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El ocultamiento de la mestización

La Argentina, país de blancos

Cuando se trata el tema de la inmigración, generalmente se plantea a partir del momento de la más masiva, ocurrida en la segunda mitad del siglo pasado. Y también se considera que el gran cruce de sangre con italianos, franceses, irlandeses, españoles, suizos, etc, generó el gran fenómeno de transculturación y fusión étnica que permitió al país mantener su blancura europeizante de la que tanto se enorgullecía.

Pero vale la pena detenerse a reflexionar cuáles fueron los inmigrantes primigenios y cómo fue el proceso de entrada de extranjeros a este mundo nuevo y algunos de los cambios que produjeron. Antropológicamente, sabemos que los primeros caminos abiertos por las huellas de consuetudinarios viajeros que llegaron a este continente fueron marcados por pueblos asiáticos que entraron por el norte; navegando el Pacífico llegaron otras etnias que configuraron la base humana americana.

Desde el comienzo hubo diversidad de hombres en los rasgos, color de piel, formas craneanas, y cuerpos gruesos o longilíneos, con distintas costumbres, ubicados en variadas regiones de este enorme continente, marcando diferencias entre los grupos humanos que comenzaban a asentarse en el paisaje americano, iniciando su historial. Formaron sus grupos, clanes, tribus, pueblos y algunos se engrandecieron tanto que configuraron algunas culturas superiores imponentes en su arquitectura, arte, saber, fuerza guerrera y cohesión basados en un inteligente gobierno.

Así se fueron marcando aquí también las eternas diferencias impuestas por el poder y la fuerza de unos sobre otros y por consiguiente surgió la lucha del hombre por asumir su condición de ser superior y libre. Los poderosos sometieron a los débiles, los vencieron y sojuzgaron, explotándolos de algún modo, ya sea adueñándose de su fuerza física o de su libertad.

“Llamados naturales, indígenas, nativos, gente de la tierra, aborígenes, y luego de la conquista, indios, ellos fueron en realidad y dentro de lo que sabemos a través de la neblina de un tiempo lejano, los primeros en llegar”.

El continente descubierto

Cuando llegaron los europeos y se produjo el encuentro entre nativos y blancos, hubo un proceso casi común en las distintas regiones. Primero, los sucesos de encuentro fueron generalmente incruentos, de deslumbramiento, y luego, cuando los españoles conocieron civilizaciones americanas superiores y supieron de las potenciales posibilidades de explotación de riquezas en estas tierras, se produjo la conquista de los blancos sobre los indígenas por la imposición de la fuerza.

En los comienzos del siglo XVI un frío vendaval terminó con la armonía y el equilibrio creado por siglos de convivencia pacífica o no entre los antiguos habitantes del continente secreto. Con incredulidad y espanto hombres y mujeres veían la caída de su mundo, y sufrían la muerte, la persecución y la tortura a manos de los blancos conquistadores. Esa fue quizás, la primera vez que este suelo recibió el abono de tanta sangre humana, en un proceso que acaso fue como un terremoto que desmoronó los cimientos de todas las sociedades existentes.

En los nativos, cuya evolución no había alcanzado su esplendor y tenían distintos niveles de crecimiento cultural, el poderío español se impuso en muchas oportunidades sin mayores contratiempos, quedando espacios del continente que con el paso de los siglos se fueron transformando en definidos reductos de resistencia indígena hasta casi fines del siglo XIX.

Se iniciaba una empresa titánica donde el mundo europeo experimentado en milenios de construcción de culturas y luchas por sobrevivir, hacía pie en una enorme tierra habitada con definidas perspectivas de conquista. Desde este momento la corona impone un criterio de dominio sobre sus habitantes naturales; ellos venían (una vez comprobada la veracidad del descubrimiento de una tierra desconocida por el mundo mediterráneo), a adueñarse de todo, transformándolo en reino e incorporándolo a la corona. Y así lo hicieron.

La inmigración española

¿Quiénes eran esos hombres y mujeres que se atrevieron a viajar durante meses emprendiendo semejante aventura para cambiar totalmente la realidad de sus vidas? Según cálculos de Vicens Vives, hacia mediados del siglo XVI habrían llegado cerca de 150.000 españoles, entre quienes abundaban "andaluces y extremeños; de ellos hay muchísimos sevillanos, aunque es probable que bajo esa etiqueta figuren numerosos forasteros que vivían transitoriamente en Sevilla antes de embarcar... hacia 1581 quedaron equiparados para recibir permisos de viaje incluso para cargos, todos los peninsulares."

Pese a negar el permiso de embarque a quienes no pertenecieran al reino de Castilla, no resultaba nada fácil reunir voluntarios para emprender los primeros viajes a través del Atlántico, casi desconocido y sin saber a ciencia cierta cuál sería el destino que los esperaba, aunque abundaran las anécdotas sobre riquezas y ciudades fabulosas. El 19 de julio de 1535, cuando Don Pedro de Mendoza estaba preparando su viaje al Río de la Plata, y habiéndole planteado a la Reina sus dificultades para encontrar suficiente tripulación, ella expresaba: "Visto he lo que de vuestra parte me ha sido suplicado que por que no halláis maestres pilotos y marineros que quieran ir con vos al dicho Río no son sino portugueses o otros extranjeros os diese licencia para que los pudieses llevar y aunque como sabéis ir a aquella provincia personas no naturales de nuestro Rey no especialmente portugueses podría traer inconvenientes por la mucha confianza que el emperador mi señor y yo tenemos en vuestra persona he acordado... ".Como resultado de lo cual fueron autorizados a viajar no solo portugueses sino flamencos y gente de otros reinos considerados extranjeros. Además hubo que contratar a parte de los hombres que habían viajado con Sebastián Caboto. Asombrosamente, había marinos que no titubeaban en ir y venir por el Atlántico en tiempos de navegación incierta a mar abierto. 

Los caballeros y principales que preparaban su viaje en esta expedición se interesaron por llevar consigo criados, negros esclavos, caballos y yeguas y trataban de conseguir expresa autorización para adueñarse de indios, mano de obra indispensable para iniciar sus empresas en nuevas tierras. Llama la atención la cantidad de negros y negras que pretendían traer en esta expedición. 

Además, era su intención traer nuevamente a los indios que había llevado Caboto a España desde estas tierras; pero esto no se hacía por alguna razón piadosa hacia aquellos seres que habían sido arrancados de sus pueblos para ser presentados como muestra de las rarezas americanas, sino porque "por el bien de su armada conviene por ser estos ladinos que tornen a aquella tierra para ser intérpretes...". Esto no fue muy fácil, pues algunos habían sido asignados a monasterios cuyos frailes no aceptaban entregarlos, expresando que eran esclavos, por lo tanto no tenían la libertad de optar voluntariamente si deseaban volver a su tierra natal, así que hubo que reafirmar la orden.

Los planes de Pedro de Mendoza consistían en construir tres fortalezas "en las tierras y provincias que hay en el Río de Salís, que llaman del Plata, donde estuvo Sebastián Caboto para por allí calar y pasar hasta llegar a la mar del Sur". Ya que la Reina había establecido claramente que él ejercería gobierno sobre "la tierra que hay en todo el Río de la Plata que es nuestra demarcación que comiencen donde dicen la cañonea hasta el Río de Santa Catalina y cien leguas de tierra adentro...". En toda la zona estaban autorizados a tomar a los indios y hacerlos trabajar, aunque sin abusar de ellos y proveyéndoles el sustento necesario.

Coincidiendo con uno de los objetivos primordiales de los viajes a América, se le pidió al Guardián del Convento de San Francisco de Sevilla que enviara algunos frailes en la expedición "para la instrucción de los naturales de dichos territorios".

El mestizaje contaminante

La ciega actitud de los españoles ante la presencia de los habitantes naturales de este continente se reflejó inicialmente en la aplicación de un criterio fundacional racista. Los inmigrantes blancos debían mantener la pureza de su sangre, como el más preciado tesoro, muestra del linaje de un pueblo que irónicamente en Europa era sospechado de impuro por la cantidad de habitantes moros y judíos que desde tantos siglos atrás cohabitaban en Iberia, pero obsérvese que el acento estaba puesto en la diferencia de creencias religiosas, más que en las diferencias de raza. La impureza traía consigo el escarnio de ser inferior, poco inteligente, y por estar en contacto con otras creencias, con el alma contaminada.

"Con arreglo a este principio, la mala religión y la mala raza van unidas de modo tan fuerte, que los que se convierten al cristianismo transmiten .a sus descendientes una herencia sospechosa desde dos puntos de vista; con frecuencia son apóstatas de la fe y transmiten generación tras generación una especie de fermento malo y dañoso que se expresaba cuando se decía que alguien tenía un "cuarto" un "octavo " de judío o de moro. Mas la Iglesia americana, ante la escasez de inmigrantes españolas solteras o casadas, siguió una política de apoyo al matrimonio mixto, con la condición de que las indias previamente al casamiento se convirtieran al cristianismo, actitud aprobada por la corona y apoyada por la legislación que se iba escribiendo en el Consejo de Indias.

En esta mirada tuvieron mucho que ver las Leyes Nuevas, emitidas en 1542, que terminaron legalmente con la incipiente explotación de los indios y el abusivo régimen de los encomenderos. Pero "esta legislación de profundo sentido cristiano y humanitario chocó con la mentalidad prevaleciente en la época y con concretos intereses económicos que veían desahuciarse la posibilidad de lucro en la Conquista."

Desde que los españoles hacían pie en estas tierras se sentían ubicados en una situación social de superioridad frente a los criollos, mestizos, indios y negros, sintiendo por estos tres últimos grupos un verdadero desprecio. Ignorando que aquí se empezaba a producir una de las mayores sagas de mestización, no sólo racial, sino fundamentalmente cultural o, tratando de ser más exactos, de aculturación. Luego, la fluida llegada de mujeres españolas provocó la disminución de matrimonios mixtos, aunque no de las uniones mixtas de hecho, que prosiguieron por largo tiempo, originando todo este proceso de mestización.

La existencia de hijos nacidos dentro del matrimonio y extramatrimoniales comenzó a marcar diferencias de origen, siendo estos últimos condenados a una situación de ilegitimidad, que los fue ubicando en un rango social interior. Recordemos que en un principio la estructura sociopolítica de incas y aztecas con sus representantes reales fue, en alguna medida, respetada formalmente, para contener la sensación de cambio hecha de raíz y de modo brutal.

Del mismo modo "En abril del año 1658, Juan Arias de Saavedra, teniente de gobernador y justicia mayor del Río de la. Plata, realizó una información para declarar la nobleza de los indios caciques guaraníes." Lógicamente, las diferencias tampoco fueron las mismas si el padre del mestizo era un hidalgo de respeto que mantenía a una manceba o un simple soldado, que de paso por un ligar en una efímera unión había engendrado un niño al cual jamás conocería y del que nunca tendría noticias.

Eufemio Lorenzo Sanz señala que hubo una gran diferencia de actitud frente a los mestizos según de qué institución se tratara: la Iglesia, aunque con reparos, aceptó la incorporación de ellos a cargos eclesiásticos, pero la corona no los consideró socialmente iguales a los demás para ejercer cargos políticos de alto o medio rango.

Obviamente, el problema de diferenciación entre españoles, criollos y mestizos se planteó con mayor fuerza en la segunda generación de inmigrantes, ya nacida en estas tierras. Ella no logró la protección fuerte de los conquistadores. Su presencia disminuía y dejaban huérfana a una descendencia cuyo origen se iba oscureciendo no tanto en su piel, como en la alcurnia de origen, aunque ilegítimo, de renombre y respeto impuesto por la importancia de la paternidad, provocando esto un camino social descendente sin remedio dentro de la construcción colonial americana. Entonces aparecieron las excepciones y diferencias de clases, como expresaba Solórzano Pereira, considerando que no se podía comparar a sus hijos con otros seres de origen inferior, ordinario y espurio.

Los migrantes... y sus sentimientos

En toda esta historia donde miles de personas comenzaron su migración hacia América durante los siglos XVI, XVII y XVIII, profundizando el lado humano de semejante trasplante, a cada ser que viajó debió producirle un gran desgarramiento la ruptura con su mundo. No obstante, iban tras una utopía o un sueño, aunque la llegada a tierra nueva les mostraba una realidad totalmente distinta que hacía trizas sus especulaciones, sumiéndolos muchas veces en el agobio y la desesperación.

Generalmente, el dolor que se siente ante semejante trasplante lleva a veces a idealizar la tierra abandonada, atenuando los problemas, los peligros o las necesidades que los obligaron a tomar la decisión de irse.

Como es natural en los inmigrantes que ya tenían vividos algunos años en América, surgía el sueño de regresar a su patria, sobre todo para morir en su tierra natal. La nostalgia por el paisaje, el aire del terruño, los rostros de aquella realidad cotidiana que atesoraban en su memoria desde los años de juventud en que habían emprendido tal aventura, siempre dejaba en ellos un fuerte sabor de remembranzas que, en algunos casos, se atenuaba cuando los logros conseguidos en el nuevo mundo superaban sus expectativas y los catapultaba a un nivel social superior al de su origen familiar.

Pero la verdad era que el hambre y las posibilidades de alcanzar un nuevo status social movilizaba a innumerables aventureros hacia las tierras del Plata. Cuenta el Bachiller Baltasar Sánchez a su hermano Gaspar, a quien anima para que emprenda el viaje, en una carta escrita desde el Río de la Plata en 1578 (dos años antes de la segunda fundación de Buenos Aires) y dirigida a Estepa, en España:

"Muy magnífico señor: ...lo que de nuevo se ofrece escribir es que, pues esa tierra es tan trabajosa como se entiende, que pudiendo dejar la deje, y si presente no pudiere, apercíbase para cuando alguna gente de ese pueblo viniere al Río de la Plata... y si no, hágalo cuando digo y váyase con la gente que fuere al Río de la Plata, que el señor Carlos de Vera lo sabrá. Porque, aunque no nos veamos por la mucha tierra que hay de una parte a otra, estaré contento en saber de v.m... Sé decir que como v.m. llegue con salud, que el resto de su vida e hijos habrán acabado con las miserias de España y trabajos y hambres y desnudez de ella. Y tendrán mucho descanso, y quien les sirva y de comer, así digo se tenga en cuenta con esto que importa mucho a trueque de algún poco de trabajo... Y porque de una manera o de otra pasándose v.m. acá, como sucediere haremos, porque para juntarnos buscaremos el mejor lugar, que aunque la distancia de tierra como he dicho es mucha, al fin nos trataremos y veremos... que acá me duele y siento la extrañeza de esa tierra...”

Por lo general, estas cartas contenían llamados a algún pariente para que viniese, dinero para pagar el viaje, para la dote de alguna mujer de la casa, para los estudios de algún hermano, pues quien lograba llegar como letrado tendría más posibilidades de inserción en América, o lisa y llanamente para mantener a la familia que había quedado. Resultan interesantes las recomendaciones que hacían a los parientes sobre los aprestos para el largo viaje.

A las mujeres, por lo general, les recomendaban que tomaran un camarote. Resultaba esencial a todos que se avituallaran de agua (en botijas) y pan, incluso algunos aconsejaban traer gallinas, carne de cerdo y especias o arroz, fruta seca, quesos, jamones, más elementos de cocina, ropa blanca y el tipo de vestimenta adecuada para adaptarse al lugar social que el nuevo americano autor del llamado había logrado en América. También era aconsejable adquirir esclavos en España para traerlos con ellos en el viaje, pues su precio era más bajo que en América.

Luego, a medida que pasaban los siglos se acentuaron y multiplicaron las clasificaciones en castas. Hay autores que diferencian las castas de las mestizaciones entre blancos e indios, considerando de ese modo a las castas como mezclas de seres totalmente inferiores, sólo útiles para el servilismo y la máxima explotación física.

Que los tiempos iban cambiando, lo confirma la evolución que mostraba la legislación de la corona en el siglo XVIII, que con Carlos IV trata de abrir las puertas de ciertos cargos públicos a los mestizos, aumentar de cierta manera su prestigio social, e incluso en el reglamento del ingreso del colegio para Nobles Americanos de Granada se modifican algunos artículos permitiendo (por lo menos en la intención), el acceso de mestizos e hijos y nietos integrantes de la nobleza de las altas culturas que ellos mismos habían destruido. Famosa institución de antes condicionaba que "donde residiere el pretendiente, se presentará su fe de bautismo y la de sus padres y abuelos...”. Pero como sucedía en otros aspectos de la vida en estas tierras, una cosa era lo que se legislaba en España y otra muy distinta lo que se hacía en América, siguiendo Buenos Aires y el Virreinato del Río de la Plata igual criterio.

La inmigración forzada

Esta fue la más aberrante, pues trajo a América a la fuerza la raza de África que ya desde hacía siglos era considerada, simplemente por su color de piel, ideal para la esclavitud. Ni el hecho de estar sus aldeas ubicadas en la profundidad de la selva pudo impedir que llegaran hasta allí los traficantes de seres humanos, generalmente árabes y berberiscos, a terminar brutalmente con el sosiego de familias enteras, conformadas con amor, con proyectos marcados por su sociedad para el futuro de sus lujos. De nada servía el valor de los hombres para defender la aldea, todo terminaba rápidamente entre matanzas, fuego y cadenas y latigazos para los sobrevivientes.

Pero para el tráfico dirigido a América fueron los portugueses los primeros en monopolizar el traslado. La cantidad de negros requeridos fue conformando toda una estructura mercantil en tierra africana donde intervenían reyezuelos africanos que se convertían en buscadores de esclavos en el interior del continente, para luego negociarlos en lugares como San Pedro de Loanda, puerto angolés donde los portugueses esperaban con los barcos negreros para embarcar cantidades de “piezas” hacia Brasil y el Río de la Plata. Los esclavos no solo eran atrapados en cacerías, sino que había tribus que vendían algunos de habitantes como un castigo de la comunidad, o también eran vendidos por sus propias familias en épocas de grandes hambrunas. 

Contrariamente a lo que sostienen viejos textos de historia, en nuestro territorio entraron muchos esclavos, hecho que ha impedido realizar estudios estadísticos exactos sobre la cantidad de entradas. Sí existen análisis sobre determinados períodos de los que se han rescatados controles de desembarco.

“Luego, a medida que pasaban los siglos, se acentuaron y multiplicaron las clasificaciones en castas”.

Ellos fueron comprados y diseminados en la ciudad de Buenos Aires y la campaña bonaerense, donde eran empleados para el trabajo agrario. Los españoles en los primeros tiempos habían creído que sería posible asimilar rápidamente a los naturales de cada región para usar su mano de obra, pero su fuerza de lucha, y su inclinación hacia la ganadería obligó a los blancos a poner sus miras en los negros.

También muchos de ellos fueron destinados a la ciudad de Córdoba, donde se constituyó una de las principales plazas de distribución hacia Cuyo y el noroeste argentino. Tucumán y Catamarca llegaron a tener más de la mitad de la población negra y mestiza. También las compañías religiosas fueron importantes introductoras de esclavos, llevándolos a sus estancias, como los jesuitas, para las tareas de agricultura.

Las mujeres negras eran tomadas por los blancos con quienes tenían hijos, pero estos no fueron jamás reconocidos, ni aceptados de hecho como tales por sus padres. Es más, por ser hijos de esclavas automáticamente pasaban a sumar el número de esclavos del propietario correspondiente. No obstante, así comenzó de cierta manera el blanqueamiento de ellos. Comúnmente se destaca el hecho de que en nuestro territorio el trato hacia los negros fue bondadoso, actitud que en muchos casos no negamos; sólo queremos recordar que por más benigno que fuera ese trato, jamás pudo borrar el sufrimiento de estos condenados por el color de su piel a ser bienes transables.

Claramente expresa Gabriela Gresores: "Lo que aparece, sí, es un incremento de la tensión entre una realidad de mestizaje que se iba profundizando con el tiempo y la intención del estado colonial de evitarla mediante disposiciones jurídicas. Esta tensión continúa durante el período de la independencia, reflejado en proyectos antagónicos en torno a la incorporación o no en igualdad de condiciones de las castas segregadas en la sociedad. En este período, el conflicto se resolvió muchas veces en el plano de la apariencia, con un cambio de lenguaje, cambiando los términos de indio, negro y mulato, que tenían previsiblemente una connotación negativa, por los de natural, moreno y pardo".

"Llegada de los primeros inmigrantes a Resistencia", óleo de Alfredo Pértile

Conclusiones

¿Y por qué no preguntarnos sobre nuestra identidad basada en una sociedad mestiza con tantas influencias culturales? ¿Por qué no preguntarnos sobre el empeño de los argentinos, sobre todo de Buenos Aires de "ser el país más blanco de Latinoamérica". Hay quienes prefieren diseñar un panorama simplista, limpio y acabado donde no compartimos la aventura del resto de América Latina: México, Colombia, Perú, Bolivia, cuya base poblacional es indígena.

La Argentina, para muchos, nació con la llegada de los primeros barcos, la gente traída por Don Pedro de Mendoza, y la tierra hecha pueblo por Don Juan de Garay. Nos estamos refiriendo sobre todo a la idea borgiana, a veces debatida, pero también oportunamente aceptada por muchos que prefieren descender de los barcos y no contaminar su sangre con indios o negros. Aquí, en Buenos Aires, donde el cosmopolitismo del XIX los enamoró de Europa, puede llegar a simularse; pero no en el Interior.

Interior, en este caso con mayúscula, porque pasa a tener en esta historia una conciencia de origen identidario distinto, donde en las ciudades históricas, fundamentalmente, y en muchos lugares de la campaña, la mestización fue una realidad que se lleva en los rasgos y en la sangre, allí nacieron los criollos que conformaron una sociedad distinta a todas las anteriores, de los indios precolombinos, los inmigrantes españoles y de los jirones de cultura que trajeron los negros, la sociedad criolla, propia de la América hecha por todos. A ella pertenecen incontables familias que iniciaron su linaje en este mundo nuevo, sobre la base de las uniones propias de un entorno habitado por estas razas.

Bernardo de Monteagudo, prócer de la independencia americana (Noronha, 1874, óleo sobre tela).

Las antiguas familias que provienen de los siglos fundacionales no pueden negar su mestización con indios, y en zonas más ennegrecidas, con negros. Felizmente hay lugares donde eso es un orgullo, pero en las ciudades más grandes del país se observa a veces un molesto silencio o pérdida de la memoria. Una metrópoli habitada por blancos, en medio del mestizaje latinoamericano, ha esgrimido el orgullo de tener una población blanca, tapando tal vez inconscientemente innumerables sucesos que desde los inicios de la colonización dieron un tinte distinto a nuestra población.

Por ello se fue tejiendo un velo de silencio sobre los negros; los cautivos que una vez internados a la fuerza por los malones aparecen en la historia como tragados por el desierto; los indios a quienes finalmente se prefirió exterminar antes que respetar sus culturas y darles un lugar generoso en el país, y más recientemente sobre tantos desaparecidos, y los atroces asesinatos de judíos que en los últimos años no han logrado ser esclarecidos por quienes tienen la responsabilidad de hacerlo.

La memoria remueve vivencias tortuosas; revivirlas implica una especial fortaleza. Por eso también a veces se producen silencios inconscientes, pero las nuevas generaciones reclaman una historia cierta, donde todos sus protagonistas tengan su correspondiente lugar, donde finalicen los mutismos y se llenen los vacíos. Todos estos millones de seres humanos, ignorados por la historia son un reto para todos nosotros, "no son espectros del pasado, expresan la avanzada de una civilización que aspira a la fraternidad y a la vida, al respeto mutuo y a la convivencia entre diferentes, a la igualdad de oportunidades y ante la ley de todos...".

*Profesora y Licenciada en Historia, master en Cultura Argentina. Investigadora del Instituto Histórico de Morón. 

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