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Aledo Luis Meloni

Siempre, el poeta del Chaco

Nació en Bolívar, provincia de Buenos Aires, en una estación que se llamaba María Lucila, un 1º de agosto, día de la “Caña con Ruda”, como para emparentarse con el Chaco.

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Lo  bautizaron recién a los cuatro años, porque aquellos pagos eran tan pobres que ni cura tenían. A Don Aledo aprendí a conocerlo en el barrio, a metros del Colegio Don Bosco, donde residió sus últimos años. 

Sus hijos, “el Kitty” y “el Loco” (como lo llamábamos cariñosamente) eran nuestros compañeros de andanzas y de aquellos míticos partidos de fútbol en la canchita Gialdroni. En aquel entonces no teníamos idea de la altura poética de este gran maestro de la literatura. Lo empezamos a conocer con el tiempo, y en la madurez de nuestras vidas lo encontramos en sus cuentos, poesías y coplas. Creo, sin temor a equivocarme, que fue el poeta por excelencia del Chaco, el sello de nuestro pueblo chico.

En 1937 lo nombraron maestro nacional y le preguntaron adónde quería que lo destinaran. “Donde caiga”, respondió…. y cayó en el Chaco. Comenzó en una escuela rural del departamento 12 de Octubre (en ese entonces llamado Campo del Cielo), a 17 km de General Pinedo; un año más tarde lo pusieron al frente de una escuela rural que él mismo inauguró, a 5 km de allí, en Colonia San Antonio.

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   Contaba Vidal Mario que Aledo, cuando recibió el 24 de mayo del 2006 el título de Doctor Honoris Causa de la Universidad Nacional del Nordeste (UNNE), subió al estrado con su timidez a cuestas y su aire de bondadoso patriarca y abuelo bonachón. El cerrado aplauso de la multitud que se congregó en el Aula Magna de la UNNE avaló la entrega —por parte del rector, arquitecto Oscar Vicente Valdez— de la última distinción que tal vez le faltaba cosechar en el campo de las letras.

No faltó nadie de los que debían y querían estar, incluidas altas autoridades políticas de Chaco y de Corrientes, y de la Academia Argentina de Letras. Habló durante algunos minutos sobre el arte de la poesía, para terminar asegurando, con su típica humildad, que lo que se le entregaba era “una distinción inmerecida”. Creo, sin temor a equivocarme, que esta anécdota lo pinta de cuerpo entero.

Aledo era así, un ser sencillo, humilde, campechano, y lo incomodaban los homenajes. Tan es así que cuando cumplió más de 100 años fui a visitarlo a su casa y me decía: “Roly, yo ya no quiero más homenajes, es suficiente con todo lo que me dieron y me parece mucho. Fijate, en 1982 el gobierno de Italia me confirió el título de Caballero al Mérito. En 1992, la Academia Argentina de Letras me designó miembro correspondiente. En 1994, la Sociedad Argentina de Escritores (SADE) me entregó una medalla de oro en un acto en Buenos Aires. Una biblioteca de Resistencia lleva mi nombre. Le pusieron mi nombre a un certamen literario que cada año realiza la Subsecretaría de Cultura del Chaco. Al complejo cultural y deportivo de General Pinedo también le han puesto mi nombre”.

Cosas que tiene el destino, el 3 de julio de 1937 lo llamó el secretario del Consejo Nacional de Educación y le dijo: “Usted ha sido nombrado maestro nacional. Va a ir al Territorio Nacional del Chaco”. Le preguntó si conocía el Chaco, y contestó que no. “Lo vamos a mandar a un lugar muy lindo que se llama Campo del Cielo”.

En 1956 nombraron a su amigo Guido Miranda interventor en la Inspección de Escuelas Nacionales seccional Resistencia. Fue a visitarlo y le dijo que lo necesitaba como secretario suyo; se negó rotundamente. “¿Qué voy a ir a hacer allá? Soy maestro de campo. No sirvo para otra cosa”, le dijo. Pareció que todo había quedado allí. Pero un día recibió un telegrama: lo trasladaban a Resistencia como secretario técnico de la Inspectoría de Escuelas Nacionales. No tuvo más remedio que juntar sus calchas y rumbear para la capital. El 14 de abril de 1956, con un miedo pánico, empezó su nueva vida laboral.

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   Don Aledo se autodefine como maestro rural, no poeta. Según dice: “Intento serlo, pero no lo consigo. Lo único que hago es robarles de vez en cuando un poco de fuego poético a los dioses. Antes les robaba más seguido y por mi corazón todavía joven fluían las coplas y poemas. Tanto, que un día escribí: ´Por amor y por costumbre / llevo una copla conmigo: primero en el corazón / después en el bolsillo”. A pesar de sus humildes palabras, todos los chaqueños sabemos que es uno de los máximos exponentes de la poesía del Chaco, sino el máximo.

Contaba Don Aledo: “Cuando vine al Chaco, el paisaje cambió mi vida; el trabajo de la gente, el monte, la sequía... Esta aventura vital me ayudó a escribir. En el año ’40 leí la poesía de Antonio Machado, que fue la que me enseñó a escribir. Porque la poesía no la enseñan los textos, los textos enseñan las normas de cómo se escribe un verso. La poesía la enseñan los poetas, a través de sus obras. Machado, con esa poesía escueta, sin muchos adornos, me mostró cuál debía ser mi camino. Deseché todo lo que había escrito antes de venir acá y no me arrepentí”.

Don Aledo es el poeta por excelencia del Chaco, el sello de nuestro pueblo chico.

Gracias por todo lo que nos dio a los chaqueños.

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