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Susana Szwarc: “La escritura es una forma de reparar el mundo”

La escritora chaqueña habla sobre su libro “La Resolana”, cuentos reunidos en la colección “Los imprescindibles” para conocernos mejor. En el medio nos regala un poema inédito.

“Escribo, reescribo, corrijo, pregunto, acepto sugerencias, leo en voz alta, reescribo, corrijo”, así describe la escritora el proceso creativo que la lleva más allá de la poesía y del cuento.

Hay autoras y autores que constituyen el legado de una provincia y de una región. Hace unos años, ConTexto comenzó justamente a revisar ese legado. Bajo la colección de “Los Imprescindibles” inició el camino a publicar varios libros. Hay material de literatura, de ensayo histórico, filosófico, sociológico o cultural, que deberían acompañarnos porque son parte de la vida de los chaqueños y de los litoraleños. 

El libro “La Resolana” nos lleva a la obra de la escritora de Quitilipi, Susana Szwarc. Hay bellos cuentos y micorrrelatos que nos toman de la mano y nos llevan a dar un paseo profundo por el quehacer de nuestra región. Susana vive en Buenos Aires y desde allá abrió las puertas virtuales de estos tiempos para hablar de su tierra y de literatura.

—¿Qué guardás o llevás con vos de Quitilipi? 

—Me hacés esta pregunta en días que recuerdo mucho el pueblo, el invierno, el fuentón con la ropa helada, la escarcha. El sol del 25 de mayo festejándose en la plaza, vivencias que aparecen en un cuento. Ahora que digo un cuento, muchos de mis textos hablan de los pueblos del Chaco. Leí un poema de Lauren Mendinueta que dice: “Si el tiempo es el capital de la memoria, lo que sucederá solo puede seducir al presente”. De Quitilipi están inscriptos en mí la tonada, los árboles, la algarabía del despertar de las cosas, su continuar, el cuerpo repleto de letras. 

—Viviste también en Machagai. ¿Por qué te fuiste de estos lugares? 

—No fue una elección, sino una decisión de los mayores. A mis nueve años nos trasladamos con la familia a Buenos Aires. Todavía recuerdo su aire. ¿Por qué me fui, hay un por qué?, ¿Acaso tenemos alguna respuesta que no sea ficcional para las cosas del mundo, acaso hay alguna justificación para que algunos coman por demás y otros limosneen?, ¿Acaso hay alguna razón para que haya guerras? ¿Y aún para las alegrías, las maravillas, las risas? 

Desde pequeña quise leer y escribir, podría decir que esa situación de exilio (porque irse de un pueblo a otra ciudad, a otra forma de pronunciar, es un exilio) no me impidió leer ni escribir. En vez de la continuidad de los parques cortazarianos, podría hablar de la continuidad de los trenes en mi historia. Pienso en el cuento El aire justo, que está en “La resolana”. Recuerdo los trenes para la muerte yendo hacia el tranquilo, disimulado pueblo de Auschwitz, y los otros trenes, para la vida, para la salvación, y también los trenes de los juegos y los parques de diversiones (trenes fantasma). Me quedé en esta ciudad porque sola no se me ocurrió ir a otra parte y me fui enredando en el habla de la ciudad. 

—¿Irse a otra ciudad es como volver a nacer?, ¿cómo se renace? 

—No sé si es como volver a nacer. Creo que es una mudanza y una continuidad. Sí creo que es una detención, una pausa, un suspenso. Si bien ante la muerte se dice “tal se fue a otra parte”, quizás en esa instancia suceda como con el punto final del cuento. Irse depende siempre de cada situación. En mi caso, es una forma de exilio que despertó en mí un estado de alerta.

—Me gustaría seguir ya tomando algo de un cuento: ¿cómo son las flores que te gustan? En esa misma tónica, ¿hay palabras qué son como flores? 

—Tomo tu pregunta anterior y el renacer. Se podría decir que se puede renacer como una flor, salir de la zona marchita. También me haces notar que no solo en mis cuentos hay flores, también en la poesía. Hay un poema inédito: “Batones/bastiones”, dice: “Mi madre ve en las flores de su vestido / las flores del vestido de su madre / de donde salen las voces que le hablaban / cuando vivían / entre árboles. / Entre idiomas / se dicen esas cosas que no entiendo / que hacen que el vestido se vuelva / “un mar de lágrimas”. / Quisiera calmarla / pero ha quedado arropada en otra voz / me mira con ojos que me desconocen / su boca dice vení te extraño / mientras deja las sillas sobre la mesa / porque va juntando las flores / que siguen cayendo / una por vez / todas juntas”. Creo que sí, que hay palabras que son como flores, y también flores apalabradas. 

—De ese tiempo que duran las flores o las plantas, ¿vienen de ahí los tiempos de los cuentos, de dónde surge esa plasticidad en tus textos?  

—Te agradezco que hables de “plasticidad”, es decir, de ir moldeando entre letras, entre palabras, si estas no se escurren. Supongo que viene del leer, también de eso que nombro como tonadas diferentes (esa juntura del castellano, idish, guaraní, polaco). Es hermoso que hayas visto eso, secreto, ese tiempo de flores y plantas, esa noche en que la flor sucede como un relámpago, las diversas floraciones. Recuerdo una frase de Adriana Berman, que escribió en un taller que yo coordinaba entonces: “Hasta la flor doy”. Nos tocó a todos y a todas su fragancia, su decir. 

—¿Cómo llegó esta publicación de los cuentos reunidos, la elegiste vos, la hizo la editorial? 

—Surgió de un encuentro. Recuerdo que fui a una Feria del Libro en Resistencia. Ahí el escritor Francisco Tete Romero me preguntó si me gustaría publicar los cuentos reunidos en la colección “Los imprescindibles” de la editorial ConTexto. Me sentí muy contenta de que mi escritura, lo que implica también mis lecturas, las transmisiones de mis maestros y maestras de Quitilipi, entre ellos mi madre, mi padre, el maestro Belén Álvarez, manaran en un libro, imprescindibles ellos. 

—¿Cuál fue tu sensación al volver a estos cuentos, algunos escritos hace muchos años, más de 10, 20 o 30 años? 

—Significó re-leerme. Si bien corregí algunas cosas, saqué algunos cuentos (si bien se supone que “va todo”, no veo por qué volver a publicar algo que, re-leyendo, me parecía que le faltaba y no quería reescribirlo, a veces por pereza, otras porque no me parecía suficientemente interesante. Valoré haber corregido intensamente. Esos cuentos, leídos como ajenos en lo posible, me parecía que decían algo, que agregaban algún grano de arena a la casa (herida) tierra. Parafraseando el bellísimo prólogo de Borges en “Los Conjurados”, podría decir que “sería muy raro que este libro no atesorara una sola línea secreta, digna de acompañarte…”.

—Aquí pasamos de un libro publicado en 1981 a uno publicado en 2006, ¿qué pasó en el medio?  

—Es cierto, en 2006 publiqué el libro “El azar cruje”, aunque también en 2010 “Una felicidad liviana”. En “La resolana” hay un cuento de 2010 que se publicó en la revista Tokonoma; y otros de algún próximo libro. Además, algunos microrrelatos inéditos en 2018, que ahora están en el libro “Distancia cero”, publicado el año pasado, ya en pandemia. ¿Qué pasó entre tanto? Es decir,  desde el final de la dictadura cívico-militar hasta las democracias con sus distintas variaciones se fueron logrando muchas cosas. Los asesinos y torturadores reconocidos como tales; la erradicación de la violencia hacia las mujeres; la ley de Convivencia en la Diversidad y la lista continúa. Escribo estas palabras y me suena completamente absurdo que estas situaciones haya que lucharlas, cuando debiera ser lo natural, lo comunitario. Sí, muchas cosas se han logrado y, sin embargo, queda tanto por hacer mientras haya una persona con hambre, mientras haya tanto cruel por ahí guardándose vacunas, casas, monedas, llenando el freezer. 

Me viene a la memoria el artículo de Primo Levi: “La vergüenza de ser humano”. También llega a mí un poema de An Lu que se llama “Traqueteo” y  dice: “El libro se apoya / en el empeine / la fruta se aprieta / en la mano / y la boca guarda saliva / para / escupir / al mezquino”. Son fuertes, bellas esas especies de venganzas simbólicas, bíblicas.

—En el prólogo, Ana María Shua sostiene que a partir del libro “El azar cruje” (2006) viraste hacia un modo narrativo más tradicional. ¿Sentís que es así, cuál era tu búsqueda en la escritura en ese momento? 

—En el hermoso prólogo que escribió Ana María Shua, y allí donde dice que desde “El azar cruje” hago un “viraje hacia lo poético-policial”, coincido, y además me gusta esa lectura. Creo que pasa lo mismo en los cuentos de “Una felicidad liviana” (2010). Es cierto, dejo menos espacios entre un fragmento y otro. Utilizo también más puntos seguidos y creo que hay más intrigas.

—¿Esa búsqueda sigue siendo la misma, qué estás buscando ahora, 15 años después? 

—Es y no es la misma. Creo que hay una repetición, algo que nos insiste y horada; que sobre ese, cómo llamarlo, eje, sonido, barra, color intrínseco, nota musical en ligadura, se van creando, probando, variaciones que se vuelven más diferentes, más cerca, más lejos.

—En los cuentos también aparecen estructuras cruzadas entre la narrativa y la poesía. Pienso, por ejemplo, en los cuentos “Estupor” o “Anotaciones”, ¿qué significan para vos los géneros literarios? 

—Creo que la palabra “estupor” me gusta mucho; no la había usado nunca y de pronto apareció. Estaba con esos cuentos del libro “Una felicidad liviana”, donde en todos está la –llamémosla. protagonista: Luci. En una reseña, la escritora Marta Ortiz dijo: “En este libro, los desterrados del sistema, en su mayoría provincianos atraídos por la gran ciudad, componen una franja flotante y nómada, más vulnerable que cualquier otra, reflejo inequívoco del alcance de la inequidad (e iniquidad) social, que centrifuga de todo centro deseable a sus miembros más débiles. Buscan su lugar en un mundo ajeno del que Luci dirá en el cuento “Anotaciones”, que en realidad no es inhóspito porque “Había de todo por las veredas... a cualquier hora de la madrugada: pedacitos de manzanas, algo de yogur, huesos de asado con carne, las sobras de las sobras, las colillas más chiquitas, algún lápiz, una hoja de papel. Monedas de diez centavos”. Creo en la transgresión de géneros. Además, esto sucede en los textos de todos los tiempos. 

—¿Por qué se escribe, por qué se hace literatura? 

—No sabría encontrar un porqué generalizado, creo que tiene que ver con una cuestión muy singular. Sin embargo, voy a intentar una respuesta, inventar: por ejemplo, la escritura sucede. Es como abrir la boca y que alguien cante maravillosamente: María Callas. O alguien dibuje, pinte: Remedios Varo, Enrique Arauz. Así, el cuerpo entero, como un artista del trapecio, va a la hoja, va a la letra que, de algún modo, están invitando. Podríamos decir también que para hacer visibles las rajaduras que se encubren, para descolocarnos, para mostrar que las rosas no son solamente la suavidad de sus pétalos sino también la aspereza de sus espinas, y podríamos decir que le escritura es, sobre todo, una forma de reparar (con sus distintas significaciones) el mundo.

—¿Con los microrrelatos sentiste que volvías a las búsquedas iniciales con respecto a la escritura?  

—Cuando vos decís búsqueda, sí creo que la hay, pero es a posteriori, tal vez, de la escritura propiamente dicha. Creo que previamente se da otra cosa. Algo que sucede en otra escena, en los bolsillos del mundo repletos de palabras, así como suceden zonas de emanación de signos, de lluvias. Es algo que surge del adentro y del afuera, como si de pronto alguien estuviera cantando, murmurando frases. A veces puedo ser yo, o puede ser que al mismo tiempo otros, quizás alertados, en estupor, escuchamos esa letra. Luego la llevamos a una hoja de papel, a la hoja de la computadora. O, como hacía Celestino antes del alba (personaje de Reinaldo Arenas), en los troncos de los árboles, en los muros, en las vías, en las manos. Después, con esas “anotaciones”, sí, voy viendo dónde entran (o salen) mejor. 

—Hay un cuento donde aparece la alumna Silvina Scztern: ¿tenías problemas para que pronunciaran tu apellido en la escuela, cómo te iba con eso, viene por ahí el cuento, o no?  

—En el cuento “Desagües” (lo tengo fresco porque lo revisé para la reciente antología “Confines de la patria, cuentos y poemas del nordeste argentino”), se ve a ese personaje protagónico, en un momento en la escuela, y la dificultad de pronunciar su apellido. Jugué adrede que tuviera una sola vocal, como el mío, porque es la realidad de muchos en Quitilipi. Hay algo cómico en eso para el castellano, pero no hubo dificultad, la maestra estaba acostumbrada a apellidos entonces yugoeslavos, polacos, rusos, húngaros. En mi caso, venía de una familia polaca y judía. ¿Ves que no digo wichís, qoms, por ejemplo? Es que no iban a la escuela, había un apartheid del que no se habla. La maestra eligió cómo se pronunciaría Susana Szwarc y ella nos enseñó que dijéramos Shuars (fonética). Nos divertíamos mucho con los compañeros y la señorita Aroma aprendiendo nuestros nombres. El cuento dice también que una niña va a la escuela y otra a cosechar el algodón, dice de los cosecheros golondrina, nombra la Reducción (esos campos de concentración tan naturalizados que parece que existían como existen las flores, por ejemplo), ese lugar que también se llamó Reservación y que no se nombra.

 Pienso si esos renglones sobre el apellido quedan en primer plano y queda, aunque se diga, invisibilizado lo que sucede en el cuento, el sufrimiento de la mujer cosechera marcado por el juego de palabras: Beber. Bebé. Bebé bebé. Bebé, llorá. Bebé, despertate. Bebé, no juegues al muerto. Más otras situaciones, me hacés ver que tengo que revisar el cuento, modificarlo. Es el privilegio de tener al lector que cuenta sobre qué lee. ¿Qué iremos leyendo, incorporando?

—Ana María Shua sostiene que en tus primeros cuentos y en los microrrelatos sobrevuela Kafka, ¿es esa tu gran influencia literaria, qué otros autores o autoras te han influido notablemente? 

—Vuelvo a la tierra. Ahí está la plaza y rodeándola, la iglesia, el correo, la comisaría, una de las bonitas escuelas fundadas en tiempos de Evita. Cerca está la biblioteca que quedaba algo lejos de casa. Iba, pero poco. Recuerdo que iba a la biblioteca que estaba a la vuelta de casa donde había libros de la colección Robin Hood, llegaban revistas de historietas. Una vez llegó un viajante y ofrecía “El tesoro de la juventud”. Había Corín Tellado, pequeñas Lulús, Patoruzitos, Susys secretos del corazón, llegó un día “Carta al padre” del mismísimo Franz Kafka. Mi padre me leía esa carta del libro sin dibujos: “Una vez me preguntaste por qué decía yo que te tenía miedo”, e íbamos representando a medida que leíamos, a veces yo hacía de padre y él de hijo. Kafka logra decir de una manera especial las cosas. Tiene una forma singular de rodear las palabras, de dar vueltas sobre el mismo punto, de esos personajes que se empequeñecen y agigantan. A medida que lo leemos vamos girando en su odradek, su carretel. Su manera de decir me sopla, me lleva a la escritura. También podría nombrar a Rulfo, Javier Villafañe, Paul Celan, Olga Orozco, Carson McCullers, Marguerite Duras, Alberto Szpunberg. 

—En estos cuentos reunidos encontramos “No camines en el barro”, que fue llevado a la ópera en Córdoba. ¿De quién fue la idea, qué sentiste cuando este cuento comenzó a tener otro vuelo? 

—Recién una amiga me había hecho una página en Facebook y con temor (kafkiano) miraba los mensajes. De pronto leo que Cristian Varela, maestro, compositor, muy joven, me pregunta si puede darle forma musicalmente a “No camines en el barro”. Me encantó. Cristian Varela es el autor y compositor, la artista plástica Mónica Jibsi, la escenógrafa. Me invitaron para el estreno y la obra fue auspiciada por el área de Cultura de la municipalidad de Villa Carlos Paz. Fue hondo y hermoso lo que hicieron. Sé que luego Cristian Varela comenzaría a componer con el cuento de Daniel Moyano “Cantata para los hijos de Gracimiano”. En el programa, de todas las frases del cuento, eligieron una que me gustaría volver a escribir ahora: “Crecerán flores de los charcos de lágrimas”.

Así escribe Szwarc

Tempo

Salió el sol. Es de día y parece de día. Nos sentamos sobre el mostrador, balanceamos las piernas. Atardece, la luna es blanca, después amarilla fuerte, casi como la naranja que chupamos entre todos. Se nota que es de noche.

Caminata

-No me pises- dijo una vocecita en la plaza de Quitilipi.

-Samsa -murmuré- y me dispuse a besar tu corazón.

(Caparazón)

El fantasma de Kafka brincaba deletreando:

-No busques más. No hay sapos ni príncipes.

Yo me endurecía, me ablandaba. Y mis patas movían tu pasto. 

De héroes

Del libro salió un águila herida que se acomodó sobre un caballo. San Martín le curó el ala, la dejó volar. Los soldados aplaudieron y una niña cantó por la carretera: “Que tenga el pájaro bastante sol para aguantar el vuelo”. La niña siguió cantando hasta que el águila se acomodó en la página. Se durmió. 

El Metro

Estoy, ahora, en el metro de Tirso de Molina en Madrid. Escucho una música, la reconozco, busco el vagón. Sí, el niño rumano es el mismo, un poco más alto, y la mujer que lo acompaña -su mamá, supongo- está más arrugada, las canas más grises. Comienzo a seguirlo, por momentos me confundo con la madre. El niño rumano no descansa nunca; temo perderlo, porque salto rápido del vagón en una estación para ir al sanitario, pero veo que la otra mujer también. El niño rumano, que no deja de tocar, nos espera en la puerta de un nuevo metro y seguimos así, digamos, bajo la tierra. Pasan los días, a veces algunos pasajeros nos dan galletas, chicles, caramelos y hasta gaseosas. No nos detenemos nunca, solo a veces, para tirarnos sobre un asiento completo cada uno. No somos solo los tres, hay otros. Con el movimiento del vagón nos despertamos.

Miro por la ventana, siempre andenes, paredes, carteles. De pronto reconozco una tonada, luego otra, hasta algunas facciones reconozco. Pregunto en qué estación estoy. Callao, me dicen. Subamos un momento, les digo al niño rumano y a su madre con una voz que me sorprende, cansadísima y autoritaria a la vez. En la calle parezco ser la única sorprendida: estamos en una esquina de Buenos Aires. Entramos al primer bar.

Miro con admiración al niño rumano que, ahora sí, deja su acordeón sobre una silla y pide un café con leche. Ha dado, otra vez, su vuelta al mundo.

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