Salir de la rueda del hámster
En septiembre y en lo que va de octubre, el precio de los principales productos de la canasta familiar no pararon de subir. Lo reconoció el propio presidente de la Nación, Alberto Fernández, al señalar que los valores de esos artículos indispensables “se han incrementado de manera incomprensible”.
Lo dijo en el cierre de uno de los encuentros empresarios más importantes del país, donde se abordaron cuestiones relacionadas a la creación de empleo, la inflación y otros problemas que vuelven una y otra vez en un país cuya economía sigue dando vueltas en círculos, como el pequeño roedor que corre sin parar dentro de una rueda.
Según datos oficiales, la inflación de septiembre fue de 3,5%, mostrando un salto importante
frente al 2,5% que había alcanzado en agosto. La tasa de variación anual del Índice de Precios al Consumo en septiembre fue del 52,5%. Si bien el aumento general y sostenido de los precios es un problema que está presente, con matices, en todas las economías del mundo, el caso argentino escapa a todo lo conocido.
Algunos análisis que toman como punto de partida el año 1943 muestran que desde ese año hasta el presente el gráfico que representa la tasa de inflación anual de la Argentina se asemeja a el electrocardiograma de un paciente en estado crítico que, sólo por breves períodos, se logra estabilizar.
Dicen que allá por el año 1989, sabiendo muy bien a qué se enfrentaba el viceministro
de Economía de Alfonsín, Adolfo Canitrot, soltó una frase que resume el drama: “Para
bajar la inflación soy monetarista, estructuralista y todo lo que sea necesario; y si hay
que recurrir a la macumba, también”. Treinta dos años después, en marzo de este 2021,
el actual ministro de Economía de la Nación, Martín Guzmán, también se vio obligado
a dar una definición sobre el mismo asunto (el proceso inflacionario) que se ha transformado
en una enfermedad endémica para la Argentina.
“La inflación es un problema que distorsiona todo el funcionamiento de una economía y afecta más a los que están más abajo de la escala de ingresos. Bajarla es un proceso que el gobierno conduce, pero que conlleva una responsabilidad colectiva”, dijo Guzmán, evitando caer en una simplificación, como lo hizo Mauricio Macri antes de llegar a la Casa Rosada, cuando en plena campaña electoral aseguró que resolver ese problema era algo muy sencillo. Pero la realidad, la dura realidad, mostró que no era tan así: el líder de Cambiemos concluyó su mandato en 2019 con una inflación del 53,8 por ciento, y con algo más: una descomunal deuda externa que obligó a la gestión siguiente a renegociar plazos y montos a pagar porque eran imposibles de cumplir.
Como se podrá apreciar, la inflación no discrimina entre peronistas, macristas, dictadores
(Videla: 147,0%; Bignone 401,7%) o demócratas. Universidades, cámaras empresarias, gremios, organizaciones no gubernamentales y un sinfín de entidades interesadas en el asunto intentaron e intentan encontrar explicaciones al problema a través de diversos estudios que, aunque con propuestas de solución diferentes, comparten su preocupación por la persistencia y magnitud de un fenómeno que afecta a varias generaciones de argentinos y que tiene efectos adversos en la economía.
“La búsqueda de una solución debería ser una prioridad para las autoridades públicas y los diversos actores involucrados”, concluye un informe de la Cámara Argentina de Comercio y Servicios.
Es evidente que nuestra organización social y económica para mantener una razonable estabilidad de los precios es un problema endémico, que golpea con mayor fuerza a los bolsillos más débiles, es decir a buena parte de la población. Salvo unos pocos (los que fijan precios), el resto de los sectores de la sociedad está obligado a vivir con la incertidumbre permanente de no saber si se podrán cumplir o no los proyectos.
¿Se podrá, alguna vez, alcanzar acuerdos para poder salir del círculo vicioso de la inflación?
¿Se lograrán consensos básicos para no repetir siempre la misma película de la
realidad política y económica de la Argentina, con su comportamiento pendular, como
bien describió ya en 1983 el economista Marcelo Diamand, señalando que las políticas
económicas del país muestran una oscilación pendular entre dos corrientes antagónicas:
la corriente expansionista o popular y la ortodoxia o el liberalismo económico?
¿Logrará la economía argentina, alguna vez, salir de esa especie de rueda de hámster en
la que nos tiene a todos corriendo desde hace varias décadas?
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