Las antipoesías de Eduardo Fracchia
Textos agudos, filosos, que en tres versos nos hunden hasta el fondo del ser. Reflexionan aquí Adela Rosa Rattner, esposa de Eduardo Fracchia, y Elizabeth Bergallo y Francisco “Tete” Romero.

“Una / palabra puede darnos todo. / Y quitárnoslo también”. La primera vez que leí este poema de Eduardo Fracchia pensé en las veces que busco un buen comienzo para una nota, en las veces que un periodista o un escritor debe atraer al lector con las primeras palabras. Ya vamos por la tercera o cuarta línea, ojalá la lectora y el lector nos sigan acompañando. Habló en plural porque de este lado hay alguien que firma una nota, pero también hay un editor silencioso. Somos dos.
Vamos a hablar aquí del libro “Antipoesías”, de Eduardo Fracchia, editado por Contexto en la colección Los Imprescindibles, para conocernos mejor. Eduardo nació y vivió en Resistencia, Chaco (1945-1999). Escritor, pensador y filósofo, fue profesor de Filosofía en la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE) y autor de varios libros. En 1976 obtuvo el Premio Nacional de Poesía, en Mendoza, por su libro “La Rosa Hecha Escudo”.
Fue, y sigue siendo, por su legado, uno de los más respetados intelectuales del Nordeste argentino. Publicó “Huesos Secos” (poemas, 1980); “Severino” (teatro, 1981); “Sísifo, apuntes de un deicida” (ensayo, 1983); “Ser o Ser” (ensayo, 1983)-; “Arte y Tolerancia” (ensayo, 1993); “Apuntes para una Filosofía de la Resistencia (ensayo, 1997); “Himno a Dionisos (poema en “Antología Poética de Autores Regionales Eudene”, 1997); “Antipoesías” (poemas, 1998); “La Rosa Hecha Escudo” (poema, 1999).
En el prólogo de “Antipoesías” hay unas bellas palabras de Adela Rosa Rattner, esposa de Eduardo Fracchia, que acompañó en vida a Eduardo y lo sigue haciendo hoy, trayéndonos la intimidad de la creación de Eduardo. Adela accedió a hablar y con gustó recorrimos estos caminos.
—En el prólogo nos contás que él escribía de noche. ¿Te contó en algún momento por qué tenía esa rutina de escribir de noche, en qué lugar de la casa lo hacía?
—Eduardo siempre escribía de noche en casa, en cualquier lugar, su escritorio no era un lugar fijo. Él de día trabajaba, leía, compartía con nosotros, escuchaba música. A veces sé que elegía bares donde se sentaba a escribir. Me acuerdo de una anécdota que contó una vez, cuando un mozo le preguntó: “¿Señor qué escribe usted con tanta concentración?”. Y él, con su humor característico, nos decía: “¿Cómo le explico a este señor que estoy escribiendo sobre el destino de Latinoamérica o sobre la existencia del hombre?”. Escribía en su máquina de escribir, en hojas sueltas, con biromes o lápices. Esos son los manuscritos que me quedaron.
—Hay temas transversales en todo el poemario, uno de ellos es el amor: ¿de qué forma Eduardo hacía sentir el amor a los que lo rodeaban?

—Eduardo siempre tuvo un amor especial por su familia. Nos hacía sentir su amor permanentemente, en las comidas de cada día (le gustaba cocinar), en el estar siempre atento a qué necesitábamos cada uno. Disfrutaba mucho de estar en casa.
También amaba dar clases en la Universidad, conversar con sus alumnos, insistía en el “pensar con cabeza propia”, sin repetir lo que decían los libros. Se reunía con ellos a veces los sábados, en casa, para estudiar los filósofos que no figuraban en el canon de la facultad. El caso de Nietzsche, Foucault, por nombrar algunos.
Dice en la “Filosofía de la Resistencia” que “Hacer filosofía aquí y ahora exige hablar en voz alta. Y si es preciso, gritar. Por eso proponemos una filosofía de la resistencia, inquisitiva, indiferente a si se hace en las aulas o en la calle, a la intemperie. Filosofar así es vivir. Y vivir de esta forma es resistirse al sometimiento a la exclusión, con el mismo énfasis con que nos resistimos a la muerte”.
—¿Cómo se gestó la publicación póstuma de “Antipoesías”?
—Eduardo ya había publicado una primera “Antipoesía”, un libro artesanal, con pocos ejemplares, en 1998. Cómo había quedado una parte inédita, decidimos publicar con Contexto una edición especial con todas las antipoesías. Esa colección la dirige el profesor Francisco Romero, que fue su alumno y es un estudioso de la obra de Eduardo.
—¿Seleccionaste los poemas para ese libro?
—Sí. Los seleccioné cuidadosamente. Respetamos esa primera edición que había hecho Eduardo, y después incluimos todos los poemas manuscritos que teníamos, algunos muy personales. En esa parte inédita hay manuscritos, hojas sueltas con poemas escritos para alguna circunstancia familiar especial. Algunos manuscritos pusimos en el libro, porque me pareció una forma novedosa de presentarlos.
—¿Quedó algo de Eduardo sin publicar?
—En este libro están todas las antipoesías. Queda solamente para publicar un “Himno a Dioniso”, que fue publicado en la editorial de la Universidad del Nordeste como parte de una “Antología Poética”, con muy pocos ejemplares.
—La austeridad en las antipoesías, la brevedad, el filo que tienen estos textos… ¿Así hablaba Eduardo, cómo era él en el lenguaje cotidiano?
—Eduardo era una persona cómo tantas. Por supuesto que su oratoria era especial, escucharlo siempre fue un deleite, porque seducía con su discurso, que preparaba una y otra vez. Yo siempre destaco que lo caracterizó su coherencia y honestidad en la vida. Era un hombre que pensaba, sentía y actuaba en consecuencia, siempre de acuerdo con sus principios. Quizá ese es el motivo del cariño y el recuerdo de los que fueron sus alumnos hasta ahora, aunque hayan pasado tantos años de sus clases. Siempre lo mencionan, no olvidan sus exámenes, recuerdan la fecha de su nacimiento.
—Sé que puede ser difícil seleccionar, pero habrá algún poema que vuelva a vos o que recuerdes siempre. ¿Tenés un favorito?
—Hay muchos poemas favoritos. Convivimos 28 años, y las antipoesías están cruzadas por nuestro amor, por las alegrías, las tristezas, la vida misma. Hay algunos que lo retratan tal cual era en realidad, de carácter tímido, prefería pasar inadvertido.
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Porque estás en mí sé que al herirme te hiero. Son las tormentas en las que suele naufragar mi pequeño barco. Pero a pesar de la noche oscura ya no tengo miedo: espero tranquilo que, como siempre, me rescates. |
Cuando te necesito estás conmigo. Y cuando No te necesito estás en mí. Tolerar al otro es una forma de aprender a tolerarnos. De todo lo que hago, nada podría hacerlo solo. Solo, ya hubiera dejado de hacer todo. |
—Hay en los poemas un subrayado de lo importante del ser: “Sabrás / quien soy por lo que hago”, dice en un poema. ¿Para él la poesía era todo?
—Para Eduardo la poesía era todo, como el “pensar”, “leer”, “escuchar música”, “la filosofía”. Siempre me decía que quizá sus poemas no se comprendían en el tiempo en que los escribía, pero que confiaba en ellos porque en un futuro estarían presentes.
—“Antipoesías” es parte de la colección Los Imprescindibles, ¿por qué es imprescindible leer a Eduardo?
—Creo que deberíamos leer a Eduardo para mantener viva su memoria. Además, en estos tiempos tan complejos, Eduardo nos brinda una visión del mundo con esperanza, con un canto a la vida, al amor, al nosotros, al otro, al encuentro, a la tolerancia. Hay una sola manera de recordar a los escritores, leyendo su obra.
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Poema 31 Hablar es como vestirse: en ambos casos se trata de vestir una desnudez. |
Poema 132 Aunque Puedas encontrarme, no me busques donde estoy; donde estoy es un accidente. Búscame en donde soy. Allí estaré esperándote. |
Poema 5 No te aferres al mundo; el mundo no está aferrado a nada. |
Poema 46 Hay dos formas de contar los años que uno cumple: una por el tiempo real transcurrido; la otra, por los momentos infinitos en que uno ama. Las dos son importantes, pero la segunda es imprescindible para saber que estamos vivos. |










