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El terrorista sirio

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Desprendió los botones de su largo impermeable, sacudió sus cabellos mojados, y de un manotazo sacó a relucir un Remington 700 con mira telescópica, desatando el griterío de las dos empleadas de la inmobiliaria. Una se desvaneció, y el hombre armado le ordenó a la otra que la auxiliara sin chistar. 

De una puerta lateral emergió el gerente, un sesentón de camisa blanca y corbata roja, que no hizo más que levantar los brazos acompañando el gesto con una serie de palabras gangosas ininteligibles.

-¡Tranquilos! Si se quedan tranquilitos no les va a pasar nada -dijo el tipo del impermeable. 

Karina se prometió que recordaría esa voz afónica para describirle el asaltante a la policía, si sobrevivía.

Era de mañana y lloviznaba sobre la ciudad. La oficina ocupaba parte del cuarto piso del edificio Columbia y descansaba sus vistas sobre una pequeña plaza seca. Desde sus ventanas podía verse, al otro lado, el grandilocuente edificio blanco de los tribunales. Era lunes, el tráfico era esporádico, la gente –al parecer- no terminaba de regresar del fin semana largo. 

El forastero era alto y canoso, de piel aceitunada, de barba candado y de ojos negros sitiados por ojeras. Sin dejar de apuntar, preguntó si había algún otro empleado en la oficina. A Karina le sorprendió el acento del individuo.

-¿Usted es árabe? –preguntó el gerente, en un hilo de audacia.

-Soy sirio -replicó, y dirigiéndose a Karina le dijo que le diera un vaso de agua a su compañera, que no terminaba de recuperarse del susto.

-Aquí no hay ningún judío –tartamudeó Karina, llegándose hasta el garrafón con una taza blanca.

El sirio abrió una sonrisa blanca y pareja, meneó la cabeza y miró su arma para luego fijar sus ojos en el reloj de pared.

-Nadie busca judíos –masculló el sirio, buscando el ventanal que daba al frente. El hombre se acercó sigilosamente, corrió la media ventana de vidrio y se apoyó en el alfeizar con la boca del fusil apuntando al cielo. La llovizna salpicaba el arma. Miró su reloj pulsera. Siempre de espaldas, dijo, sereno: ya casi es la hora.

-¡Usted va a cometer un atentado! -dijo el gerente, saliendo del sopor del miedo, asomándose a un resto de valentía.

El sirio le pidió silencio con el índice apoyado en la boca y regresó su vista a la calle. El tráfico pasaba adormecido.

Cerrando los ojos, el sirio pareció plañir una oración al cielo. Y dijo que los caminos de Alá lo habían llevado hasta allí, y que por la gracia de Alá serían testigos del advenimiento.

El gerente trató de ordenar una pregunta y tropezó sin gracia con sus propias palabras.

-¿Qué es eso? –dijo Karina, imaginando a Yasser Arafat entrando entre ráfagas a la oficina. Segundos después recordó que el palestino hacía años que estaba muerto. Temblaba como un conejito.

-Que el advenimiento se produzca en otro lado -pareció exigir el gerente, sobrepuesto, alimentado por un inenarrable pánico.

-¡Que nadie respire! –ordenó el sirio, y empezó a apuntar hacia las escalinatas del palacio de Justicia.

El gerente, haciendo gárgaras con su voz, rogó que no los mate.

-Matar no es bueno en ninguna religión -susurró el gerente.

Karina rompió en llanto y se abrazó al gerente. La estrechó en sus brazos y pensó que era justo recibir un poco de ternura antes de morir.

Un hombre alto, acompañado por una mujer, salieron de la gran puerta central. La llovizna había cesado.

La empleada, que acababa de recobrarse, parpadeante, se asomó a la ventana. El sirio la apartó de un codazo. ¡Quieta!, le chistó, y empezó a armar la posición de tiro.

-Ese desgraciado es el juez Ojeda –dijo el sirio arrastrando el rencor como una piedra- y la mujer es Zaida, mi mujer. Son amantes… ¡es insoportable! –gritó, mirando en derredor- ¡Esto tiene que acabar!

Detonaron dos balazos seguidos. El gerente cayó de rodillas y pudo ver de cerca cómo caía chorreando sangre el desquiciado hombre.

Al pie del edificio se fue formando un grupo de curiosos que miraban hacia arriba, hacia la ventana donde Karina gritaba que no quería que la maten.

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