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El legado de César Milstein

En estos tiempos de pandemia, muchas de las conversaciones cotidianas abordan temas relacionados con el sistema inmune y la producción de anticuerpos. Algunos de los polemistas más osados se atreven, incluso, a explicar con lujo de detalles cómo el cuerpo humano se protege frente a las enfermedades infecciosas causadas por virus como el Sars Cov 2, que hoy tiene en vilo al mundo. Sin embargo, en la mayoría de las charlas se omite mencionar a César Milstein, el científico argentino nacido en Bahía Blanca que recibió el Premio Nobel de Medicina en 1984 por sus trabajos sobre inmunología y anticuerpos monoclonales.

Milstein nació en la ciudad de Bahía Blanca en 1927 y en 1952 se graduó como doctor en Química en la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires. Ocho años más tarde, en 1960, viajó al Reino Unido con una beca otorgada por la prestigiosa Universidad de Cambridge. Allí tomó contacto con los trabajos que se llevaban adelante en el Laboratorio de Biología Molecular junto con el dos veces galardonado con el Nobel bioquímico molecular británico Frederick Sanger. Con todos esos antecedentes, en 1961 fue convocado para ponerse al frente del Departamento de Biología Molecular del Instituto Nacional de Microbiología Carlos Malbrán. Pero al año siguiente, el golpe cívico militar que derrocó a Arturo Frondizi volvió a instaurar prácticas propias de quienes promovieron siempre la ruptura del orden constitucional en la Argentina: persecuciones, desconfianza hacia el sistema científico nacional, y cesantías en organismos públicos. El resultado: Milstein se vio obligado a dejar el cargo en el que había sido designado y a salir del país.

Radicado en Inglaterra, volvió a trabajar en Cambridge, esta vez junto al científico alemán George Köhler. El esfuerzo y la tenacidad de ambos abrió las puertas a un hallazgo que cambiaría la historia de la medicina moderna: los anticuerpos monoclonales, en los que se basan prácticamente todos los diagnósticos que se utilizan en la actualidad en todo el mundo. Por ese descubrimiento, Milstein y su colega alemán recibieron el Premio Nobel de Medicina en 1984.

En este 2021, jaqueado por la pandemia, se cumplen 60 años del regreso de Milstein a la Argentina para ponerse al frente del Departamento de Biología Molecular del Instituto Nacional de Microbiología Carlos Malbrán. Por ese motivo, en nuestro país se declaró oficialmente 2021 como el año de homenaje a este premio Nobel de Medicina. Es probable que esta efeméride haya pasado desapercibida para muchos argentinos. Por eso es necesario rescatar la figura de este gran investigador. Es importante valorar el legado que dejó a las generaciones de investigadores que lo sucedieron en su labor. Es ese legado que revolucionó la inmunología, esta rama de las ciencias médicas que hoy desempeña un papel clave en el diagnóstico, el tratamiento y la prevención del Covid-19.

“Las epidemias ya no son fuerzas incontrolables. La ciencia las ha convertido en un desafío manejable”, dijo el historiador israelí Yuval Noah Harari en un artículo publicado en febrero pasado por el Financial Times. La pandemia demostró, entre otras cosas, que el trabajo de la comunidad científica es demasiado importante para dejarlo librado al azar. Por eso es necesario que en la Argentina se apoye a quienes realizan investigaciones de calidad. Afortunadamente, el sistema científico nacional tiene valiosos recursos humanos.

Basta citar como ejemplo a la científica argentina que lideró el equipo que desarrolló los primeros test serológicos nacionales para para Covid-19 aprobados por la Anmat y que fue distinguida en Estados Unidos por sus contribuciones a los estudios de los virus a nivel molecular. Se trata de Andrea Gamarnik, investigadora del Conicet en el Instituto Leloir, ahora incorporada como integrante de la Academia Estadounidense de las Artes y las Ciencias.

El mejor homenaje que se puede rendir hoy a Milstein y a sus colegas de todo el país es generando conciencia sobre la necesidad de apostar a la formación de científicos y técnicos, como lo hacen Israel, Corea del Sur, Japón, Finlandia, Austria, Suecia, Suiza, Dinamarca, Alemania, Rusia y Estados Unidos, que son las naciones que entendieron que el apoyo a la ciencia debe ser una verdadera política de Estado.

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