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El 10, sin dudas, ¡es Maradona!

Un 2 de noviembre, un hombre de 40 años esperaba el tren en la estación ferroviaria de la pequeña localidad de Estanislao del Campo, en Formosa.

Una voz desesperada se alzó entre los viajeros pidiendo auxilio. Necesitaban un médico para asistir a una mujer que hacía varios días intentaba dar a luz y preguntaban si entre los pasajeros habría alguien que se anime a asistir a la mujer.

Este hombre no dudó un instante: tomó su maletín, subió a un sulky, que manejaba una mujer de unos 50 años, y llegó hasta el lugar. Era un parto difícil, porque la parturienta estaba grave, pero fue ayudada por este pasajero que esperaba el tren y pudo hacer que diera a luz la vida de una nena. Cuando regresó a la estación, el tren ya había pasado, y se acercó a comprar un pasaje para el siguiente viaje. Pero allí se encontró una multitud que se había congregado y reclamaba sus servicios.

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‘De golpe me vi rodeado por un indiaje astroso, bárbaro. Patente recuerdo algunos rostros como de animales chúcaros, ariscos y, al mismo tiempo, graves, profundamente necesitados... Puedo ver esos rostros con absoluta nitidez: narices, lóbulos de las orejas mutiladas con tatuajes; manos como de cuero se me extendían suplicantes. Me arremangué, empecé a atender y me quedé con ellos...‘.

VENIA DE PARAGUAY

Quien cuenta esto fue don Esteban Laureano Maradona, el 10. Ese médico rural, naturalista, escritor argentino, que volvía en tren desde Paraguay con destino a la ciudad de Tucumán. Había cumplido 40 años y venía de pasar tres años en tierra guaraní atendiendo a los heridos de la sangrienta Guerra del Chaco Boreal, entre aquel país y Bolivia. Regresaba a la Argentina dispuesto a instalar un consultorio en Buenos Aires, donde vivía su madre. Pero Estanislao del Campo le hizo cambiar de planes.

‘La escala en aquel inhóspito lugar se extendió durante más de cincuenta años, donde el médico vivió con una austeridad franciscana sin luz, ni gas, ni teléfono atendiendo a los humildes pobladores de la zona, muchos de ellos habitantes de comunidades aborígenes‘, dice el historiador Felipe Pigna.

En su homenaje, el día de su nacimiento, cada 4 de julio, se recuerda en la Argentina el Día del Médico Rural. ¿Para qué contar algo como esto? Para mostrarnos que aún hay gente que, como don Esteban Maradona, da lo mejor de sí por los demás. Lo vimos en la pandemia, en los hospitales, en las clínicas, cada personal sanitario y médico que expuso su salud por los demás. Y muchos han muerto.

La gran deuda la tenemos muchos de nosotros, y en particular la clase política que no se pone a la altura de las circunstancias. Mucho discurso, pocas propuestas. Y en el medio, la gente, que quiere solución a los problemas estructurales y con una franja de personas -los jóvenes que buscan trabajo, que no quieren seguir con la vieja receta del asistencialismo o la dádiva.

Esta es la ventana que hay que dejar abierta para que una bocanada de oxígeno muestre que hay un país que quiere desarrollarse, de la mano de políticas que unan el privado con lo público, pensando en producir con menos barreras y generar empleo. Sin esto, no hay destino como país.

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