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Nury Bendersky

columnista

Emociones: cuando la farmacia sos vos

Muchas veces escuchamos que ante una enfermedad, el 70% de la cura está en la buena actitud que le pongamos, entonces, ¿podrá decirse que para prevenir cualquier patología, un anticuerpo natural basta con impregnarnos de buenas predisposiciones o “buena onda”? Estas llamadas “emociones positivas” pueden ser nuestras salvadoras y por lo contrario, las negativas pueden destruir de a poco nuestro cuerpo.

Es sabido que cuerpo y emoción están estrechamente relacionados. Cuando sentimos estrés parece que el pecho nos oprime, la alegría en cambio nos hace sentir ligeros, casi como si volásemos, el miedo nos revuelve el estómago.

Las emociones se experimentan en el cuerpo, e identificar esos mecanismos en nosotros suele ser un camino útil para comenzar a conectar con nuestras emociones.

 “Las emociones negativas son la llave que abre la puerta de par en par para que las enfermedades se instalen porque nuestro sistema inmunológico se deprime, y de esa manera quedamos mucho más permeables a la instalación de cualquier enfermedad”, escribe el médico uruguayo Walter Dresel.

Esta conclusión ya podría ser parte del vademécum de nuestra rutina. Sin embrago no es tan simple, requiere de una postura reiterada en nosotros mismos que nos haga poner en práctica el estrecho vínculo del físico y sus emociones y no caer en el intento.

 Un adolescente cuando su personalidad no le permite demostrar alguna angustia y disfraza ese desánimo emocional negativo en extroversiones, seguramente a la semana caerá en una cama con fiebre o dolencia particular. De todos modos, lo más probable es que ese adolescente no identifica la vinculación entre cuerpo y emoción.

Sin poder escapar del reloj, al ser adultos le prestamos más atención al cuidado de nuestro cuerpo y aun así, estando tirados en la cama, con alguna “típica gripe de verano”, “alergia”, etc., nos cuesta entender que este padecimiento se vincula con algún fracaso afectivo, o situaciones negativas que afectan nuestro ánimo. En varias situaciones me vi yendo al médico luego de atravesar alguna preocupación o un momento de estrés.

De manera contraria, cuando vivimos situaciones de placer, de desestrés y/o de felicidad, nuestro cuerpo se oxigena, libera hormonas del buen humor, y en consecuencia las defensas de nuestro sistema inmune se ven enriquecidas y el cuerpo lo  agradece.

“Actitud, abuela, actitud”

Es la frase que le repite una nieta a su abuela cada vez que la ve declinar en su estado de ánimo. “Basta que comience a hablar de los millones de problemas que atraviesan las personas de su entorno, nietos, hijos, vecino…que seguro le baja la presión, le sube el azúcar, o se tropieza y se cae. Es matemático, ella comienza con frases que la desmotivan emocionalmente y se le desequilibra su salud”, relata esta nieta en el living de su departamento con su abuela queriendo dar alguna explicación.

 “El cuerpo es sabio y es el único que no permite desvincular su materia de su esencia”, explica Dresel durante una entrevista con la agencia DPA en Buenos Aires, y continúa: “Como cuerpo emocional y cuerpo físico están íntimamente entrelazados entre sí, hay que cuidar ambos. Estamos hoy en un mundo en el que nos volcamos casi en un 100 por ciento al control de las emociones pero nos olvidamos de que esas emociones están íntimamente ligadas a un cuerpo físico que funciona y que está vulnerable frente a virus, bacterias, tumores, todo tipo de enfermedades que normalmente aparecen‘, advierte el médico.

El profesional que además es el cardiólogo y fundador del Centro de Liderazgo y Administración de la Vida Humana propone que el primer paso para comenzar a cuidar esta relación cuerpo emocional/cuerpo físico es no sólo conocernos a nosotros mismos, nuestros antecedentes familiares, ante inclinación hacia alguna enfermedad específica, sino también hacerle frente a las nuevas patologías, que como un estado de “nuevas tendencias de moda”, renacen y conquistan víctimas débiles, con el ánimo por el suelo.

La enfermedad del siglo XXI: el estrés

Cada vez que nos enojamos, cada vez que nos hacemos mala sangre, cada vez que gritamos, cada vez que discutimos, se produce una serie de cambios internos, una descarga muy importante de adrenalina que aumenta la presión arterial, aumentan los latidos cardíacos y aumenta el ácido clorhídrico en el estómago.

Si uno multiplica ese episodio por la cantidad de veces que sucede en el día, en la semana, en el mes y durante años, uno puede llegar a entender cómo el ser humano enferma tan prematuramente.

 Es tal el cansancio que afronta el cuerpo en un estado como este, que nuestras defensas decaen y dan una perfecta bienvenida a cualquier enfermedad.

La mejor herramienta para disminuir el estrés es “modificar la actitud frente a los factores que lo generan”, explica Dresel.

“Hay que cambiar la actitud porque en la actitud va la vida. Si no cambiamos la actitud, ese estrés permanente va a terminar enfermándonos porque nuestro organismo es muy complaciente en muchos aspectos pero llega un momento en que claudica, enferma y muere”, alerta.

En su investigación resumidamente asegura que los problemas emocionales de los seres humanos se repiten sin importar el país, el nivel socioeconómico o de formación.

 “No son trastornos mentales, son los problemas con la pareja, con los hijos, con los amigos, con el entorno laboral, con el acoso, con la manipulación, con todo ese tipo de cosas que en las sociedades occidentales existen en gran medida”.

Entonces el ejercicio será tomarnos diez minutos, focalizar la causante de nuestra emoción negativa y transformarla.

 ¿Cómo? Yendo más allá de nuestro ombligo, mirar desde afuera y volver a preguntarnos ¿Qué no está bien en mí?, ¿Qué podría modificar?, ¿A quién podría sorprender con una visita, un regalo, una acaricia? Este simple ejercicio permite profundizar el autoconocimiento y recuperar el control de la vida, la confianza y el respeto por uno mismo.

Emoción y cuerpo, ¿quién orden a quién?

Fueron varios los estudios que se hicieron a partir de una pregunta. Si las emociones modifican nuestro cuerpo, podemos entonces darle órdenes a nuestro cuerpo para revertir emociones y emitirlas al exterior.

Las investigaciones más recientes de la psicóloga social Amy Cuddy sobre lenguaje no verbal revelan que podemos cambiar nuestra propia química simplemente cambiando nuestra postura corporal.

A través de su famosa Charla TEDGlobal, Cuddy ha contribuido a divulgar el papel de la postura en el estado de ánimo. Considera que cualquier persona debería hacer algo antes de acudir a una entrevista, impartir una conferencia o participar en una competición deportiva: adoptar dos minutos en una postura de poder (power pose).

Con una postura de poder se refiere a adoptar los gestos asociados a un estado de confianza, poder y logro: el cuerpo erguido, la cabeza hacia el frente, los brazos hacia delante o apoyados en las caderas… Son gestos que implican una amplia ocupación del espacio, señal de ausencia de miedo.

Como cuenta en su charla, los humanos igual que el resto de los animales expresan poder con sus posturas corporales. Se repliegan sobre sí mismos cuando se sienten inseguros, haciéndose más pequeños, encorvándose, cruzando los brazos sobre el pecho y reduciendo los movimientos. Por el contrario, cuando se sienten fuertes se expanden y ocupan más espacio. Cuddy y su colaboradora Dana Carney de Berkeley, se preguntaban si adoptar estas posturas podría cambiar el estado interno de una persona y hacerla sentir más poderosa.

Con el fin de averiguarlo, llevaron a cabo un experimento relacionado con la testosterona y el cortisol. La testosterona es la hormona del poder (a niveles altos crea sensación de seguridad) y el cortisol es la hormona asociada al estrés. Sabemos que las personas con capacidad de liderazgo suelen caracterizarse por una alto nivel de testosterona y un bajo nivel de cortisol.

En el experimento se pedía a las personas que adoptaran una postura de poder o una postura de bajo poder durante dos minutos. A continuación se les preguntaba si querían apostar. Un 86% de los que habían adoptado la postura de poder, eligieron apostar, mientras solo un 60% de los que habían mantenido la postura de bajo poder optaron por hacerlo.

Y las investigadoras extrajeron conclusiones incluso más interesantes. Encontraron diferencias fisiológicas entre los dos grupos del estudio. Mientras los de la pose de poder mostraron un 8% de incremento en sus niveles de testosterona, en el grupo que experimentó la pose de bajo poder se produjo un descenso del 10% en esta hormona.

La reacción inversa se produjo con el cortisol, la hormona del estrés. Las personas que mantuvieron la pose de poder experimentaron una reducción del 25% en sus niveles de cortisol, mientras los que mantuvieron la pose de bajo poder tuvieron un incremento del 15% en sus niveles de estrés.

En definitiva, se comprobó que nuestro cuerpo puede cambiar nuestra mente. La postura que adoptemos, nuestra comunicación no verbal, influye significativamente en cómo nos sentimos. Por tanto, tenemos en el cuerpo un aliado para influir en nuestro estado emocional.

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