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Sergio Schneider

Columnista

Responsabilidades y comodidades

Cuando se concreten los comicios de noviembre de este año, los argentinos habremos asistido a un total de cuarenta convocatorias electorales generales desde el final de la última dictadura militar. Una cifra que se muliplica si consideramos citas con las urnas en ocasión de pujas provinciales y municipales desdobladas, elecciones de constituyentes y plebiscitos. 

Es una secuencia ininterrumpida inédita en la historia de nuestro país. Desde el primer golpe de Estado, en 1930 (la caída de Hipólito Yrigoyen), y quitando del inventario los comicios contaminados de la “década infame” que siguió a aquel hecho, el período constitucional continuado más extenso fue el de los nueve años de Juan Domingo Perón como presidente elegido por el voto popular (un primer mandato completo, iniciado en 1946, y el segundo tronchado por la dictadura de 1955). 

Lo de después marca la magnitud de la tragedia institucional argentina: tres años de gobierno civil entre 1958 y 1962 (con el peronismo proscripto y el radical Arturo Frondizi como presidente derrocado de turno), otros tres entre 1963 y 1966 (Arturo Illia derribado con apenas medio mandato cumplido) y tres más entre 1973 y 1976 (el regreso de Perón al poder, su muerte, la asunción de Isabel hasta el golpe de Videla, Massera y Agosti). 

Es decir que de los 53 años transcurridos entre 1930 y 1983, apenas en doce hubo gobiernos surgidos de comicios libres y transparentes, sin fraudes ni candidatos o fuerzas políticas prohibidos. Lo que tenemos hoy la oportunidad de vivir más que triplica lo ocurrido en aquel medio siglo de historia.

Comparación triste

Es lógico, con ese panorama, que siempre se hable de la juventud de nuestra democracia a la hora de hablar de sus imperfecciones y de sus asignaturas pendientes. Sin embargo, el dato de su edad sería un justificativo más aceptable si notásemos que el transcurso del tiempo la vuelve más madura y eficaz. En vez de eso, la comparación del cuadro social de 1983 contra los de este 2021 es notoriamente desfavorable.

No sólo ha ocurrido que la pobreza se volvió un problema más grave, sino que además se trata de una pobreza peor, en gran parte más cruda e irremontable. Pero hasta la misma acción política se degradó. El idealismo y el entusiasmo del retorno al Estado de Derecho fueron reemplazados por la militancia profesional –el punterismo- y un doble discurso colectivo, donde se habla de que “la Patria es el otro” mientras se lo desprecia tan pronto se descubre que ese otro no piensa como uno. Esa incapacidad para la tolerancia es central en el fracaso de nuestra vida democrática. 

Se podría hablar de diferentes grados de responsabilidad, y seguramente que los hay. Primero y al frente, los que nos han gobernado, siempre repitiendo la misma fórmula: atribuir todo lo malo a los que estuvieron antes, todo lo bueno a los propios méritos y todo lo pendiente a factores externos inmanejables.

¿Y la oposición?

Pero aunque quien gobierna tiene una capacidad de influencia sobre el contexto indiscutiblemente mayor que quien está fuera del poder administrador, la oposición, como parte del sistema, no puede desligarse de responsabilidades que le son propias y que también inciden en los resultados finales.

Aquella magnífica definición de Ricardo Balbín en los ‘70 (“el que gana gobierna, el que pierde ayuda”) prácticamente nunca se hizo carne en nuestra dirigencia, en un doble sentido: ni el que resulta derrotado en las elecciones colabora ni el que triunfa tiene interés en ser ayudado. 

Si revisamos la labor de las oposiciones tanto a nivel nacional como en el Chaco, vemos que ellas también suelen preferir la confortabilidad de la victimización antes que una búsqueda verdadera del acuerdo. A veces porque el oficialismo de turno actúa sin generosidad ni apertura, otras simplemente porque en el chip del opositor argentino no cabe la grandeza. El manual nacional indica que la tendencia al entendimiento se confunde fácilmente con traición y la buena predisposición con debilidad.

Quedaron lejos los tiempos –los ’80- en que en el Chaco gobernaba el peronismo pero la UCR ocupaba cargos en la segunda línea de organismos y entes del Estado. O cuando vimos a Antonio Cafiero en el balcón de la Casa Rosada, junto a Raúl Alfonsín, marcando claramente su apoyo a la continuidad del gobierno frente al levantamiento militar carapintada, en aquella Semana Santa inolvidable. 

En contraste, más recientemente, la militancia peronista se regodeaba de los fracasos de Mauricio Macri con carteles en los que se veían dibujos de helicópteros, como si recrear un colapso como el que se llevó puesto a Fernando de la Rúa en 2001 se pudiera tomar tan livianamente. Y ahora mismo un sector de Juntos por el Cambio quiere convertir en juicio político la fiesta de cumpleaños de la pareja de Alberto Fernández, un episodio torpe e indignante pero que sería una locura castigar con nada menos que la destitución de un presidente.

Lo que hay, en el fondo, es una falta de consciencia sobre las condiciones en que se halla el país. Tanto en los que defienden la festichola de Olivos como en quienes quieren que derive en la decapitación de Fernández.  No es una actitud general, pero las excepciones de lucidez y compromiso real que se ven y se escuchan son escasas. Ni siquiera a la hora de ofrecerse como alternativa de recambio en 2023. Sobran los eslóganes, los golpes de efecto, las chicanas y las frases pensadas para las redes, pero faltan ideas creíbles relacionadas con cómo cortar esta decadencia progresiva de la que nadie se hace cargo, ni los que están ni los que estuvieron.

Para colmo, desde hace décadas los dos grandes partidos se resisten tenazmente a salirse de lo que sus audiencias quieren escuchar, y prometen lo que no pueden cumplir porque las soluciones de las que hablan no sirven para solucionar nada y porque aluden a problemas que no son los verdaderos problemas. 

Estamos como estamos por quienes nos gobiernan y nos han gobernado, pero también por quienes estando abajo se conforman con esperar los goles en contra del adversario. El aburrido espectáculo de ver cómo nuestros principales referentes se turnan para juntar algunas piezas del rompecabezas o encender el ventilador.

¿Será que ocurre porque unos y otros, al fin de cuentas, habitan un mundo muy distinto al de la gente común, que debe tomar un préstamo para pagar su boleta de luz y saca a crédito las zapatillas para que los chicos puedan ir al colegio?¿O seremos nosotros los que no sabemos identificar y premiar a los distintos, a quienes de verdad participan de la actividad política porque aspiran a transformar el destino de todos, y siempre nos subimos a los mismos trenes?

Afortunadamente, la historia es un camino que siempre tiene por delante alguna curva sorprendente. Ojalá en ese tramo del viaje estemos lo suficientemente atentos. Mientras tanto, no desaprovechemos ninguna ocasión de bajar la ventanilla para que el viento nos dé en la cara.