Resistencia31°Min. 21° • Max. 31°
1978, la Revolución de Saur

Un sueño congelado por la Guerra Fría

En estos días en que el Talibán se apresta a reemplazar con su propio yugo la opresión militarista de la Otan en Afganistán, viene al caso recordar la Revolución de la Primavera, en abril del año 1978.

86-Afg-foto7.jpg
Ronald Reagan reunido en la Casa Blanca con Mohammed Yunus Khalis, entonces dirigente de los muyahidín, luego mentor teológico-ideológico de los Talibán. “Estos muyahidín tienen en sus entrañas el espíritu de los padres fundadores de EEUU”, dijo el presidente estadounidense.

El progreso social que este movimiento político representó para Afganistán fue rápidamente amenazado por la intervención estadounidense, que entrenó y armó a las fuerzas más reaccionarias del país para intentar el derrocamiento del gobierno, primero; y para combatir la invasión de la URSS, después. 

La intervención de EEUU, en parte por intermedio de la monarquía saudita, financió y equipó a los sectores más retrógrados de Afganistán y a sus tropas yihadistas para terminar con el régimen revolucionario. Antes de que este cayera, en 1979, la desaparecida URSS decidió, en contra de la voluntad de su propio gobierno “amigo” en Kabul, invadir el país para liquidar lo que veía como una amenaza directa en su propia frontera (hoy Turkmenistán, Uzbekistán y Tayikistán), la de los rebeldes islamistas armados por potencias extranjeras. Pero, ¿en qué circunstancias se había producido la Revolución de Saur, y qué había hecho para merecer tales atenciones de las dos potencias más importantes del momento? 

86-Afg-foto5.jpg
La Revolución de Saur tuvo la primera mujer ministra de Afganistán, Anahita Ratebzad, responsable de la creación de cientos de escuelas públicas y de la mayor campaña de alfabetización de la historia del país.

Antes de abril

En 1919, después de tres guerras contra el ejército imperial británico, Afganistán obtuvo su independencia. Hasta 1973 el país fue gobernado por varios regímenes monárquicos que en más de una ocasión intentaron reformas liberales y aperturas  pro-occidentales; pero el nefasto recuerdo del protectorado británico y la persistencia de la miseria y la injusticia predisponían a la población al rechazo de tales “progresos”. 

Así fue que ese año Mohammed Daud Khan, que hasta entonces había ocupado varios importantes cargos en el gobierno y era partidario de las reformas de la monarquía, dirigió un golpe de Estado que derrocó a su primo, el rey Mohammed Zahir Shah. Su programa de gobierno, autoritario en lo político y liberal en lo económico, se sintetizaba en la declaración que dio al hacerse cargo del gobierno: “Me siento muy feliz cuando puedo encender mis cigarrillos estadounidenses con cerillas soviéticas”. Fundó un partido que se proclamaba nacionalista y contó al principio con el apoyo del Partido Democrático Popular (PDP, comunista). Pero cuando a mediados de abril de 1978 mandó a matar en prisión al dirigente comunista Mir Akbar Kaibar, estalló una protesta popular. 

De nada sirvió que Daud Khan encarcelara a Mohammad Taraki y Babrak Karmal, máximos dirigentes del PDP.  En la noche del 27 de abril (mes de Saur, primavera en Afganistán) unidades del ejército irrumpieron en el palacio de Kabul, y con apoyo de la fuerza aérea vencieron la resistencia de la guardia presidencial, un cuerpo de elite. Daud fue ejecutado junto a los principales miembros de la familia real y enterrado en un sitio indeterminado. Tres décadas después, en 2008, su cuerpo fue hallado por las autoridades estadounidenses tras meses de excavaciones en una base militar cerca de Kabul y recibió un funeral de Estado.

86-Afg-foto6.jpg
Las mujeres formaron en gran número en el ejército afgano que combatía a los muyahidín financiados por occidente. Cuando estos las capturaban, eran especialmente crueles con ellas.

Profundas reformas

Los oficiales del ejército afgano que tomaron el poder el 27 de abril de 1978 atacaron frontalmente las tradiciones feudales, las estructuras tribales, el poder religioso y la influencia occidental. El decreto número 6, de los diez emitidos el 28 de abril, canceló deudas, préstamos, hipotecas y rentas adeudadas a usureros y terratenientes, eximiendo expresamente a “todas las personas sin tierra que trabajan para un terrateniente como campesinos o jornaleros”.

Era apenas una gota en el océano de la desigualdad y la pobreza, con una tasa de analfabetismo superior al 95%. Otros decretos ordenaban la construcción de miles de escuelas y la contratación de cientos de miles de maestros, convocando a los afganos en el exterior para proveer a esta demanda. Adicionalmente, ordenaba la enseñanza (por primera vez) de lenguas nativas: en cinco años pasaron un millón de habitantes por los programas de alfabetización, se triplicaron los medios impresos y se duplicaron las emisoras de radio y tv.

El decreto número 7 establecía la política sanitaria: una masiva construcción de infraestructuras aumentó en el mismo lapso casi 100% las camas hospitalarias y 50% la dotación de médicos. Otro asunto central fue la reforma agraria, que entregó los mayores latifundios a los campesinos, complementando la eliminación de deudas ancestrales ya condonadas por decreto. El Estado se obligaba a proveer semillas y tecnología a los campesinos, y a crear y financiar cooperativas.

El decreto número 10 establecía la igualdad jurídica entre hombre y mujer, la abolición del matrimonio infantil, establecía una Ley de Divorcio y el derecho de la mujer a no usar velo y legalizaba el trabajo femenino. Decretos posteriores prohibieron el cultivo opio. También se legalizaron los sindicatos, se estableció un salario mínimo obligatorio, un impuesto a la renta progresivo, y se redujo el precio de alimentos de primera necesidad.

Todas estas decisiones no fueron gratuitas: los terratenientes, el clero islámico y los comerciantes ligados al comercio exterior reaccionaron rápidamente. Los propietarios y el clero formaron milicias fundamentalistas que atacaron las escuelas y hospitales. En junio de 1978, en Nuristán, al noreste de Kabul, disturbios sangrientos, con asesinatos y degüello de maestros, médicos, funcionarios del gobierno y militantes comunistas, mostraban la disposición de los beneficiarios del antiguo régimen.

Un dato notable para la época fue que el gobierno afgano, que supuestamente debía contar con el patrocinio de la URSS, solo había sido reconocido por el Sha de Irán, la India y el Reino Unido. En cambio, la dictadura militar de Pakistán, y Jimmy Carter desde el gobierno de EEUU, atacaron desde el principio a la Revolución de Saur. El 3 de julio de 1978 Carter emitió una “orden ejecutiva” (decreto) para financiar el armamento de las tropas fundamentalistas que combatían al gobierno del presidente Muhammad Taraki. La principal oposición al régimen progresista afgano era el fundamentalismo islámico, apoyado por Occidente y sus aliados, principalmente Arabia Saudita.

86-Afg-foto8.jpg
Derrocado el gobierno de Saur, los muyahidín implantaron la ley islámica y restablecieron la pena de muerte por ahorcamiento en plaza pública, que había sido suprimida en 1973.

Espiral de violencia

En marzo de 1979, en Herat, a unos 700 km al oeste de Kabul, los islamistas violaron y decapitaron a comunistas, funcionarios y maestras. EEUU condenó la posterior “represión” del gobierno afgano contra los fundamentalistas. El gobierno de los EEUU consideró la situación propicia para terminar con la época de no intervención iniciada por el secretario de Estado Henry Kissinger (tras la derrota en Vietnam), y por medio de la llamada Operación Ciclón comenzó a formar insurgentes y emitir propaganda sobre Afganistán desde Pakistán. El consejero de Seguridad Nacional Zbigniew Brzezinski, ordenó la ayuda incondicional de la CIA a los mujahidines (rebeldes islamistas) en julio de 1979, iniciando una operación que buscaba provocar la intervención soviética en el conflicto.

El gobierno afgano tomó una decisión tan trágica como sanguinaria: entre diciembre de 1978  y noviembre de 1979 ejecutó a 27.000 presos políticos en la prisión de Pul Charkhi, cerca de Kabul. La mayoría de las víctimas fueron mulás y jefes de aldea que se oponían a los decretos del gobierno para secularizar el campo afgano, dominado por los religiosos. Esos masivos fusilamientos alarmaron incluso a los soviéticos.

Así fue que las tropas rusas entraron en Afganistán, dieciocho meses después de la revolución, el 29 de diciembre de 1979, a pesar de la oposición de los dos presidentes del Afganistán revolucionario, Nur Taraki y Hafizullah Amin, profundamente reacios a la intervención del régimen soviético. Taraki había sido asesinado al principio de la revolución, crimen adjudicado a la KGB y a facciones pro-moscovitas del PDP, que también asesinaron Hafizullah Amin en la víspera de la invasión rusa. 

Zia ul Haq, el dictador militar de Pakistán, al mismo tiempo que fomentaba las organizaciones del islamismo fundamentalista (propagandizados en occidente como “freedom fighters”, “luchadores por la libertad”), las redes de tráfico de drogas, y el contrabando de armas, un anticipo de lo que hoy se conoce como el Talibán, acogía los destacamentos estadounidenses que potenciarían todas esas fuerzas.

Tras una fallida década de incursión militar, las tropas soviéticas se retiraron derrotadas en 1988. Todo pronosticaba la inminente caída del gobierno de Saur, que sin embargo sobrevivió cuatro años más, apoyado en los restos de sus reformas políticas y sociales. 

En 1992 los “luchadores por la libertad” (“freedom fighters”) patrocinados financiados por EEUU tomaron el poder y liquidaron de inmediato las libertades establecidas por la “dictadura comunista”. Pusieron fin a la igualdad jurídica entre hombres y mujeres, implantaron la sharia (ley islámica), decretaron el uso obligatorio del velo para las mujeres y restablecieron la pena de muerte por ahorcamiento en plaza pública, suprimida en 1973. En 1994, tras dos años de guerra interna, los Talibán se harían con la dirección del movimiento.

86-Afg-foto9.jpg
Otro de los males de la ocupación estadounidense (con la OTAN) deja a Afganistán es un aumento exponencial de la producción de opio.

De aquellos polvos, estos lodos

La revolución y la contrarrevolución en Afganistán han puesto en evidencia a largo de cuatro décadas el absurdo de la “Línea Durand”, trazada artificialmente por los británicos en 1893 para diseccionar la nación de los pashtunes, y el hecho de que Afganistán y Pakistán están profundamente conectados por estructuras sociales, económicas y religiosas (culturales). 

Las intervenciones extranjeras que terminaron con aquel gobierno de progreso verificaron reiteradamente, a lo largo de 40 años, su inviabilidad. Gastaron cientos de miles de millones de dólares en armamento, dejaron miles de muertos de su propia tropa y cientos de miles de afganos. No solo cargaron más y más sufrimientos sobre el castigado pueblo de Afganistán, ni siquiera fueron capaces de conseguir un control estable del territorio. 

La Revolución de Saur, a pesar de sus profundas limitaciones, finalmente derrotada por sus enemigos locales y (amigos) extranjeros-- puso hace cuatro décadas sobre la mesa el principio de una salida posible al atraso económico y religioso-cultural: justicia económica y social, y educación para todos los afganos.

Te puede interesar