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Zapatos azules

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Turi, no podés dejar que eso te gane, se escuchó en el taller de Pascual. Turi era yo, y lo que no me tenía ganar era un guardabarros que estaba trabado en un costado del capó por el abollón de un accidente. Pascual era mi tío, el que me dijo que no podía ganarme ese pedazo de metal. De pronto supe que todo lo que me rodeaba, el tío Pascual, ese viejo tinglado, era toda mi vida, mi miserable existencia. Me pareció absurdo y mezquino. 

Miré al tío. Sudaba gota a gota sobre un motor debajo del capó levantado de un Peugeot 504. La imagen me dio gracia: las fauces del auto estaban por devorarse al tío Pascual de un brutal bocado. Cada tanto, sacudía la cabeza para espantarse unos moscardones que lo asediaban. Descubrí que trabajábamos sin descanso en un muladar sucio de osamentas de autos y motos. 

Era muy difícil limpiar más a fondo el lugar: la mugre era como una melaza color óxido que untaba hasta el aire, los agrios olores a grasa, caucho viejo y nafta usada eran tan habituales que calculo que mi olfato había perdido toda su sutileza, si alguna vez la tuvo. Ahora, si caminabas hacia el bañito, hasta el fondo del pasillo estrecho, te asaltaban olores a cuero, como de talabartería, en la antesala al universo de los orines y los papeles de diarios arrugados alrededor del excusado. 

Era nuestro paisaje de todos los días. Yo trabajaba allí desde los trece años y hacía unos días había cumplido diecinueve, ya lo consideraba mi hogar y de hecho lo era. Al fondo, detrás de los cajones y cajas vacías, estaban mi cama, una mesa, el velador que imitaba una calesita de plástico, un calentador a querosén Primus y la pequeña heladera que heredé de la tía Herna y su ruidoso motor de tractor. La ropa estaba sobre dos cajones de Bardahl y mi gorra de Goodyear colgaba de un clavo.

Mi tío, Pascual, era un viejo tacaño, de ceño severo que no hacía más que trabajar y putear contra el trabajo. Creo que lo tomaba como un castigo. Hacía seis años más o menos que, al cargar y cerrar su escopeta en el dormitorio,  se le escapó un disparo que le metió nueve perdigones en la espalda a la tía Herta mientras colgaba canturreando un vestido nuevo en el ropero. 

Los perdigones del 12 no son garbanzos. Fueron indecibles las escenas que siguieron a semejante desgracia. Desde entonces, el tío abandonó su cara en un gesto extraño, como engastado en una permanente angustia, como si el dolor se le hubiera solidificado hasta convertirse en una piedra maligna.

Se salvó por poco de ir a la cárcel, un abogadito joven y ambicioso  se desvivió con la defensa que le hizo.

Yo llegué tiempo después del accidente y lo que recuerdo es la oscuridad triste de la casa, la opacidad de la madera de los muebles, todo brillo había perecido en esa casa. La puerta del dormitorio de la tragedia estaba clausurado, sellado como un panteón y el otro cuarto, grisáceo, en el que dormía mi tío y los inquietantes portarretratos vacíos con huellas de haber exhibido fotos en otro tiempo: se veía medio terrorífico. 

Salía los sábados a la tarde hasta el pueblo y no me podía quejar de mi vida. La pista de baile se hallaba a un kilómetro de distancia y allí uno podía encontrar chicas para bailar y hasta para escaparse al bosquecito de aromos.

El resto era esa maldita guerra contra los metales viejos.

Tomé el martillo y golpeé repetidas veces sobre el pliegue metálico y se aflojó. Pascual lidiaba con el cárter metros más allá. Era de día, pero él necesitaba trabajar con las luces encendidas. Las ventanas, altas, eran pequeñas y le faltaban los vidrios. 

Turi, apagá la radio que me está rompiendo las pelotas- gruñó. Apagué la radio. Tenía sed, dejé el guardabarros y busqué con la vista la batea y la canilla. Una fatiga enorme cubrió mis huesos y músculos. Llené el jarro con agua, me enjuagué la cara y mojé el pelo y la nuca. Me senté en el banquito, me recosté contra la pared y cerré los ojos.

En la puerta del taller surgió una delgada figura de mujer. Cuando avanzó tímidamente unos pasos, con su cartera agarrada con ambas manos, volvió a detenerse. Se había parado algo oblicua, había en ella cierto desamparo. Golpeó las manos tímidamente. Me aproximé limpiándome la mugre de las manos con un trapo. 

Era muy joven, no parecía haber cumplido aún los veinte años, sus ojos enormes color vainilla disimulaban tal vez sus rasgos poco agraciados. Los cachetes color durazno le alegraban el rostro, pero su boca de labios finos parecía temblar, tenía miedo. 

Le dije hola y ella sonrió y saludó con un leve golpe de cabeza. Tenía unos tobillos bonitos y unos zapatos azules que me llamaron la atención. 

Levanté y le ofrecí el banquito para que se sentara. Lo hizo con un movimiento rápido y avergonzado, a pesar de que su vestido era de un delicado tono rosado. Y me miró como jamás me habían mirado: largamente, como un pequeño pez aturdido en una pecera.

De pronto dijo soy la señorita Lila Farucci y busco al señor Pascual Ramos.

Mi tío, dije. No sé, me dijo ella y añadió: yo quiero verlo, nada más, quiero decirle algo. Mi tío se hallaba al otro extremo del galpón, enfrascado bajo el capó de un auto. Lo llamé y el viejo se aproximó.

Hola, señor Ramos, después de muchos años de dar vueltas, me enteré de que usted es mi papá.

El viejo se puso cárdeno y afloraron sus venas furiosas. Le gritó que se mandara a mudar, que él jamás tuvo hijos o hijas, que era una farsante. Tuve que interponerme, porque dio la sensación de que la golpearía. La acompañé hasta el portón de entrada, lloraba en silencio, para mí todo era un horror. Esa escena era un horror.

Regresé y mi tío, agitando una llave inglesa en su mano engrasada, me dijo: ¿Viste? Tenía zapatos azules. Asentí.

 Acordate siempre, Turi, los zapatos azules traen mala suerte.

El taller recuperó sus olores y ruidos. Todo lo que me quedaba por delante era ajustar una tuerca. Eso era todo mi plan para el futuro.

Salí del taller. La avenida se veía desierta. Ya lejos, distinguí a la muchacha alejándose hacia la terminal de micros. Si yo hubiera sido ella, tendría el corazón roto, y me hubiera sentado en un banco de la plaza para llorar hasta romperme los ojos.

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