Recursos naturales y biodiversidad; pobreza y miseria en el Chacú, vida del hachero
Paraíso terrenal para mis hermanos los indios, refugio de libertad y obstáculo para la servidumbre los bosques, ríos, pantanos: una fortaleza y almacén de alimentos.

Teatro de la miseria para los españoles, donde abundan las fieras, las serpientes, con suelos inundados o secos, impenetrables por su vegetación y alimañas. La región del Chacú significa el conjunto de animales muertos en la caza y colocados en un mismo lugar, también refugio y asilo de muchas naciones indias. Al Chacú-Chaco lo define la pluralidad: el nombre se extendió para identificar a la “juntada” de familias para comer (no coto de caza, como se enseña). La reproducción artística más exacta de los animales para la caza está el mural del Centro Cultural Leopoldo Marechal, en Pellegrini 272, obra de Targuet, el mocoví Francisco Ferrer y otros artistas (Targuet, árbol de madera dura, carandá o espinillo).
Estamos en la Región Chaqueña del Gran Chaco Americano, el territorio que alberga la mayor masa boscosa biodiversa de Sudamérica después de la Amazonia. Social y culturalmente habitada por pueblos indios y criollos, hoy desplazados por el desmonte. También lugar donde la principal causa de degradación del ecosistema es la deforestación con fines agrícolas, le dicen elegantemente “cambio del uso del suelo” para minimizar su destrucción.
El suelo donde crecieron durante siglos el quebracho o “quiebrahacha” blanco o colorado, porque si no los corta un hachero experto se quiebra en pedazos el hacha por su dureza igual al hierro. El quebracho colorado es de color amarillo pálido cuando está cubierto por su corteza, pero cuando se derriba, enrojece por la abundante resina que fluye color purpura. Este árbol formó parte de los 13.115.200 de ejemplares que cortaron los ingleses. Se continúa cortando.
Ese monte espeso se va destruyendo a pasos acelerados por un desarrollo que sólo persigue el lucro para unos pocos. Selectivamente, el quebracho y el algarrobo son los más depredados, pero la deforestación sin control se llevó y se lleva aguaribay, aguay blanco, aguay guazú, ambay, azaticú, casita, catiguá colorado y blanco, cedro, ceibo, chañar, cinacina, curupay, espina corona, espinillo blanco, espinillo ñandubay, guabiyú, guayacán, guayaibí blanco o negro, ibirácamby, ibirá-niná, ibirá-pipé, ibirá pitá guazú, ibirá pitá hú.
También incienso, inga dulce, ubajay amargo, ivahehé, ivapohy, ivaporú, lapacho amarillo blanco y rojo, laurel amarillo o negro, aliso, manduviná, molle blanco, mora, ñanga pirí, ñapindá, naranjo dulce, palma colorada, palo blanco, palo borracho, palo lanza, palo santo, petiribí negro, picazú rembiú, pindó, sangre de drago, sauce colorado y llorón, tala, tatané, tembetary guazú, timbó blanco y colorado, tocorotay, urunday, jacarandá, yuá, yuquerí buzú y hú, yatita. Indistintamente plantas curtientes, frutales, medicinales y tintóreas.

La vida del hachero
Sé por mi papá (que fue hachero del quebracho, conservo su hacha) del Chaco y sus obreros, década de 1930. Me contaba, entre otras cosas, de la comida, “Guisos guachos y galleta forestal, que había que romperla con el cabo del cuchillo para partirla. Dormíamos como podíamos por el calor, los mosquitos y las víboras, en un camastro hecho en cuatro horquetas clavadas en el suelo con palos atravesados y algunas calchas encima para proteger las costillas. El agua era traída por el contratista del vagón tanque más cercano, y colocada en tachos había que dejarla para que asiente el herrumbre; a veces era mejor la de la cañada”.
El camino o picada para entrar en la selva donde funcionaba el obraje era hecho por el arrastre de los rollizos, donde resonaban los gritos y golpes de hacha. Cuando los rayos del sol rasaban las copas de los árboles los hombres salían de las casillas de madera, de los ranchos de barro y paja, otros de los benditos, una simple enramada que cubrían los pozos que sirvieron de refugio durante la noche, construcción aprendida de los indios.
No era fácil andar por el monte. Salían al amanecer para el obraje con el hacha al hombro, sorteando hierbas y arbustos, todo era impenetrable. Ya delante del árbol se colocaban uno frente al otro a cada lado del tronco.
Revoleaban el hacha sobre sus cabezas y la bajaban con la violencia que le daban sus fuerzas sobre el lugar del tronco elegido, el que a veces medía más de 2 metros de espesor, uno por vez haciendo un corte en V. Así, repetidas veces, cadenciosamente, y con gritos acompañando al golpe del hacha, hasta que árbol cayera. Una fatiga infinita se iba apoderando fatalmente de todos sus miembros, principalmente brazos y piernas, que les causaba un embotamiento haciéndolos insensibles al ambiente selvático.

De este hachero dijeron las falsas comisiones investigadoras, siempre agrodiputados: “Los peones de los obrajes, debido a las leyes selváticas y sus costumbres en ese ambiente, habituados desde la infancia a esa ruda labor y a privaciones, son hijos del rigor, de modo que sobrellevan sus pesadas tareas como si hubieran nacido para ese sistema de vida”. No sólo incurrían en inexactitud científica, también mentían.
Los hacheros fueron hombres que sobrevivieron a una infancia ahogada por la miseria. Eran fuertes y rudos, pero enfrentaban un trabajo duro y cruel en la selva. En el lugar de su tarea sólo se podía transitar a golpe de hacha y machete. Comenzaba con el día y se prolongaba toda la jornada entre una nube de mosquitos, tábanos, jejenes, moscas, viuditas, garrapatas y polvorines, bajo un sol que calcinaba los cuerpos entre el vaho húmedo y hediondo de pantanos y cañadas.
Un trabajo de días interminables, donde mujeres, hombres y niños agotaban su mirada y escucha para evitar el salto de una yarará, como jugar con la muerte a cada rato. Pero el veneno de las víboras no era solo su mal; también la lepra, el paludismo, la sífilis, la tuberculosis, o la savia del quebracho, que les provocaba úlceras muy dolorosas. Sin embargo, los agrodiputados sostenían que ciertas anomalías de orden moral y físico de los hacheros no eran aplicables a los obreros de La Forestal, obedecían a la forma de ser e idiosincrasia de ellos mismos.
Para referirse a la tuberculosis de sus pulmones decían que la causa era que el criollo no tenía hábitos de alimentación racional, era carnívoro en exceso. No tenían idea del ambiente donde trabajaban, acompañados de su familia, el que no se caracterizaba por despensas y verdulerías. Los médicos de la época, algunos de apellidos ilustres que han sido dueños de sanatorios en esta capital, acaecida la muerte de un obrero la certificaban como “accidente”.
Sólo después de repetidos informes médicos del ejército para la aptitud física de los aspirantes al servicio militar obligatorio, que los declaraban “inútil todo servicio” atribuida a la escasa y mala alimentación que tuvieron en su niñez, exceso de trabajo y mala vida desde los 10 a los 20 años, recién cambiaron los diagnósticos de la causa de la muerte de obreros. (Fuente: Rafael Virasoro, “Vida y milagro de nuestro pueblo”).
Una anécdota personal, de la década del ´60, cuando siendo joven trabajaba en una dependencia pública de salud. Una mañana entró uno de esos profesionales de The Forestal, y vaya a saber con qué cara lo miré, que sin bajar la vista, con soberbia, me dijo: “Correte, negro de m…, que voy a pasar”. Pidió que me echaran. Dios lo tenga en su gloria.
*Abogado, especialista en evaluaciones ambientales, escritor e historiador del Chaco y sus ancestros.










