Pinki y Toto

Cuando me desperté tuve la sospecha de que no era el mejor día para viajar. Un presentimiento, una corazonada, como se llame, hizo repicar el pin-ball de la cabeza y no le hice caso. Recién cuando salí a la ruta abierta se disipó ese malestar: un cielo de raso azul, sin nubes, me animaba a recorrer los mil kilómetros que tenía por delante. Nunca había viajado solo y ahora maldecía mi decisión de no haberle hecho caso a mi sistema de alarmas: el auto gris plata volvía a aparecer en mi espejo retrovisor.
Hasta la estación YPF todo fue normal. Cargué nafta, hice chequear el aceite, el aire de los neumáticos, estiré las piernas, bebí una lata de Coca Light y, preventivamente, hice pis. Prendí el primer cigarrillo de la mañana y entre la humareda de la bocanada lo vi estacionado bajo una hilera de aromos. No soy ducho en reconocer marcas de autos pero, por las líneas, el diseño y ese color plata perfecto, ese auto deportivo tenía toda la pinta de ser italiano. Después me enteraría de que se trataba de un Alfa Romeo. No veía a nadie al volante, parecía aletargado bajo la sombra de los árboles.
Cuando retomé la ruta me di cuenta que el auto plateado ya se había ido. El calor había aumentado, cerré las ventanillas y puse el aire acondicionado. Pensaba en la enfermedad de Rolo, era una cosa rara. De buenas a primeras cae en cama con fiebre, y a la semana está en terapia intensiva, a un tris de morirse. A un costado de una tranquera, entre los árboles, distinguí al auto plateado estacionado. Me llamó la atención, pero en ese instante una liebre cruzó la ruta y por poco me mata del susto.
Miré la hora, eran las ocho y treinta. Diez minutos después tenía el auto plateado a cinco metros de mi baúl. Venía tocando bocina. Bajé la velocidad y se me apareó. Viajamos un rato así, mirándonos, como estupidizados. Empezó a hacer señas de que bajara el vidrio. Recién ahí reparé en su cara. Tendría unos cuarenta años, muy rubio, de pelo cortado al ras, parecía un marine de película. No me gustó nada, pero le hice caso, bajé la ventanilla.
El tipo me seguía mirando sin pronunciar palabra ni seña alguna. Con un gesto le pregunté ¿qué pasa? Con la mano me pidió que bajara la velocidad. Lo hice. Con otra seña me indicó que fuera a la banquina. Sin saber por qué, como un perrito amaestrado, estacioné entre unos pastizales secos y quebradizos.
Cuando bajó del auto noté que era un tipo alto, atlético. Traía una remera blanca de algodón y unos caquis verdosos. En su muñeca izquierda lucía un enorme reloj Caterpillar negro, y en su puño derecho pesaba un Magnum 354. Quedé helado y empecé a sudar.
-¡Pinki! –gritó en dirección al auto plateado.
Nadie respondió. El ulular del viento era una música siniestra.
-¡Pinki, salí del auto!
Un niño de no más de cinco años saltó del asiento trasero. Despeinado, pecoso y muy dueño de la situación, avanzó hacia nosotros con la seguridad de un jefe mafioso. Tenía una carita simpática, pero su seriedad impresionaba.
Sin decir nada miró al marine.
-Te voy a dejar con él, ¿sabés? –el grandote, de pronto, mostraba una dulzura inimaginable minutos antes.
-¿Por qué, Toto?
-Porque no quiero que te pase nada. Él es un amigo y es buen tipo.
-No es tu amigo, lo acabás de conocer. Bajó porque vio tu pistola, Toto.
-Escuchame, Pinki, no hay tiempo. Subí al auto del amigo –y, mirándome, añadió: Y llévelo a cualquier lado menos a la policía.
-Pero, ¿qué pasó, don? –dije, con voz irreconocible.
-El niño es Pablo Petrarca, de Aceros Petrarca- dijo el marine.
-¿Lo secuestró?
-No se trata de eso, es otra cosa más complicada, ¿no es cierto, Pinki?
Pinki estaba lagrimeando, unos mocos largos le colgaban de la punta de la naríz. No quiero que me dejés, Toto, no me dejés…, sollozaba.
-No queda tiempo, amigo, oiga, ¿cómo se llama?
-Diego. –respondí.
-Escuchame, Diego, sacalo ya de acá, llevátelo.
-Pero, ¿por qué?
-Porque nos van a acribillar. Al chico, a vos y a mí.
-¿Quién nos quiere acribillar? –yo estaba al borde del peor infarto jamás imaginado.
-La policía, boludo, la cana. Quieren matarme, pero el objetivo es liquidar al pibe. –Sacó un rollo de billetes y trató de alcanzármelo. Lo rechacé y miré al niño, partía el corazón.
-Llevate la guita, yo no la necesito, agarrá, es guita limpia, agarrá, pedazo de boludo!
-Toto, vámonos, vos dijiste que íbamos a ir a una pileta… -el chico se veía desconsolado.
El marine se puso en cuclillas, le dio un golpecito viril en la espalda y le arrancó una sonrisa llena de mocos.
-Jefe Pinki, le ordeno que se marche con el amigo Diego, que en un mes los voy a alcanzar para ir a la pileta… ¿Está de acuerdo, jefe Pinki?
Se sacó los mocos con la manito, asintió con la cabeza y le dijo:
-¿Y me puedo llevar tu pistola? – los brillos volvieron a sus ojitos.
-No, jefe Pinki, usted es muy chiquito todavía…
Un estruendo de sirenas estalló en el horizonte.
-¡Diego, por favor! ¡Rajen, rajen! Ya están llegando.
La mañana pareció electrizarse. Un helicóptero empezó a asomarse desde el oeste. Levanté en vilo al pequeño Pinki, me metí en el auto y salí arando sobre el pastizal de la banquina.
Segundos después alcancé a ver la polvareda del auto plateado huyendo por un camino de tierra vecinal. Aceleré, casi no sentía mi cuerpo, Pinki rebotaba de un lado a otro en el asiento trasero, y el bramido de los pases de velocidad del auto me desquiciaban más los nervios.
Empecé a escuchar tiros. Dos autos y el helicóptero disparaban sobre el auto plateado. Ay, carajo, en qué me metí, pensé. Hasta que una explosión retumbó en la mañana abierta. Detuve de a poco el auto al costado de un puente de madera. Miré por el retrovisor. Desde el camino vecinal, naciendo del polvo, unas llamaradas y el humo negro contaban que el auto plateado ya no existía.
Busqué con mis ojos a Pinki. Muy serio, sentadito, se hurgaba la nariz.
-¿Estás bien? – le pregunté.
Suspiró y echó una mirada fuera de la ventanilla.
-Hay muchos hombres malos, pero Toto no es el peor. –dijo, y se largó a llorar.










