este hecho, que derrocó a Alvear, fue también el fin de la Asamblea.
El Directorio en su laberinto
A esa altura, la autoridad del Directorio era cuestionada en todas partes. El poder de Artigas y de otros caudillos provinciales, apoyados en masas armadas y en estado de movilización y deliberación, representaba una amenaza permanente. Los ejércitos patriotas padecían constantemente deserciones, desobediencias, alzamientos y reclamos. Y la defensa del territorio, como ocurría en Salta con Güemes, dependía de los caudillos y las masas. Los hacendados estaban hartos de los destrozos y saqueos de sus campos y ganados, de los crecientes impuestos y de los malones. Las guerras, los conflictos diplomáticos y los bloqueos comerciales tampoco permitían a los comerciantes criollos estabilizar el poder logrado. El cumplimiento de la incipiente deuda pública estaba amenazado. Ninguna fracción social o política lograba hegemonizar la situación.
La Liga de los Pueblos Libres liderada por Artigas representaba una alternativa concreta al dominio hegemónico de la burguesía comercial porteña y al usufructo que hacía de la Aduana. Para esa burguesía, la declaración de la independencia debía llevarse a cabo de modo de asegurar su dominio indiscutido y la continuidad del beneficio aduanero. Y para ello debía ir acompañada del aplastamiento de Artigas. Si las tropas patriotas se mostraron impotentes para lograrlo, alii estaba la Corona portuguesa radicada en Río de Janeiro con sus viejas aspiraciones sobre la Banda Oriental. Y hacia allí se dirigieron las negociaciones secretas tendientes a facilitar la invasión y aplastar así, con ayuda externa, el indomable "anarquismo" federal.
En ese marco, el Congreso de Tucumán, con su preparación fraudulenta, sus negociaciones secretas y sus conspiraciones, fue el escenario central en que se procesó la evolución conservadora de los núcleos dirigentes porteños interesados en poner fin definitivo al ciclo revolucionario abierto con las invasiones inglesas y la Revolución de Mayo. Los objetivos del Congreso se centraban en declarar la independencia, nombrar un director supremo adicto, aplastar a Artigas -dando vía libre a la invasión lusitana a la Banda Oriental- y sancionar una Constitución, redactada de tal forma que abriera la posibilidad de una organización monárquica. Para esto era necesario que el Congreso contase con una mayoría de hombres "dignos y respetables", como los caracterizara Mitre. Para garantizar esa mayoría operaron en varios frentes. Comenzaron provocando la exclusión del Congreso de los delegados artiguistas del Litoral y de la Banda Oriental. Luego, como el Alto Perú estaba bajo dominio realista, reunieron a algunos emigrados adictos y "eligieron" a diez diputruchos incondicionales. Fiinalmente, los siete diputados porteños y los delegados fantasma del interior -como el porteño Pueyrredón, que representaba a San Luis- asegurarían una cómoda mayoría. Solo los diputados federales de Córdoba, junto con los de Tucumán y Salta, eran reacios a la política del Directorio. Los diputados de Mendoza y San Juan, que respondían a San Martín, una vez declarada la independencia no representaban ningún peligro para el dominio de los intereses portuarios.
Las andanzas de Belgrano, Rivadavia y Sarratea por Europa
El 12 de diciembre de 1814, Belgrano y Rivadavia habían partido a Europa con el mandato de la Asamblea y de Posadas de sondear a las monarquías europeas respecto del reconocimiento de una eventual independencia y sus términos. En cuanto a Fernando VIIl, debían "felicitarlo por su vuelta al trono y [...] reclamar nuestros augustos derechos". En las instrucciones reservadas tenían mandato de "asegurar la independencia de América" (aunque también aceptarían la libertad civil, esto es, autonomía en la administración), por medio de un monarca constitucional español, o en su defecto inglés, o de otra nación, "si la España insistía en la dependencia servil de las provincias", quedando entonces bajo una "protección respetable de alguna potencia de primer orden". Se llegase o no a algún acuerdo con alguna potencia e incluso con España, era condición innegociable que los americanos conservaran "la administración interior del país en todos los ramos". (3)
Luego de encontrarse a principios de enero de 1815 en Río con Manuel García, Belgrano y Rivadavia llegaron a Inglaterra el 7 de mayo. Allí se reunieron con Sarratea, con quien debatieron qué hacer frente a la caza de liberales que se estaba produciendo en España y ante la completa intransigencia de Fernando VII. Sarratea los puso al tanto de sus negociaciones con el desterrado Carlos IV en Roma, convenciéndolos de desistir de negociar con Fernando VII. El juego se abrió también a otras alternativas, entre ellas la de negociar con la corte portuguesa residente en Brasil, cuyas intenciones expansionistas en América del Sur eran de larga data y estaban ahora renovadas por su retroceso en el mapa geopolítico europeo después del Congreso de Viena de 1814-1815.
Sin conseguir nada concreto, pero con la convicción de que la ola restauradora y monárquica dominaba en las cortes europeas, el 15 de noviembre de 1815 Belgrano dejó Europa. En Buenos Aires se reunió con el director Ignacio Álvarez Thomas y su ministro Gregorio Tagle, verdadero cerebro de la conspiración directorial, a quienes les adelantó el que sería su planteo ante el Congreso de Tucumán: ganar el apoyo de la corte lusitana, "quien pensábamos podía obligarse por enlace de una de las hijas con el infante, para que nos favoreciese; teniendo por último y lo más principal en vista, que así desterrábamos la guerra de nuestro suelo [...] y que al fin por este medio conseguiríamos la independencia y que ella fuese reconocida con los mayores elogios, puesto que en Europa no hay quien no deteste el furor republicano… (4)
El informe de Belgrano: "monarquizarlo todo" y arreglar con los portugueses
El Congreso de Tucumán se instaló el 24 de marzo de 1816 en un contexto de crecientes rumores sobre negociaciones con los portugueses. Una de sus primeras medidas fue crear una comisión de relaciones exteriores, cuyas reuniones eran secretas. El objetivo principal de esta comision fue allanar el camino a Portugal para que invadiese la Banda Oriental, a la vez que inició negociaciones secretas con la corte portuguesa para una eventual coronación de la Casa de Braganza en el Río de la Plata.
En la sesión secreta del 6 de julio de 1816, Belgrano brindó un amplio informe tras sus gestiones en Europa. Destacó el desprestigio de la revolución americana en el Viejo Mundo "por su declinación en el desorden y la anarquía". Su conclusión era que había que "monarquizarlo todo", y la propuesta, declarar la independencia y ponerse a tono con el nuevo espíritu europeo nombrando un rey inca enlazado con la Corona portuguesa. Para Belgrano, el "rey [portugués] Don Juan era sumamente pacífico y enemigo de conquista". Esto, mientras los delegados porteños en Río de Janeiro, Manuel García y Nicolás Herrera, acordaban el aval del Directorio a la inminente invasión portuguesa a la Banda Oriental. Mitristas, revisionistas, "renovadores" e izquierdistas ocultan la complicidad de Belgrano con esta entregada. Los que destacan su supuesto "tupamarismo" (por la propuesta del rey inca) son completamente fantasiosos: los derechos de los indígenas estaban fuera del horizonte de la burguesía comercial y los estancieros porteños.
(1) Nos referimos a la fracción mayoritaria de la Logia, opuesta en 1813 a la declaración de la independencia, a la que en cambio adhería la minoría referenciada en San Martín.
(2) Carta de García a lord Strangford, 3 de marzo de 1815.
(3) Carta de Posadas a Sarratea, 9 de mayo de 1815.
(4) Informe de Belgrano al Directorio, 2 de febrero de 1816.
*Fragmento del capítulo 8 de "La revolución clausurada (mayo de 1810-julio de 1816)", Ed. Biblos, 2013.










