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Te esperaré en Venecia 

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Qué hubiera sido de nuestras vidas si Lilia Vértiz hubiera regresado de su viaje. Ya es imposible saberlo, lo que jamás sucedió es inverificable. Es historia muerta. Sin embargo, esas historias abortadas suelen ser las más dulces y perfectas que uno evoca desde la piedra más solitaria de las pérdidas.

De este puerto partió, hace ya once años, cumpliendo con esa locura que tenía de viajar a Europa en barco, cosa que finalmente consiguió al embarcarse en un carguero italiano que regresaba a Nápoles.

Allí nomás, cerca de la grúa de la Italo Container, el barco se despegó del muelle bufando mientras Lilia me gritaba desde cubierta que me esperaba en Venecia en la próxima primavera europea, la misma frase con la que me despidió la noche anterior, cuando la dejé en su casa, y también la misma que me susurró al oído tras darme un beso tan largo como húmedo antes de trepar la planchada con su pequeña maleta bordó.

Dejé el muelle sin esperar a que desapareciera el barco en la línea del horizonte. Eran las diez de la mañana. Dos horas después estaba borracho, fumando y tratando de escribir en mi departamento. Así es, los primeros tiempos fueron difíciles.

A partir de su llegada a Nápoles y su viaje a Roma, donde alquiló un cuarto en un pequeño hotel, Lilia era toda una rotativa produciendo mails y noticias deslumbrantes. Jamás me contó en detalle la travesía en el carguero y yo di por sentado que esos días habían transcurrido flotando en el tedio de alta mar. 

Ante la imposibilidad de escribir mi novela, decidí regresar al periodismo antes de que la depresión me desplomase. Volví a El Litoraleño y me encargaron que me ocupara de la sección policiales.

Cuatro meses después de su partida, los mails de Lilia parecían escritos por otra persona, por otra mujer o por alguien que se hacía pasar por una mujer. En una de mis respuestas, le comenté mi sensación: “¿Quién te ha adulterado?”. Pasaron unos veinte días sin recibir mail alguno. Mi cuota diaria de alcohol había crecido lo bastante como para oler a whisky todo el día. Amaba a Lilia y su maldito silencio había acrecentado mi pasión. Tenía fotos de ella en la redacción, en mi dormitorio, pegadas con imán en la heladera y sueltas en los bolsillos de mis dos sacos. Una locura. Hasta que un día, era un jueves especialmente fresco, llegó el que sería su último mail. 

Con tipografía en mayúsculas, podía leerse una sola frase:

“TE ESPERARÉ EN MILÁN, AMOR MÍO. EN PRIMAVERA, CLARO.”

Y nada más. Ni una palabra de despedida cariñosa, ni siquiera lo había firmado. Esos cambios tan notorios me alarmaron, el más extraño era el cambio de Venecia por Milán. Venecia tenía un sentido muy valioso para nuestra incipiente pareja. No necesité demasiado tiempo para sospechar que Lilia estaba en problemas. Ansioso, empecé a hacer planes para viajar a Europa y ubicarla. Pero, mis ahorros prácticamente no existían. Y el mundo cayó sobre mí con el peso de la Gran Muralla China.

Perdí definitivamente el contacto. Pasó más de un año y todo fue un infierno. Me despidieron del diario, empecé a ir a Alcohólicos Anónimos (sumando cuatro recaídas en seis meses), abandoné la idea de volver a escribir, vendí la computadora y debí mudarme a un miserable cuarto de pensión. Para entrar a internet y abrir el páramo de mi Gmail tuve que recurrir a un cibercafé maloliente y poblado de tipos que se pasaban horas viendo páginas porno. 

Un principio de cirrosis me alojó en un pabellón del Hospital Central. Mi decadencia ya era una obra de arte de la autodestrucción. Me dieron el alta a los tres meses, había bajado catorce kilos y echado a perder la poca esperanza que me quedaba.

Solano, un amigo de la infancia, me asiló en su enorme caserón de ingeniero exitoso. Se había divorciado, no había tenido hijos, y a los treinta y siete años se había largado a “livin la vida loca”, como decía parafraseando a Ricky Martin. Yo me había convertido en una sombra que se paseaba como un sufriente Hamlet por las habitaciones de la casona. Volví a la lectura. Solano poseía una buena biblioteca de libros de autores consagrados, todos encuadernados en azul y letras doradas. Di, entonces, con la novela “Muerte en Venecia” de Thomas Mann. Y me sumergí en sus páginas con apasionamiento, como si en ellas fuera posible hallar a Lilia.

Leía con buscada lentitud, no deseaba que la novela finalizara. Mis horas empezaron a transcurrir en el Grand Hotel des Bains del Lido en el que se aloja el protagonista, el escritor Gustav Von Aschenbach. La verdad, la historia me angustiaba hasta la congoja pero no podía detenerme. El amor de ese pobre tipo por ese adolescente andrógino por momentos me repugnaba, pero en otros entendía sus padecimientos. El amor es un potente veneno, lo demostraba Mann en su novela.

Casi al final, cuando Gustav Von Aschenbach se debate en su febril dolencia, me quedé dormido, sentado en el sillón, con el libro abierto sobre el pecho.

Y soñé que estaba en la playa del Grand Hotel, bajo el sol de Venecia, distendido en una chaise longue, abanicándome con un periódico bajo una sombrilla azul y blanca, viendo cómo correteaba por el borde de la arena el pequeño Guido perseguido por su mamá, mi amada Lilia Vértiz.

Pasó frente a mi sombrilla un camarero del Grand Hotel y lo llamé. Y le dije:

-¿Perdón, en qué estación estamos, digo, es el verano?

-No, signore, aún estamos en primavera.

Me desperté como si un trueno hubiera azotado la madrugada. Me senté en la cama agitado. Salí del cuarto y me asomé a uno de los grandes ventanales de la sala. Unos hilos de niebla se enredaban en las ramas de los árboles y las farolas metálicas. Apenas se distinguían algunas estrellas. Fue entonces que vi las luces del auto avanzando desde el portón de entrada hacia la casona. Agucé la vista.

El auto negro y brillante se detuvo, se apagó el motor, y bajó Lilia. Quedé sin respiración. Levantó la mirada y sonrió dulcemente. Su boca articuló una frase que no escuché, pero sí pude leerla en sus labios:

-Siempre te esperaré en Venecia, en primavera.

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