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Buenavista, Capital del sexo

Autor: José Gabriel Ceballos
Editorial: Palabrava
Año: Julio 2021

José Gabriel Ceballos.

Dijo Orlando Van Bredam, en la contratapa del libro recién salido del horno: “Los cuentos de Buenavista. Capital del sexo, se inscriben dentro de la misma línea de los relatos anteriores del autor; personajes ya conocidos por nosotros que recurren a esa admirable desmesura que tanto nos gusta en Ceballos, porque como dijo Borges: la vida no tiene por qué ser interesante, pero en el caso de la literatura es una obligación. Las historias se deslizan siempre hacia la incongruencia, con un lenguaje elíptico muy elaborado. Mucha información acerca de los personajes y sus circunstancias son inteligentemente omitidas para favorecer la sorpresa, para romper los límites con cualquier lógica cotidiana. José Gabriel Ceballos no nos permite pensar, estamos dentro de una historia y debemos saborearla a medida que la leemos. Soy un lector agradecido y sólo me queda desearles a ustedes una desvelada travesía por el cosmos inmensurable de Buenavista”.

José Gabriel Ceballos realizó una larga carrera como narrador. Uno de los cauces por los que discurren sus cuentos es Buenavista, un pueblo mítico en el que quizá se encuentre mucho de la pequeña localidad correntina donde nació y vive, Alvear, en la frontera con el Brasil.

Textos pertenecientes a esta línea ya fueron reunidos en tres antologías personales: Fabulario de Buenavista en dos volúmenes (Argentina) y Made in Buenavista (Brasil). También publicó varias novelas cortas, otros cuentos y tres novelas: Ivo el Emperador, Víspera negra y En la resaca, que fueron traducidos al portugués y al inglés.

Entre sus distinciones se encuentran el premio EDUCA en San José de Costa Rica y los premios Alberto Lista, Ciudad de Alcalá, Tiflos para libros de relatos, Alfonso VIII y accésit del premio Gabriel Sijé en España. También ganó el Premio Municipal de Buenos Aires (categoría novela inédita, correspondiente al bienio 2008/2009). Buenavista capital del sexo, José Gabriel Ceballos, Colección Rosa de los vientos, editorial Palabrava, Santa Fe, Argentina, páginas 172, cuentos.

Autor: José Gabriel Ceballos. Editorial: Palabrava. Año: Julio 2021.

Cita en el Hotel París (extracto)

El viejo Valiant dejó la playa de estacionamiento contigua a la estación ferroviaria y rodó con parsimonia. El ripio crujía bajo sus neumáticos. Domínguez notó que en el habitáculo abundaba el polvo pero eso apenas lo fastidió, como si el largo trayecto en tren hubiese agotado su capacidad de fastidio. Lanzaba ojeadas por las ventanillas y algunas hacia la nuca del chofer, un tipo corpulento y calvo, que pispeó dos veces por el retrovisor y después, al parecer, perdió interés en su pasajero.

–Un pueblo antiguo –comentó Domínguez, cuando ya habían transitado algunas cuadras por el radio urbano. El taxista carraspeó, se removió en el asiento y se echó hacia delante como si debiese acomodarse para hablar.

–Bastante antiguo, don. Y hecho mierda, ya lo ve.

– ¿Qué le pasó? El chofer se encogió de hombros.

–Nos comió la pobreza. Nos caímos del mapa.

Domínguez se torció hacia su izquierda y alzó la mirada para contemplar un caserón recortado contra el claror de la luna llena.

–Se nota que hubo plata.

–Sí, algunas casas fueron hermosas. Casi todas están abandonadas.

Anduvieron un trecho en silencio. Lo que veía Domínguez corroboraba las palabras del taxista. Un pésimo alumbrado público, ninguna calle asfaltada, veredas con maleza, una plaza a oscuras, edificios con signos inequívocos de deterioro, incluso la iglesia, incluso la municipalidad. La vaciedad de las calles acentuaba la atmósfera opresiva.

– ¿Viene de lejos? La indiscreción característica de los pueblos chicos, pensó Domínguez.

–De Buenos Aires.

El conductor asintió con la cabeza y, sin quitar la atención del camino, aventuró:

–Negocios.

Domínguez decidió mentir:

–Negocios.

Procuró imaginarse cómo continuaría el diálogo si contaba que venía a acostarse con una mujer fallecida quince años atrás. El tipo lo tomaría a broma, pero ya con el recelo que supone transportar a un presunto loco en una noche desierta.

Habría que explicarle que venía por indicación del profesor Rossi, quién era Rossi, lo mucho que había trabajado Rossi para que aquello resultara posible. Y aquí se planteó este interrogante: ¿acaso sabía el taxista lo que ocurría en el Hotel París?

La fama internacional del hotel hacía probable que tuviera tal conocimiento. Pocos pasajeros llegarían al pueblo por otro motivo, el curioseo aldeano no lo pasaría por alto. Entonces: ¿los demás lugareños tampoco ignoraban la vida esotérica del hotel? Figurarse que el chofer desplegaba una farsa le provocó una oleada de rabia.

El Valiant se detuvo bajo unos plátanos, frente a una casa de ladrillos expuestos y con tres puertas y cinco ventanales. La zona que sombreaban los árboles se extendía hasta la esquina sin más luz que una, amarilla y anémica, provista por un foco polvoriento sobre la puerta principal. Las raíces de los árboles habían levantado algunas piedras de la acera.

Domínguez se apeó y esperó a que el chofer abriera el baúl y recogiera la valija. Al oír que el taxista cerraba el baúl, dio el primer paso. Se propuso controlar sus nervios. Entraron a un zaguán que desembocaba en una galería y un patio. El gordo se adelantó y dobló a la izquierda, ante la primera puerta.

Penetraron en un salón casi totalmente en penumbras; al fondo había un mostrador-vitrina iluminado y, de pie tras el mueble, un hombrecito que los observaba junto a un pequeño velador encendido.

El taxista depositó el equipaje en el piso de baldosas, señaló al conserje con una mano y lo presentó, sonriente:

–Pachequito.

El conserje, petiso, maduro, escuálido, tenía delante una revista y a su izquierda un teléfono. Saludó sin alterar su seriedad.

–Buenas noches. ¿El señor Domínguez? –voz grave, pausada.

–El mismo –confirmó Domínguez.

El taxista evidenció sorpresa por el hecho de que aguardaran al pasajero. Rotó la cabeza hacia un rostro y el otro, su sonrisa se esfumó. Domínguez le preguntó el precio del viaje, extrajo su billetera, buscó los billetes, pagó y le dijo que se quedara con el cambio.

El taxista agradeció; al despedirse hizo una leve reverencia. Pachequito anunció que iba a despertar a su patrona e invitó a tomar asiento. Cuando el conserje salió por entre las cortinas de color granate que lo enmarcaban, Domínguez giró y escogió una de las sillas de alto espaldar que rodeaban la mesa más próxima, la atrajo, la orientó hacia el mostrador y se sentó.

La luz blanca de la vitrina imprimió a sus facciones una claridad fantasmagórica; su prognatismo y sus hirsutas cejas sugerían una máscara grotesca. Estudió la vitrina. Había allí fuentes con comida, jarras, un hervidor de aluminio, botellas.

Después se volvió hacia atrás y paseó la mirada por el salón. La penumbra no le impedía percibir la vetustez del mobiliario. Dos cristaleros, un aparador, un trinchante, más o menos veinte mesas cuadradas con sillas similares a la que él ocupaba, un gran reloj incrustado en una pilastra, un perchero cerca de la entrada.

En el centro pendía una araña compuesta por varios brazos que imitaban velones, ahora sin uso salvo uno donde languidecía una lamparita paupérrima. En las paredes, cuadros con gruesas molduras y dos espejos de cuerpo entero, enfrentados.

Domínguez se preguntó cuán reducida estaría hoy la clientela. No sería una clientela muy escasa, o el hotel no hubiera sobrevivido. La hipótesis de un hotel lleno de huéspedes copulando con muertos le infundió una inquietud indefinible. Pachequito regresó, el viajero se irguió.

Solicitó Pachequito:

–El informe, por favor.

– ¡Ah, sí! –exclamó Domínguez, y cogió la valija, la puso en la mesa y la abrió.

Pachequito agarró el sobre e hizo mutis sin demora.

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