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La música del destino

Imaginemos la Estación Central de ferrocarril de París, allá por 1910: una alta y compleja estructura de acero, piedra y cristales empañados. Los rieles brillantes de lluvia se hunden en la bruma.

Es invierno y un viento polar silba sobre los andenes, se cuela en las boleterías y rebota en el cubo de vidrio biselado de la sala de espera. A un costado se abre la ampolla de luz de la confitería. Es una luz  velada por la nube de humo de los cigarros que se ha posado en el techo. 

Estalla un silbato de tren y se confunde con el chorro de vapor que se alza de la máquina de café que maneja un viejo argelino. Huele a café el aire. Una mesa doble es escenario del juego de cartas en el que están enmarañados unos caballeros, de ojos veloces y desconfiados. La barra se ve atestada de espaldas, son obreros que han dejado ya sus turnos y se dedican a beber cerveza con felicidad inusitada.

En una mesa del fondo, una joven mamá acuna a su bebé, a su lado, una señora entrada en años, toma un café. Parece entonar una canción.

Ahora imaginemos que un hombre bajo, macizo y de saltones ojos españoles, embozado en un abrigo oscuro, abre la puerta de la confitería y golpea sin querer la espalda de un joven flaco que salía del baño para  buscar un lugar en la barra.

El hombre bajo y rollizo le pide disculpas y lo invita a tomar una copa. Si bien el ambiente es agradable y tibio, piensa que tal vez un trago les venga bien. El muchacho acepta con un golpe de cabeza. Es taciturno, de pocas palabras y su piel color masilla resalta sus altos pómulos.

Se sientan a una mesa, piden pernod y se enfrascan en un ruidoso silencio. Cuando el hombre bajo le pregunta –en un imperfecto francés- si viaja lejos, el joven pálido responde que hasta Davos Platz. ¿Suiza? –dice el hombre bajo. Suiza, responde el delgado joven.

¿Y usted? – pregunta. El bajo, fornido, responde: Hasta Madrid, soy español.

En la mesa vecina, un nervioso calvo, de rasgos mogoles, envuelto en un abrigo de Astrakán, se levanta y se acerca a la mesa y con un acento extraño pide ser aceptado en la reunión. El hombre bajo, ampuloso, lo invita a sentarse con un gesto de su mano.

Hablan abriéndose paso en la vocinglería del lugar. Afuera, pita una locomotora y lanza bocanadas de humo. Varios viajeros corren a tomar el tren que ya empieza a trepidar, en un par de minutos saldrá rumbo a la niebla que aguarda al fondo del techo de la estación.

El pelado de rasgos mogoles comenta en francés los últimos hechos de la política continental. Imagina una gran masacre, montañas de cadáveres tapizando Europa. 

El gran reloj amarillento marca una hora presagiante, un olor a tragedia parece cruzar la desmesurada estación, como un fantasma. Como un llanto que todavía no se derramó.

El español asiente con espanto. El hombrecito de aspecto enfermizo, en cambio, impertérrito, escucha como si ya lo hubieran acosado esas pesadillas. El pistoletazo de Sarajevo preparaba su levadura salvaje.

-Una guerra entre varios países, dijo el español, no lo creo.

Y el calvo –que viajaba a Suiza- sonrió con sorna y comentó:

-Si tuvieras una colonia de ultramar, tú también mandarías tropas para defenderla, no las regalarías en una fiesta diplomática en Versalles.

El joven de rostro anguloso, tosiendo, admite que aquello es posible.

-Mi vecino, que es un entero idiota, opina lo mismo, y yo le creo, porque castiga a su perro todos los días con una fusta de cuero. –dice, y vuelve a toser.

Los vidrios empañados de la confitería encierran el primer tronar de la guerra del 14.

El español cierra los ojos y recuerda las imágenes de las pinturas de Goya.

Un silbato de tren dispersa esas imágenes terribles.

Es la hora de partida de la formación que viaja con destino a Suiza.

El hombre calvo y el joven enfermizo se levantan, se despiden del español, salen de la confitería y se hunden en los vahos de los andenes.

Recordaré este encuentro para siempre, piensa el español. Y anota en una hoja de papel el año y los nombres de sus azarosos acompañantes.

Ese papel dice, con letra rápida:

“1910, estación central de París. Bebí pernod con dos trágicos personajes. Me alentaron a imaginar una guerra inconcebible. Sus nombres, si bien poco importan, son: un ruso exiliado, se presentó como Lenín. El otro, un burócrata checoslovaco, de aspecto enfermo, se llama Franz Kafka”.

El español dobló con cuidado la hoja y la guardó en un bolsillo, junto a sus documentos, que lo identificaban como Pablo Picasso.