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Libros recomendados

Hombre reunido

Autor: Santiago Kovadloff
Editorial: Emecé 2016

Es posible que el origen y el fundamento de toda la obra de Santiago Kovadloff residan en su poesía, en su resonancia fulgurante, en la contundencia que cada palabra cobra en su verso.

Desde el temprano Zonas e indagaciones hasta el reciente Hecho de cosas pequeñas, este volumen reúne todos sus libros de poesía hasta la fecha. La belleza, el amor, la naturaleza, el arte de escribir, los objetos cotidianos, la mujer, los hijos, el envejecer son algunos de los temas que el poeta convierte en materia propicia de su arte.

Musical, sencilla sólo en apariencia, íntima y a la vez universal, la de Kovadloff es una poesía para leer en voz alta, para paladear, para releer y meditar. Porque, como escribió Roberto Juarroz:

“Algo aquí nos recuerda
que es necesario a veces
sofocar nuestra sádica inclinación
de poner nombre a las cosas.
Sólo así pueden las cosas
presentarnos lo innombrable
y también aliviarnos un instante
de nuestro propio nombre”.

Santiago Kovadloff nació en Buenos Aires, es ensayista, poeta, traductor de literatura de lengua portuguesa y autor de relatos para niños. Se graduó en Filosofía en la Universidad de Buenos Aires.

Es Doctor Honoris Causa por la Universidad de Ciencias Empresariales y Sociales (UCES) y profesor honorario de la Universidad Autónoma de Madrid.

Es miembro correspondiente de la Real Academia Española, miembro de número de la Academia Argentina de Letras y de la Academia Nacional de Ciencias Morales y Políticas. Se desempeña profesionalmente como profesor privado de Filosofía y conferencista.

Su obra literaria incluye los siguientes títulos:

Ensayos: El silencio primordial, 1993; Lo irremediable, 1996; Sentido y riesgo de la vida cotidiana, 1998; La nueva ignorancia, 2001; Ensayos de intimidad, 2002; Una biografía de la lluvia, 2004; Los apremios del día, 2007; El enigma del sufrimiento, 2008 y El miedo a la política, 2010.

Poesía: Zonas e indagaciones, 1978; Canto abierto, 1979; Ciertos Hechos, 1985; Ben David, 1988; El fondo de los días, 1992; Hombre en la tarde, 1997 y Ruinas de lo diáfano, 2009.

Relatos para niños: República de evidencia, 1993; El tobillo abandonado, 1994; Agustina y cada cosa, 2001; Natalia y los queluces, 2005 y La vida es siempre más o menos, 2005.

Tradujo al portugués canciones de Joan Manuel Serrat y uno de los espectáculos del conjunto argentino Les Luthiers. Con Marcelo Moguilevsky y César Lerner integra un Trío de Música y Poesía.

Obras suyas fueron traducidas al portugués, al francés, al alemán, al italiano y al hebreo.

EL DÍÁ

Despertar en la cuadra donde vivo induce a confusiones:
trinan los jilgueros, hay un piano matutino
y el agua mansa de un jardín murmura en la ventana.
Sepultado en ese suelo de ensueño y de pereza,
yace sin embargo el doblez de las palabras,
el áspero cemento en que circulo,
el perfil súbitamente extraño de tu cara.
Bastará abrir los ojos para soltar la jauría.

ASCENSO DE JUAN SEBASTIÁN

La pequeña sonata de Bach busca el sitio donde vivo.
Deja atrás el cuarto piso que brota,
burla una descarga de inodoro,
la voz metalizada de un televisor,
sube y perfora un espeso olor a frito,
paredes plastificadas,
ventanas de blindex,
un cerrojo inoxidable,
y arrastra y barre, en su camino hacia lo alto,
cartas, cuentas, guantes, dudas,
tu lamento de olvidada
y los restos del hombre impuro
que ocupa mi habitación.

IOM KIPUR

Mi hija, Señor, no es como yo la quise
ni yo, Señor, como ella me soñó.
Aun así,
sentados y en ayunas,
los cuatro juntos
miramos televisión.

DE NOCHE EN EL CAMPO

Estalló un madero en la oscuridad.
Fue un quejido seco, claro.
Vino de una pared del ropero
o vino del respaldo de una silla.
No fue un ruido venido de afuera.
No fue el paso de un intruso.
No fue el eco desvelado
de un animal que deambulaba.
Fue un madero.
Crujió y se hizo oír
quizá al cabo de muchas horas
días acaso, meses soportando
la presión de lo indecible.
No hay lugar a confusión: oí un madero.
Un madero que gime como un alma.
Estalló en la oscuridad.

HOGAR

Llueve copiosa, llueve amorosamente.
Pero el bullicio de la radio en la cocina
impide oír la lluvia
con la intimidad que yo quisiera.
Hay en toda la casa
una luz conmovedora, leve y acerada;
luz del día decantado por la fuerza de la lluvia.
Busco entonces la sala
para escuchar llover como quisiera.
Pero en la sala, mi hijo y sus amigos
aguardan jubilosos el almuerzo,
y en el cuarto, mi mujer
ríe y habla por teléfono.
No hay dónde escuchar la lluvia.
Es una pena.
No siempre llueve así, con abundancia,
no siempre con grandiosa plenitud.
Está visto: una casa feliz
no es lugar para oír la lluvia.

AMANECE

Es curioso: oigo llover y a la vez cantan los pájaros.
Podría ser que el agua recién comience a caer
y que los pájaros aún no lo hayan advertido.
O podría ser que los pájaros lo hayan advertido
y estén, en realidad, dejando de cantar.
Pero podría ser también que haya empezado a llover
y que los pájaros lo sepan
y aun así se larguen a cantar,
y que por fin haya nacido el día inesperado.

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