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9 de julio de 1816

Proyección continental de nuestra independencia

Hacia 1815, la marcha de la Revolución Hispanoamericana se había complicado gravemente. Napoleón, quien se había apoyado en la Revolución Francesa para establecer su dominación en Europa, había sido derrotado definitivamente en Waterloo en 1815.

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El rey de España, Fernando VII, en cuyo nombre se había realizado la Revolución en América por su cautiverio a manos del Emperador francés en 1808, estaba de regreso en el trono y dispuesto a restablecer su gobierno absolutista y despótico, sin contemplación alguna hacia los gobiernos revolucionarios surgidos en sus dominios americanos. 

Las potencias absolutistas europeas vencedoras habían reunido el Congreso de Viena en 1814 y organizado la Santa Alianza con el fin de restaurar el absolutismo monárquico y perseguir todos los movimientos republicanos, liberales y nacionalistas surgidos durante la era napoleónica.

En Hispanoamérica

Como consecuencia de esta situación, en abril de 1815 un poderoso ejército español de 10.000 efectivos con 17 navíos, al mando del general Pablo Morillo aplastó la insurrección en Colombia y Venezuela, obligando al libertador Simón Bolívar a exiliarse en Jamaica. 

Similar situación se vivía en otros focos de insurrección, como Santiago de Chile, México y Quito, en Ecuador. Sólo en el Río de la Plata se mantenía a duras penas la revolución, convirtiéndose en una luz de esperanza en esos años de prueba para el movimiento emancipador hispanoamericano.

En nuestro país se había producido la caída del Directorio de Carlos de Alvear por la Revolución de 1815 y el fracaso y disolución de la Asamblea de 1813, que no había cumplido su cometido de declarar la independencia y sancionar una constitución. El país estuvo al borde de la anarquía y la disolución. La situación era muy grave, pues no existía ya un gobierno central que hiciera frente a la marcha de la guerra en varios escenarios.

Convocatoria al Congreso

Producida la acefalía del Estado por la renuncia de Alvear y la disolución del Congreso, el Cabildo de Buenos Aires tomó las riendas del poder y convocó a un grupo de electores de la capital que designó al Director Supremo Provisional y una Junta de Observación cuya función era redactar un Estatuto Provisional que evitase el poder excesivo del Director Supremo. 

Las provincias rechazaron este nuevo gobierno y el Estatuto por ser producto de una elección de la capital. Pero aceptaron la cláusula por la que se convocaba a todas las provincias a un Congreso General a reunirse en la ciudad de Tucumán para sancionar una Constitución.

La dirigencia patriota había madurado después de las vacilaciones e indefiniciones que condujeron al fracaso del año XIII y ansiaba una definición sobre las cuestiones fundamentales del Estado, como la Independencia, la Constitución y la forma de gobierno que se debía adoptar para integrarse plenamente al mundo de las naciones soberanas.

Reclamos de Independencia

Antes de deliberar sobre la Independencia, el Congreso debió resolver la elección del Director Supremo de las Provincias Unidas. El 3 de mayo de 1816 se eligió a Juan Martín de Pueyrredón en ese alto cargo por amplísima mayoría de diputados. Era un revolucionario de la primera hora, héroe de las luchas contra las invasiones inglesas de 1806 y 1807, hombre de orden y de mucho prestigio. Fue un acierto su elección, porque logró unir a las distintas facciones en pugna, impulsar y respaldar la campaña libertadora de San Martín, y dar el impulso final a nuestra independencia.

Distintas personalidades comenzaron a urgir al Congreso para una categórica definición sobre nuestra independencia. El general San Martín, desde la Gobernación de Cuyo; el general Güemes, desde la frontera Norte; el general Manuel Belgrano y el director Pueyrredón instaban a los diputados a una resolución del problema.

San Martín, en carta del 12 de abril al diputado Godoy Cruz, le reclama a su amigo una rápida definición de la cuestión: “Hasta cuándo esperaremos para declarar nuestra independencia? (…) si esta declaración no se hace, el Congreso es nulo en todas sus partes, porque reasumiendo éste la soberanía es una usurpación que se hace al que se cree verdadero, es decir a Fernandito (…) Ánimo, que para los hombres de coraje se han hecho las empresas”.

Con respecto a Manuel Belgrano, su designación como jefe del Ejército Auxiliar del Perú como apoyo a las avanzadas de Güemes, y en especial su presencia en Tucumán en el mes de junio, llamado por el Congreso, fue también un factor decisivo para acelerar la declaración, dado el prestigio que tenía entre los diputados de ese cuerpo.

Declaración de la Independencia

Antes de abocarse a tratar el tema de la Independencia, que despertaba gran expectativa en todos los sectores, el Congreso resolvió escuchar en sesión secreta el informe de Manuel Belgrano, quien había estado en Europa en misión diplomática, sobre el estado de la opinión en Europa respecto de la Revolución Americana. El Congreso necesitaba saber cómo iba a recibirse en las cancillerías del viejo continente el paso decisivo de nuestra emancipación.

Finalmente, llegó el 9 de julio, fecha en la que el presidente del Congreso, Francisco Narciso Laprida, propuso tratar el punto tercero del temario del Congreso sobre la independencia. Consultados los 29 diputados presentes sobre este punto, resolvieron todos –según consta en el acta- y como representantes de “Las Provincias Unidas en Sudamérica”, declarar en forma solemne a la faz de la tierra la ruptura de los violentos vínculos que nos ligaban a los Reyes de España, recuperar los derechos de que fueron despojados, e investirnos del alto carácter de Nación libre e independiente del rey Fernando VII, sus sucesores y metrópoli”, con el agregado posterior, el día 21 de julio: “y de toda otra dominación extranjera”. 

Con esto el Congreso reivindicaba la libertad e independencia no sólo del Río de la Plata, sino de toda América. Se reivindicaba también el sentido americanista de la revolución, el propósito de unidad continental, y el compromiso de luchar contra toda idea o proyecto de dominio extranjero. 

San Martín reclamó este pronunciamiento, no sólo para llevar adelante su empresa libertadora como general de una nación soberana, sino para promover esa misma declaración en Chile y Perú, como efectivamente hizo a partir de 1817. 

Y nuestra historia o la historia americana puede registrar que el Ejército Libertador de las Provincias Unidas contribuyó efectivamente a la libertad e Independencia de Chile y Perú, con vistas a constituir el gran Estado Unido de América del Sur: proyecto que estaba en las mentes de San Martín y de Simón Bolívar, pero que las disensiones internas impidieron concretar.

La declaración fue recibida con gran júbilo en todas las poblaciones de las Provincias Unidas. En Tucumán se realizaron grandes festejos el día 10 y pocos días después, el 21, se realizó el solemne juramento de la Independencia por parte de los congresales, el Poder Ejecutivo y el pueblo. 

(*) El autor es miembro de la Junta de Estudios Históricos del Chaco.

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