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La persistencia del descontento

Los resultados de las elecciones PASO del domingo pasado son apenas el fotograma de una larga película que comenzó mucho antes de la pandemia. En una sociedad acostumbrada al corto plazo es más difícil ver más allá de las coyunturas y por eso mismo hay cierta dificultad para entender el prolongado descontento de un importante sector de la población que vive y respira por fuera de los núcleos duros donde se apoyan el oficialismo y la oposición.

Los datos que arrojaron las urnas son más que claros: Juntos por el Cambio se impuso con gran comodidad en la mayoría de los distritos del país. Dicho de otro modo, el oficialismo perdió en 18 de las 24 provincias. Pero los que celebran hoy el resultado electoral a su favor sufrieron la desilusión de los comicios presidenciales de 2019, y viceversa, los que hoy cargan con la derrota hace apenas dos años atrás se subían al carro ganador para saborear un triunfo con sabor a revancha después de la caída electoral de 2015.

“Algo no habremos hecho bien para que la gente no nos acompañe”, dijo el presidente de la Nación, Alberto Fernández al reconocer el duro revés electoral que sufrió el Frente de Todos, incluso en distritos como La Pampa y el Chaco. Por estas latitudes, el gobernador Capitanich tomó nota del duro resultado de las urnas para el oficialismo local y dijo que los gobernantes y candidatos de su espacio político deben “tener un oído muy atento, escuchar este mensaje del pueblo y la ciudadanía”. Pero, ¿cuál fue el mensaje de las urnas? ¿Fue el mismo que la oposición que ahora festeja debió escuchar antes de las presidenciales de 2019, cuando cumplía el rol de oficialismo?

Una derrota electoral tiene múltiples causas. Pero a juzgar por ese zigzagueo que muestra a la hora de votar una importante porción del electorado (ciudadanos a los que algunos analistas, en un intento por explicar el complejo fenómeno de la toma de decisiones, prefieren etiquetar como “independientes”) es evidente que persiste un sentimiento de disgusto o insatisfacción con los gobiernos de gestión nacional de turno que viene desde hace varios años y que, con fluctuaciones, abarca al menos tres mandatos presidenciales: el actual de Alberto Fernández, el que lo precedió de Mauricio Macri y el segundo período de Cristina Fernández de Kirchner. La clave está, entonces, en desentrañar las causas ese descontento que atraviesa varias capas de la sociedad.

Debe admitirse que antes de la irrupción de la pandemia, a comienzos de 2020, el país ya llevaba dos años consecutivos de recesión con una crisis de deuda como telón de fondo. La emergencia sanitaria que desató el coronavirus fue por cierto un duro golpe que restó capacidad de maniobra a las gestiones nacionales, provinciales y municipales. Y hoy, a la luz de los resultados del domingo, todo indica que no alcanzaron las medidas adoptadas para atenuar el impacto.

De nuevo, la misma pregunta: ¿qué origina el descontento en esa porción del electorado que cambia su voto de un partido a otro? Una de las explicaciones posibles se puede encontrar en las serias dificultades que tiene el país para mantener cierta estabilidad de las variables más importantes de su economía a largo plazo. En ese sentido, un informe del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC), titulado “Exportar para crecer” brinda algunas pistas.

“Desde que se dio origen a un nuevo régimen internacional a mediados de la década de 1940, la economía argentina logró crecer por más de cinco años consecutivos solo en dos períodos: entre 1964 y 1974, y entre 2003 y 2008. Desde entonces, el país atravesó 16 episodios recesivos que suman un total de 25 años de contracción de la actividad: hubo una recesión cada tres años. Argentina es, junto con la República del Congo, el país que ha experimentado la mayor cantidad de años en recesión desde 1960”, observa el trabajo del CIPPEC.

Con tantos ciclos recesivos, que atravesaron gobiernos con distintas orientaciones políticas, para cualquier ciudadano de a pie se hace muy difícil proyectar su vida. Constructores, albañiles, comerciantes, industriales, cuentapropistas, plomeros, docentes, agricultores, empleados estatales, profesionales independientes y una larga lista de individuos con las más diversas ocupaciones, que no necesariamente están en la parte más alta de la pirámide socioeconómica, sufren el mismo problema que es la falta de reglas predecibles y confiables, junto a un crecimiento fallido que barre con millones de sueños e impide hacer planes a futuro.

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