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La alcoba secreta

La escalera que llevaba a la pequeña biblioteca popular quedaba en el primer piso, sobre el bar Los Buenos Tiempos, de Peto Elías. Al final de la escalera colgaba una lámpara que había perdido el color: el óxido la cubría como una piel dura y muerta. 

Muchos parroquianos de “Los buenos tiempos”, cuando veían la lámpara de la escalera y las luces veladas de la biblioteca encendidas, se daban por enterados de que la señorita Cecilia, la bibliotecaria, todavía seguía trabajando. Ella pasaba largas horas entre los estantes, quitándole el polvo a los libros, hojeando otros y, según decía un corrillo, la menuda mujer estaría escribiendo un libro, pero era solo un chisme.

Hacía menos de una semana que la señorita Cecilia había cumplido cincuenta años, y una decena de amigas de la biblioteca se lo festejaron en el bar de Peto Elías (a escalones de la biblioteca, como dijimos). 

Durante la celebración, una de las amigas, la señora Godis, subió a la biblioteca buscando el baño y se topó al fondo del pasillo con un pequeño cuarto dormitorio muy perfumado, ordenado como un claustro conventual. Los interiores se veían algo gastados, una antigua araña de cobre de delicadas tulipas pendía del techo, dando una nota romántica. De la única silla colgaba un camisón rosado de organza, y a su pie dos pares de pantuflas. Más allá, debajo de la pequeña ventana, una estufa con una caldera redonda mostraba el hollín de la última combustión. ¿Dos pares de pantuflas?, pensó. ¿Es que hay alguien más?

La señora Godis husmeó en busca de mayores datos acerca del sitio y de sus usos. Buscó y rebuscó en la cómoda semivacía. Entre unos corpiños halló un profiláctico. Lo tomó, pasmada: no había sido usado, pero ¿para qué conservaría algo así la señorita Cecilia?

El silencio del ambiente era profundo y alarmante. Es lo que le pareció a la señora Godis. Antes de salir, tomó unas latas vacías de galletitas y las abrió. Contenían esquelas de amor, las leyó:

“Quisiera escanciar en tus labios el elixir de mi amor”, decía una.

“Abriré tu corazón con besos profundos”, anotaba otra.

Que se supiera, la señorita Cecilia, no tenía relación amorosa con ningún hombre. Hacía más de veinte años que vivía en el pueblo y ni siquiera se sospechaba que  gustara de algún hombre. Una monja laica, pensó. También la señora Godis recordó que la señorita Cecilia vivía en una casita en el modesto barrio de Santa Lucía, a seis cuadras de la biblioteca. ¿Por qué mantenía ese cuartito disimulado en las paredes de madera al fondo del pasillo? No era fácil distinguir el rectángulo de una puerta en esa barrera de tablas de pino.

Una vez que la señora Godis hubo de contarles a todas las amigas su descubrimiento, se distribuyeron horarios y actividades para espiar a la señorita Cecilia y tratar de descubrir los secretos que esa alcoba vacía guardaba.

Se dieron una semana para reunir las primeras informaciones. Para esto, debían sacarle fotos furtivas a la señorita Cecilia, anotar paseos, recorridos y lugares de compra. Y de ser posible, escribir un informe sobre el material recolectado.

Dos amigas se estacionaron en la biblioteca para vigilarla de cerca, haciendo que leían. La señorita Cecilia estaba asombrada de que sus dos amigas, que solo leían Para Ti y Vosotras, estuvieran sumergidas en las páginas de Ser y Tiempo de Martin Heidegger, una, y la otra, clavada en la lectura de Apogeo y Caída de Bizancio, de Arthur T. Lewis. Otra amiga se pasaba horas en el bar Los Buenos Tiempos por si la señorita Cecilia, sorpresivamente, irrumpía en el local para hallarse con un hombre.

Los informes, fotos y chimentos, reunidos en la primera reunión de la task force orquestada por la señora Godis pecaban, quizá, de un exceso de realidad. Es decir, el deseo de que fuera cierto el presunto misterio que rodeaba a la señorita Cecilia, determinó que las “espías” vieran lo que no vieron jamás.

Fragmento del primer informe:

·         En la biblioteca, se vio al objetivo notablemente nervioso. Recibió dos llamadas telefónicas e hizo una. Desde nuestro puesto de observación –entre las páginas de Ser y Tiempo- después del llamado último lagrimeó sorpresivamente.

·         Entró a una lencería y salió con una bolsa de ropa interior Zach, para mujeres maduras sexies.

·         En el mercado compró berenjenas, papas y remolacha. Menos la papa, las berenjenas y la remolacha son verduras consideradas afrodisíacas.

·         No la vimos salir el lunes por la noche de la biblioteca. Tampoco estuvo en el bar Los Buenos Tiempos, porque estaba cerrado. Se esfumó.

Pasaron los días desde aquella cumbre de inteligencia de las amigas.

Otro detalle brilló como una gema en la mente de la señora Godis: la señorita Cecilia no era cristiana, lo cual –para la terca ignorancia de la señora Godis- ponía a la bibliotecaria en un escenario propenso a la lujuria, el desenfreno y la lascivia. Una atea no tiene moral y le es fácil caer en la indecencia o entre los brazos de cualquier hombre que se le cruce, pensó. Una prueba contundente era el cuarto secreto que se ocultaba en el edificio de la biblioteca, lugar donde se escondía un ¡condón! Era el escenario en el que danzaban los súcubos e íncubos.

Cierta tarde, la señora Godis y las amigas invitaron a tomar el té a la señorita Cecilia en los jardines del club social. La charla se iba desarrollando sin altibajos ni crisis, al paso de los dos pavos reales que merodeaban la mesa que ocupaban las amigas.

De pronto, la señora Godis dijo algo en voz muy baja, razón por la que no puedo apuntar hoy esas palabras aquí, y el mayordomo del club social pudo ver desde las escalinatas, como la señorita Cecilia se levantaba furiosa de su silla y se marchaba con paso vivo.

Cayó la noche. Una luna hepática y pesada se clavó entre unas nubecillas transparentes. La luz de la biblioteca se encendió, el farol oxidado parpadeó y se apagó, se había quemado la lamparita. Se vio caminar a la silueta de la señorita Cecilia en las dos ventanas de la biblioteca que dan a la calle. 

Fue entonces cuando la señora Godis, a pesar de que había un grupo de hombres fumando y bebiendo cerveza en la puerta de Los Buenos Tiempos, de una corrida subió la escalera y entró con extremo sigilo en la biblioteca.

No vio movimientos, ni a la bibliotecaria, de modo que siguió adentrándose por el pasillo, dejando atrás los estantes hasta llegar a la puerta disimulada.

La señora Godis se percató de un doble sonido: el cajón de la mesita de luz se abrió y se cerró. Luego escuchó un susurro o un gemido, no pudo precisarlo. Pegó su oreja a la puerta disimulada y escuchó el delicado siseo de un vestido cayendo al piso y desvistiendo un cuerpo. Una ola de murmullos fue creciendo. La señora Godis se puso rígida y abrió la puerta con fuerza.

La señorita Cecilia y Peto Elías, en ropa interior, se besaban apasionadamente.

A la señora Godis se le vació la mente y solo atinó a decir, absolutamente turbada.

-Hola, perdón, ¿hay alguien que atienda abajo, en el bar?

Peto Elías, apenas despegando sus labios de los labios de la señorita Cecilia, le dijo que sí, que había dos empleados atendiendo el bar. Y antes de volverse para renovar el beso con la señorita Cecilia, dijo:

-Por favor, señora, al irse cierre la puerta.