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La construcción diaria de gobernabilidad

Los actores centrales del sistema político argentino tienen que dialogar más, porque no hay democracia sin diálogo, y el diálogo significa bajar los decibeles. Palabras más, palabras menos, eso es lo que recomendó el expresidente de Uruguay, José Mujica, para hacer frente a la crisis que sacudió al gobierno nacional tras la derrota en las urnas. El consejo no debe caer en saco roto.

Días atrás, en esta misma columna, se señalaba que la Argentina es un país donde los hechos inesperados son tan frecuentes que no sería raro que en los próximos meses aparezca alguna que otra sorpresa. Pero no hizo falta esperar mucho tiempo para que la escalada del conflicto político que mueve los cimientos del frente oficialista aportara una nueva cuota de incertidumbre en la vida del ciudadano de a pie, el mismo que todos dicen representar. Llama la atención que dirigentes con mucha trayectoria de la coalición gobernante no hayan logrado, todavía, encontrar una vía de diálogo razonable para evitar males mucho más graves que irán más allá de una circunstancial derrota electoral y que, seguramente, tendrán un costo mayor para el conjunto de la sociedad.

Una cosa debe quedar claro: las reglas de juego de la democracia ofrecen a quienes están en función ejecutiva la posibilidad de rectificar o ratificar rumbos. “Lo único que quiero es terminar mi mandato con menos pobreza y más trabajo para todos”, dijo el presidente de la Nación tras conocerse los resultados de las elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias (PASO) del domingo pasado que, hay que decirlo, se llevaron a cabo sin incidentes y con absoluta normalidad. Muchos argentinos que hoy peinan canas recuerdan que en los primeros comicios celebrados con el regreso de la democracia en 1983, reinaba la sensación de que en esas elecciones el país se jugaba a todo o nada. Era frecuente ver en algunos circuitos electorales una tensión creciente entre fiscales de distintos partidos y autoridades de mesa. Hoy, afortunadamente, eso ya no ocurre. Los militantes de una fuerza política (y también la ciudadanía en general) saben que si hoy se pierde una elección hay que ponerse a trabajar para ganar la próxima y que el mundo no se acaba por más duro que sea el revés electoral, como ocurre en todos los países con democracias estables. Esto no quiere decir que la lucha por el poder no genere tensiones, sino que existe un entramado cultural e institucional, aceptado y compartido, que actúa como válvula de escape para los conflictos más serios.

El docente de política internacional en la universidad de Externado (Colombia), Rodolfo Colalongo, y su colega, Santiago Mariani, docente de ciencia política en la universidad del Pacífico (Perú), escribieron esta semana un interesante artículo publicado en un sitio especializado en economía en el que aseguran que, a pesar del conflicto que vive el gobierno nacional, la democracia argentina goza de buena salud. “El considerable nivel de desarrollo político de la Argentina convive en paralelo con un creciente subdesarrollo económico”, señalan, para observar luego que “Argentina arrastra, como lo han explicado diversos estudios, el problema de un empate histórico entre modelos económicos en pugna que ninguna de las partes que se disputa el poder y se alterna en el gobierno logra finalmente imponer. Esa indefinición en el rumbo nacional que genera un movimiento pendular permanente en las reglas de juego económicas no ha sido un condicionante para que su sociedad pueda ir reconstruyendo y fortaleciendo, desde 1983, reglas de juego democrático. Esas dos variables se distancian desde entonces para dar forma a un caso incógnito de extraña convivencia entre desarrollo políticoinstitucional y subdesarrollo macroeconómico”.

Vale la pena detenerse un poco en lo que apuntan Colalongo y Mariani cuando observan que el caso de Argentina “desmiente muchas simplificaciones que desde algunos sectores se ensayan con algo de liviandad: Venezuela o Cuba están muy lejos como modelo en una democracia en la que la alternancia y la aceptación de la derrota en las urnas forman parte central del juego”. En ese caso, quienes hoy no se ponen de acuerdo en el gobierno nacional deberían seguir el consejo del expresidente uruguayo, es decir, sentarse a dialogar para encontrar una salida consensuada y más o menos sensata al conflicto para aportar así a la difícil pero necesaria construcción diaria de gobernabilidad.

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