Jesús, Brochero y el fútbol
Un sacerdote con alma de muchacho de barrio nos revela una faceta desconocida en los ámbitos clericales: la del exjugador de fútbol que soñaba con jugar en Boca Juniors.

Capilla Jesús Pan de Vida (en el Barrio Vial). Los pibes hacen fútbol en un sector del predio hasta que la pelota sale picando hacia donde se encuentra el padre Daniel, observando. Perfila su cuerpo, y con un toque sutil de zurda la devuelve “redonda”. El apoyo correcto del pie, más la postura en movimiento, revelaba que había otra historia que ameritaba conocer.
El cura Daniel Benítez está siempre rodeado de los dispuestos a trabajar por quienes menos tienen: “Se necesita de gente que no solo vaya a rezar, también que ayude; hay que aprender de Jesús, que también fue un gran maestro, y la fe en él nos inspira”.

“Ya ordenado sacerdote pasé por distintos lugares del interior chaqueño (Plaza, Cote Lai, Charadai) y desde 2016 pertenezco a la diócesis de Resistencia. Me instalé en Villa Don Alberto y le propuse al obispo crear la parroquia “Cura Brochero” en la zona sur, desde las avenidas Alberdi y Malvinas hasta la ruta 11, abarcando las capillas Jesús Pan de Vida, San Francisco de Asís, 12 apóstoles, San José, Inmaculada, Natividad del Señor y Padre de la Misericordia”.
-¿Dónde arranca este fuerte idilio con el fútbol?
-Nací y me crie en Sáenz Peña; fui a la escuela 252, donde jugaba en un equipo llamado Los Cebollitas. En 1976 teníamos 12 años cuando salimos campeones zonales del torneo “Diario El Territorio”, siendo yo uno de los tres goleadores. Pablo Slovodiuck, un muchacho de entrega absoluta, nos preparaba en un inmenso baldío donde teníamos un gran equipo de chicos que jugaban muy bien, entre ellos Gustavo Pascotto, El “Tofa” Aguiar y Néstor “Piki” Patrón, amigos que aún conservo. Las finales de “El Territorio” fueron acá, en Resistencia, recuerdo que paramos en el Hindú Club, donde jugamos de noche, algo novedoso para nosotros. Con aquel equipo jugábamos torneos barriales, muchos de hacha y tiza, como se dice en la jerga. También tuve una juventud muy sana, donde hacíamos de todo un poco; deportes, estudios, amigos y bailes, hasta que en determinado momento aparece mi deseo de ser sacerdote.
-¿Cómo hace para complementar el fútbol con su vocación religiosa?
-Todo lo que sea deporte me atrapa, mi vocación inicial de niño-adolescente había sido ser jugador de fútbol profesional. Aquellos cebollitas que menciono pasamos a la tercera de Don Orione, pero después a mí me llevaron a Belgrano, donde con 16 años debuté en la primera jugando dos años (79/80). Jugué como delantero, por mi condición de zurdo atacaba por izquierda, una suerte de cuarto volante de entonces. Jugué junto a los más grosos de la época, cuando no era muy fácil llegar. Fueron los mejores años de Unión de Pampa Alegría, Sportivo y Aprendices. Siempre había querido probarme en Boca, me preparaba para eso y estaba convencido de que podía lograrlo, hasta que un día mis padres me sentaron para hablar seriamente del asunto. “Acá este tema no se toca nunca más... El fútbol no te dará de comer, así que elegí lo que vas a estudiar”. Por supuesto que era un pensamiento muy acorde con la época, por lo cual resultaba difícil convencerlos. No tuve otra alternativa que renunciar a mi sueño. Al fútbol de Liga dejé de practicarlo cuando decidí internarme como seminarista en San Isidro (Bs. As.), aunque en el seminario lo seguía jugando con amigos en los barrios, ya que el fútbol siempre fue mi vínculo con los demás. En 1986 me mandaron como novicio a Brasil; estando allá festejé el campeonato del mundo de Argentina envuelto en una bandera, solo y saltando en la caja de una vieja camioneta manejada por un brasileño amigo. Luego viví dos años en Italia, en una modesta casita donde se recibía a los primeros inmigrantes que huían de la guerra de la exYugoslavia.

Me tocó dar misa durante el mismo horario en que se jugaba un superclásico y me era difícil concentrarme, las bombas que se repetían, y yo sin saber el gol de quién era. Por suerte hoy, con la tecnología mi hermano, siempre atento a los clásicos, me lo hace saber por mensajes de texto. Cuando puedo me hago un tiempo para ver resúmenes de fútbol Internacional, pero Boca me puede demasiado, y cuando alguien es hincha en serio es imposible liberarse.
-¿En cuánto contribuyó la pandemia para alejar a la gente de las misas?
-En términos futbolísticos, diría que la pandemia nos mandó a la “D”, ya que la gente se acostumbró a presenciar misas por las redes, pero eso no es la Iglesia; la eucaristía es compartir con la presencia del otro, vendría a ser como el asado de los domingos que se comparte en familia. En nuestros barrios siempre habrá mucho por hacer, los chicos sumidos en adicciones deben ser ayudados. Con nuestro grupo de voluntarios decimos que “tomamos la vida como viene”. Agradezco al señor Mañós, que nos donó un terreno de 10 x 20 para construir la capilla San Francisco, donde funciona un Hogar de Cristo, un espacio hermoso que hemos ampliado y los chicos viven una dinámica de club. Los Hogares de Cristo son una manera de hacer Iglesia, y surgieron como respuesta al dolor de las madres de chicos que consumen “paco” y se morían en las calles de las villas en Bs. As. Hoy son más de 250, distribuidos por todas las provincias.
En el Barrio Vial funcionará el “Proyecto Pastoral de Adicciones Jesús Pan de Vida”, que está próxima a inaugurar. Su construcción fue posible gracias a la ayuda del Estado provincial, con su actual gestión, que valoramos, pero siempre será insuficiente. Necesitamos imperiosamente un colegio secundario para que los chicos no tengan que cruzar la avenida Malvinas. Contamos con el marco jurídico y legal, pero no tenemos para pagar a los profesores. Lo ideal sería el colegio dentro del ámbito parroquial.
El día que conoció a Luis Medero

Sabiendo lo que este cura sentía por todo lo que tuviera que ver con Boca Juniors, fue que en 2019 lo invité a una práctica de Chaco For Ever para que conociera al exdefensor xeneize Luis Medero, por entonces técnico del equipo. “A Luis le conté que estuve en la cancha aquella vez de su gol histórico contra Platense, cuando Marcelo Araujo (relator televisivo) dejó de transmitir luego de ver aquella obra fabulosa de gol”.
“Fui invitado por una bandita de muchachos que jugábamos siempre en la Villa y lo seguíamos a Boca. Luis, después de conocerlo, me visitó varias veces en la parroquia, donde hablamos todos los temas, y al día de hoy, cada tanto, nos comunicamos por mensajes. La promesa es que una vez que pase la pandemia podamos ir juntos a Casa Amarilla para compartir y sacarme unas fotos con aquellas glorias boquenses que hoy trabajan para el club. Creo que el vínculo sacerdote-jugador fue posible porque se sorprendió de o informado que yo estaba de su historia. Para mí, hablar de Boca es como hablar de religión”.










