Para ver esta nota en internet ingrese a: https://www.diarionorte.com/a/208319
Sergio Schneider

Columnista

El desafío mayor

Desde hace tiempo el gobierno provincial comenzó a vivir la relación con los movimientos sociales como un problema por resolver.

Más allá de la alianza explícita o tácita que tiene con muchos de ellos, la percepción oficial es que lo que esas organizaciones suman en términos electorales y políticos lo restan en mayor cantidad cuando una amplia franja social les factura a las autoridades la tolerancia total al cotidiano corte de calles y el sostenimiento indefinido de miles de vidas sabáticas pertenecientes a personas jóvenes y sanas que deberían estar procurándose su propio sustento.

Las agrupaciones piqueteras nacieron como respuesta legítima a una circunstancia histórica (el pico de desempleo de los ’90 por las políticas de Menem-Cavallo) y acabaron convertidas en estructuras permanentes que -en los casos más distorsionados- son conducidas por dirigentes que viven realidades diamestralmente opuestas a las de sus seguidores, replicando una deformación que ya estaba instalada en una rama anterior del mismo árbol genealógico: los sindicatos.

No obstante, y como en todo, caer en generalizaciones es acertar en algunos casos e incurrir en diversos grados de error en el resto. Porque así como hay agrupaciones híper personalistas en las que los integrantes tienen una injerencia nula en las decisiones y deben encolumnarse de un modo totalmente acrítico a las líneas que baja el líder para conservar los beneficios de pertenecer al movimiento, los hay otros -quizá los menos- que favorecen la discusión interna y una construcción horizontal del espacio, además de compartir los mismos niveles de vida de sus compañeros.

NUEVOS ACTORES

Aquí y en toda la Argentina, los movimientos sociales desafiaron a los gobernantes a encontrar una manera de eficaz de relacionarse con actores hasta allí desconocidos, que con sus agrupaciones llegaban para reemplazar un rol que tradicionalmente habían ocupado los gremios.

Tras la eclosión de diciembre de 2001 y una sucesión de presidencias interinas que duraron lo mismo que una vuelta a la manzana, Eduardo Duhalde se dio cuenta de que era mejor tener a los más pobres organizados y al mando de referentes con los cuales negociar, antes que verlos desparramados por millones en las calles guiados por una desesperación ciega.

Fue el momento en que el Estado nacional multiplicó a niveles sin precedentes la ayuda social. La principal herramienta fue el Plan Jefes de Hogar, que otorgaba una asistencia mensual de 150 pesos a las familias sin ingresos formales (sí, la cifra hoy suena a chiste).

El Chaco, con su sempiterno liderazgo en materia de pobreza, fue uno de los distritos con mayor cantidad de beneficios en relación con su número de habitantes. Cobraron el PJH unos 110.000 chaqueños. El equivalente a la tercera parte de su población económica activa.

Los almanaques pasaron, llegó el boom de la soja y el ingreso de divisas permitió una primavera económica que, cuando se agotó, nos encontró con los problemas de siempre: escaso poder exportador, niveles de gasto público inconsistentes con los ingresos, inflación creciente. Y pobreza por encima del 20 por ciento. La ayuda social no se redujo sino que se diversificó en una multiplicidad casi indescriptible de programas.

Hoy las organizaciones piqueteras superan en número a lo que un ciudadano común podría imaginar. En parte porque la crisis y la pérdida real de ingresos familiares aprietan cada vez más, en parte porque en contextos de malaria siempre será tentador imitar cualquier emprendimiento que permita mejorar las codiciones de vida propias sin demandar una inversión inicial importante.

Pasó con los remises tres décadas atrás, también con los cibercafés. Y sucedió con los movimientos sociales. En la provincia son más de 600. Algunos tienen apenas un puñado de integrantes, otros cotizan mejor porque pueden poner dos mil personas en las calles con solo un chasqueo de dedos.

Muchos de los más nuevos fueron fundados por hijos y sobrinos de los líderes conocidos. Como si la otrora envidiable movilidad social argentina hubiese quedado reducida al sueño de la agrupación piquetera propia.

COSTOS Y BENEFICIOS

Lo que no estaba en los planes de las gestiones peronistas fue el nivel de desgaste que esa relación acabaría generando en el electorado independiente, ese que a veces vota por el PJ y a veces vota otra opción.

La tolerancia oficial para los piquetes que trastornan el día de miles de personas y la difusión de todo lo que logran con esas prácticas, acabó hartando a un segmento que siente que le tocó el papel más ingrato de la obra de teatro: pagar cargas impositivas irracionales en sus salarios, en sus compras de productos de consumo básico, en sus emprendimientos particulares, solo para sostener a un Estado gigantesco que funciona mal y mantiene en paralelo a una casta de avivados gerentes de la pobreza.

Es verdad que allí también hay una generalización injusta. Porque junto con el dirigente que aprovechó su posición para resolver su propia realidad económica y la de sus descendientes, hay también referentes que cada día trabajan a pulmón para sostener merenderos y comedores en los que el hambre está muy lejos de ser una metáfora.

“Es muchísimo más difícil organizar una cooperativa de doscientos cartoneros que negociar una lista electoral, ocupar un cargo, sacarse fotitos pelotudas o ir a la tele a repetir las boludeces que te enseñó un coach”, escribió hace poco, en sus redes sociales, Juan Grabois.

Su planteo es válido. Habla de un aspecto del trabajo de las organizaciones del que se visibiliza poco, pero que es real y existe. Sin embargo, es el Estado el primero en mezclar a buenos y malos, a auténticos y truchos, a dirigentes que realmente sueñan con ver a su gente viviendo mejor y a aquellos que en realidad esperan que nunca dejen de estar en la lona para -a través de ellos- seguir cambiando el modelo de camioneta.

UN GRAN DESAFÍO

Jorge Capitanich buscó en su tercer mandato un cambio. El gobernador primero ensayó con el nombramiento del sargento de policía Gustavo Olivello al frente de una subsecretaría que iba a estar a cargo de abordar las manifestaciones callejeras cuando estas se produjeran para abrir una negociación con ellas o desalojarlas de la vía pública.

Al cabo de dos o tres represiones comandadas por Olivello, las organizaciones triunfaron en su pedido de que fuese quitado del gabinete. Fue una señal que, como era de esperar, fortaleció a los movimientos.

Aunque sigue fastidiado con la rutinaria ocupación piquetera de la zona céntrica, ahora Capitanich apuesta a una salida por la positiva: convertir los planes sociales en trabajo de verdad. Su meta es ambiciosa: espera que de aquí a diciembre de 2023 hayan dejado la asistencia estatal para tener empleo propio unas 50.000 personas.

La idea no podría ser rechazada por nadie, pero la gran duda es si podrá conseguirlo. Implicaría concretar una generación de empleo equivalente a más del 60% de todo el empleo privado que tiene el Chaco actualmente.

No es además, para nada, un momento de la economía en el que espontáneamente pueda esperarse semejante inserción en el mercado laboral. Y si lo fuera, habría que ver aún cuántos beneficiarios de planes sociales están hoy capacitados para conseguir y conservar un trabajo formal como el de cualquiera.
Probablemente por esas razones, el proyecto oficial apunta a que el trasvasamiento se dé mediante la puesta en marcha de emprendimientos centrados en el tratamiento de residuos sólidos urbanos, la producción textil, la creación de una red de cuidadores de personas, la producción de alimentos, el apuntalamiento de ladrillerías familiares, la participación en obras públicas menores.

De momento, todo es demasiado embrionario como para evaluar su viabilidad. Por eso, es posible que lo más rescatable de la idea sea el concepto que lleva detrás: las personas deben vivir de su trabajo, no hay otro modo de comenzar a salir de la pobreza como destino nacional. Todo lo demás es una distorsión. Una de esas que, para colmo, genera en más de uno la tentación de que nada cambie.