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Sergio Schneider

Columnista

La única verdad

“Exijo, promuevo y pretendo un gobierno de diálogo, con humildad para saber escuchar e interpretar los problemas del otro desde el corazón y desde el afecto. Tratar bien a las personas, no enojarse, ser amables en toda circunstancia es parte de la calidad humana que necesitamos de cada funcionario”.

El párrafo pertenece a esa suerte de carta abierta que Jorge Capitanich difundió poco después de encontrarse, en las primarias del domingo 12, con una derrota contundente que los radares del Frente de Todos no vieron venir. Ese texto, que incluía otros reconocimientos interesantes, no resistió sin embargo la prueba en terreno apenas días después, cuando en Los Frentones un docente se encontró cara a cara con el gobernador y le planteó diversos cuestionamientos, básicamente el incumplimiento de compromisos salariales con los maestros y la falta de agua potable en esa zona. Un Capitanich tenso, casi desencajado, se olvidó de su intenso mea culpa y se enredó en una discusión cortante que fue filmada por algunas de las personas que observaban la escena. El video se viralizó y rebotó en todo el país.

De alguna manera, el episodio sintetiza una parte importante de las cuestiones que parecen haber aflorado en los comicios.

¿La única verdad?

El peronismo suele recitar una máxima de su creador como si se tratara de una sentencia que se agota en sí misma: “La única verdad es la realidad”. Pareciera, efectivamente, una frase sin fisuras, pero esconde una trampa: lo que no es único es la realidad. Hay tantas realidades como personas que la perciben. Una elección es centralmente eso: una manifestación, a través del voto, de las incontables percepciones que se dan en una sociedad sobre el presente colectivo y personal y las expectativas sobre el futuro. Las campañas proselitistas, finalmente, son una batalla de fuerzas y candidatos por dominar la percepción de las mayorías. Quienes gobiernan buscan hacernos creer que las cosas están bien o que lo estarán si les renovamos el crédito. Los sectores de oposición nos ponen en primer plano lo que está mal, e intentan inducirnos la idea de que sólo ellos son capaces de hallar la salida.

La discusión entre Capitanich y Mohamed Alí Acuña, el docente que lo sacó de eje en Frentones, fue un choque de realidades: la que observa el gobierno, la que vive un docente del interior del Chaco. Las estadísticas oficiales sobre recomposición de las remuneraciones estatales y sobre obras públicas versus las vivencias cotidianas de un trabajador. Apenas dos de las infinitas caras de lo que llamamos realidad. 

En el entorno del gobernador relativizaron la autenticidad del cruce, mencionando que Acuña es un docente de participación activa en las acciones sindicales de su sector, y el propio Capitanich, al hablar de lo sucedido, encuadró el asunto en “un ataque opositor a través de personas que esgrimen reivindicaciones”. El maestro, a su vez, en una entrevista que publicó el diario Perfil en su sitio web, contó que luego de la discusión que lo hizo famoso algunos alumnos le preguntaron “quién era ese señor” que los había visitado, y que él les respondió que era “el que nos tiró gas pimienta en la ruta (se refería a un piquete gremial realizado en febrero, desalojado por la policía), el que no cumplió con los aumentos de salarios”.

¿Fue una situación armada para sumarle un punto de desgaste más al gobernador? ¿O, más allá de la formación política y gremial de Acuña (a la que tiene derecho y no invalida su planteo), lo que quedó a la vista fue la dificultad de los gobernantes para “escuchar e interpretar los problemas del otro desde el corazón y desde el afecto”? 

Un mal trago

El fastidio de Capitanich por el revés en los comicios es entendible. Hasta sus adversarios le reconocen un despliegue monumental en la gestión, a la que le dedica no menos de dieciocho horas diarias. La lista de logros que enumera cada vez que se ocupa de defender el camino andado desde 2007 hasta aquí es extensa, e incluye avances en infraestructura que no pueden negarse. “¿Todo eso para este resultado?”, es probable que se diga a sí mismo.

Pero de nuevo aparece aquí la cuestión central: la ausencia de unicidad de la realidad. Esa única verdad de la que hablaba Perón no existe. Sólo un 35% de quienes votaron dos domingos atrás compartió la mirada del gobierno. Para el resto, evidentemente, pesaron más otros factores: el incremento de la pobreza; la pérdida constante de los ingresos familiares a manos de la inflación; la inseguridad; el incremento progresivo y desmesurado de la planta de empleados públicos en estos catorce años; el ajuste progresivo al que vienen sometiéndose los cuentapropistas; trabajadores y empresarios del sector privado frente a un Estado siempre inmune a la austeridad; los errores, privilegios e incoherencias en el manejo de la pandemia. En el fondo, el agotamiento de un modelo económico basado en teorías mágicas que se quedó sin conejos en la galera.

Recalculando

Los resultados causaron una sorpresa que -valga la redundancia- debería sorprendernos. Con la situación social y económica, ¿era tan alocado pensar en este derrumbe del oficialismo a nivel nacional y provincial? Esa sorpresa probablemente hable más de las burbujas en que flotan los funcionarios y los medios –y de la inutilidad de las encuestas- que de una presunta imprevisibilidad de la ciudadanía.

Como sea, los comicios fueron una patada en el hormiguero. A nivel nacional, Alberto Fernández habló en la noche misma del naufragio con desconcierto pero prudencia. “Algo habremos hecho mal”, esbozó. Pero el kirchnerismo, con Cristina Fernández al timón, abrió los sarcófagos para –en nombre de darle al gobierno un mayor “músculo político”- reciclar figuras de altísima mala imagen, como Aníbal Fernández, que en la semana que pasó dijo que en realidad el FdT no perdió ninguna elección porque los comicios eran sólo el apilamiento de diferentes internas partidarias. Y Mario Ishii, en un acto, aplaudido por el presidente y parte de su gabinete, dijo que la culpa del mal ánimo social es de la prensa. Es decir que habrá que esperar para una verdadera autocrítica peronista. Todavía no apareció la de la derrota de Italo Luder en el ’83, así que no hay que apurarse en aguardar la de este septiembre.

Mientras tanto, el oficialismo sale a reparar su barco al precio que sea, que seguramente será alto. Todas las medidas de estos días para “poner plata en los bolsillos” se sostienen exclusivamente con más emisión monetaria, por lo que los supuestos beneficios son pan para hoy y más inflación (y con ella, más pobreza) para mañana.

A nivel local, Capitanich se encuentra con el desafío más duro desde 2007. Tiene en contra el descalabro nacional, el escaso tiempo que lo separa del próximo test y el desgaste inevitable de tanta permanencia en lo más alto del poder provincial. Siente, de todos modos, que hay segmentos electorales y piezas de la estructura justicialista que estuvieron desactivados hace dos semanas pero que sumarán a su favor en noviembre. Lo confirma la caudalosa circulación de audios de dirigentes y punteros que hablan con rabia de “ninguneos” de los funcionarios y de candidaturas muy poco representativas, a la par que revelaban una suerte de protesta de brazos caídos en la jornada comicial. 

El bajo nivel de asistencia a las urnas en la provincia (60%) es un dato que también aviva las famélicas esperanzas del PJ. Por eso también la presión de “Coqui” sobre los intendentes. “Es otro dato que marca el cambio de tiempos: antes el que les sumaba a los intendentes era él, ahora es él quien les pide que traccionen”, analizaba ayer uno de los postulantes peronistas de las PASO. Posiblemente la mejor hoja de ruta de Capitanich sea aquel texto que echó a rodar con la derrota todavía fresca, pero habrá que ver si es capaz de conciliar las palabras con los hechos y con los gestos. Todo con el inconveniente adicional, nada menor, de que buena parte del drama ciudadano escapa a sus márgenes de decisión.

La oposición, en tanto, se relame. La versión local de Juntos por el Cambio ganó la provincia con una brecha de casi siete puntos porcentuales (nueve en el rubro diputaciones nacionales) sin necesidad de candidaturas rutilantes, sin un gran presupuesto, sin renovación real y sin propuestas. Sólo eslóganes previsibles y sonrisas. Y si repite en noviembre, tendrá el plus de tener casi resuelta la candidatura a la gobernación de 2023.  Si eso sucede, deberá construir mucho más que lo que mostró hasta aquí. Los votos que nacen de la frustración son siempre prestados y volátiles. Y quienes los colocan en las urnas llevan muchas cosas encima, pero poca, poquísima paciencia.

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