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CARTA DE LECTORES

Sergio Darío Pucheta, el gran luchador

Señor director de NORTE: 

Este 31 de octubre mi hijo Sergio Darío Pucheta hubiese cumplido un año más de vida en esta Tierra. En vez de eso, sufrimos su partida en junio de 1999, al cabo de toda una vida de lucha contra una enfermedad inmunológica que tiene escasos antecedentes en el mundo.

Si aún hoy las personas que padecen las denominadas “enfermedades raras” y sus familiares encuentran serias dificultades para acceder a una cobertura efectiva para sus tratamientos, imaginen lo que era eso 30 o 40 años atrás. Era habitual que nos encontráramos con puertas cerradas, desidia, respuestas cortantes y papeleos tan inerminables como inútiles, planteados por funcionarios insensibles y administradores de obras sociales sin corazón ni sentido común. Todos ellos ya estarán rindiendo cuentas ante Dios, o lo harán en algún momento.

Por supuesto que hubo excepciones, personas con cargos importantes y gente común que nos tendieron la mano y que fueron las que nos permitieron librar durante casi veinte años una batalla que al principio, cuando Sergio fue diagnosticado siendo muy pequeño, los médicos decían que sería breve. Nos advertían que mi hijo no podría sobrevivir mucho tiempo a su patología. 

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Sergio Darío Pucheta.

Contra esos pronósticos, Sergio nunca dejó de luchar por su vida. La noticia de que era necesaria una nueva cirugía o un nuevo procedimiento médico siempre lo fastidiaba y desalentaba un poco, pero enseguida se recomponía y se aferraba a la esperanza de que eso fuera un cambio de rumbo, un paso que nos acercara a una salida, la posibilidad de que en algún momento pudiera hacer la vida de cualquier chico.

Hubo batallas duras, hubo períodos de relativa paz. Sergio siempre apostó por la vida, y en lugar de pensar en las cosas que no podía hacer disfrutaba de las que sí le permitían sus condiciones de salud. 
Fue al colegio como cualquier niño, hizo la secundaria en la Escuela Normal, siempre destacándose como estudiante y como amigo. Fue una etapa feliz para él, porque encontró compañeros y compañeras que lo rodearon de cariño y docentes que supieron ver su esencia tan especial.

La enfermedad (hipogama globulinemia común variable), a la par, volvía a la carga una y otra vez. Sergio luchaba a capa y espada. A veces, cuando la angustia nos desbordaba, eran sus grandes ojos de mirada intensa y su voz suave y calma los que nos animaban a no bajar los brazos, a resistirnos con más fuerza a la adversidad.
La gran cantidad de medicamentos consumida a través de los años iba haciendo mella propia en su organismo, y fue necesario un trasplante de hígado, con toda la incertidumbre que ello genera. Pero Sergio salió airoso de ese trance, gracias al acto de amor inmenso y anónimo de quien tomó la decisión de donar sus órganos o los de un ser querido.

No obstante, llegó un momento en que, como si se tratase de una persecución cinematográfica, la enfermedad nos rodeó y nos dejó sin salidas para escapar. Y Sergio, mi hijo de las mil batallas, se fue a sus 19 años. Aunque, si tengo que ser sincera, yo nunca dejé de sentir que sigue estando. No sólo por señales y sensaciones que van más allá de lo explicable, sino porque las personas que nos aman y amamos no se van. Se quedan en nosotros. 
Yo todavía escucho a Sergio. En mi interior me da consejos sobre los dilemas que surgen, se ríe de las tonterías que pasan en la vida cotidiana, me tranquiliza con su mirada cuando cierro los ojos cansada de mis propias dolencias y de los obstáculos que aparecen en el camino. Me anima a prestarle siempre más atención a una lucecita que parpadea a lo lejos que a la oscuridad que la rodea.

Sergio soñaba con ser piloto de aviación. Sus problemas de salud cerraron esa posibilidad. Le costó, como a cualquiera, asumir que su sueño era inalcanzable. Entonces nació su pasión por el aeromodelismo. Cuando hacía volar sus aviones, el semblante se le transformaba. Eran momentos de total felicidad. 

Me gusta pensar que algo mucho más intenso y perfecto le sucedió cuando su alma finalmente despegó desde su cuerpo y pudo, al fin, volar libremente.

Sergio, mi hermoso piloto de la fe, la perseverancia y la pasión por la vida, feliz cumpleaños. Te amo.

Tu mamá, María Pompeya Escobar

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