La primera gran “fake new” de la historia
Las noticias falsas, conocidas también con el anglicismo fake news, consisten en contenido pseudoperiodístico difundido a través de portales de noticias, prensa escrita, radio, tv y redes sociales y cuyo objetivo es desinformar.

El Great Moon Hoax (Gran engaño de la Luna) fue una noticia falsa publicada en una serie de seis artículos periodísticos aparecidos en agosto de 1835 en el diario neoyorquino The Sun, informando sobre el descubrimiento de vida en la Luna. Se la considera la primera gran “fake new” porque, claramente, tenía como objetivo fidelizar lectores, subir las ganancias, y se publicó a sabiendas de que se trataba de una falsedad.
Aquel periodismo del 1800
Promediando el siglo XIX, la prensa se estaba dividiendo entre aquellos diarios respetables donde escribían las plumas más destacadas de la literatura y la filosofía, y los incipientes “tabloides”, cuyo formato más pequeño obedecía a la necesidad de ahorrar papel para bajar costos.
Los tabloides eran baratos y de fácil distribución y se convirtieron en una forma popular para que la clase media en ascenso leyera sobre el mundo y todo el increíble progreso que se estaba logrando en la ciencia y la industria, sin “aburrir” al lector con sesudas observaciones.
Afirmaban ser “políticamente independientes”, y su propósito era informar a su audiencia, pero también entretenerla. Al evitar el delicado tema de la política y la filosofía, podían atraer a una amplia audiencia gracias a la explosión de la alfabetización durante la Revolución Industrial. En 1835, The Sun era constantemente superado por los tabloides diarios rivales de la ciudad, especialmente The New York Herald, fundado casi al mismo tiempo. Entonces, el editor de The Sun, Benjamin Day, buscó la historia más sensacional que pudo encontrar para impulsar la circulación y desafiar al Herald.

La gran mentira
Lo que publicó The Sun en sucesivas entregas periódicas, en lo que hoy llamaríamos “suplemento”, no solo vencería al Herald sino que se convertiría en uno de los eventos de medios de comunicación más grandes del mundo, consolidando la posición de The Sun como uno de los tabloides diarios más influyentes durante más de un siglo.
Los artículos estaban firmados por un inexistente doctor Andrew Grant, seudónimo de Richard Adams Locke, uno de los periodistas del tabloide, aunque este siempre se negó a reconocer públicamente su participación en la redacción de la noticia.
“Grant” comenzó con la historia de la construcción del telescopio más grande del mundo en el Cabo de Buena Esperanza, capaz de identificar planetas alrededor de estrellas vecinas y hacer observaciones precisas de la superficie lunar, trabajo del que se encargaba el astrónomo británico John Herschel y el periodista se ocupaba de difundir.

Herschel era, efectivamente, un respetable astrónomo que por entonces estaba en Sudáfrica. Pero en una época sin telefonía ni otros medios de comunicación, pasó meses sin saber cómo se usaba su nombre.
La historia cada día pegaba más y Locke daba a los ávidos lectores más detalles increíbles de la superficie lunar, comenzando con el descubrimiento de flores de color rojo oscuro parecidas a amapolas y otras plantas en la Luna. Luego vinieron manadas de cuadrúpedos parecidos a bisontes que poblaban los bosques lunares, cabras azules con un solo cuerno y “una extraña criatura anfibia, de forma esférica, que rodaba a gran velocidad por la playa de guijarros”.
La última entrega no explicaba cómo el telescopio podía indagar en la psiquis y la religión de los selenitas, pero narraba el estado de completa armonía de aquella sociedad, aludiendo implícitamente a una inocencia edénica entre los habitantes de la Luna. Convenientemente, la última entrega también describía un terrible accidente que dañó el observatorio e impidió que Herschel hiciera más observaciones de la superficie lunar.
La historia que no se detuvo
Una de las características de las “fake news” es que una vez que salen a rodar ya no se pueden detener y se alimentan a sí mismas con agregados recogidos por el camino. Es así que otros tabloides notables también se sumaron el engaño, al punto que The New Yorker declaró que “la promulgación de estos descubrimientos crea una nueva era en la astronomía y la ciencia en general” y se atrevía a aportar más detalles gracias a sus “fuentes” en Sudáfrica, sin que nadie reaccionara ante lo que parecía ser un telescopio lleno de visitantes que se turnaban para mirar a la Luna y sus habitantes.

La historia pronto se difundió por todos los EEUU. The Sun afirmó que su circulación diaria se disparó a 19.300 ejemplares, superando al tabloide diario más vendido en el mundo, The London Times, cuya circulación diaria era de alrededor 10.000.
Aunque muchos sospechaban que la historia era un engaño, había pocas formas de verificar la veracidad de una manera significativa u oportuna, y con un viaje de ida y vuelta en barco a Inglaterra que tardaba más de un mes, incluso la verificación del dato más superficial llevaría semanas.
Lo irónico es que los barcos que navegaban desde Inglaterra también traían copias de la historia de The Sun que se difundieron por Europa, por lo que si un tema llegaba del Viejo Continente y corroboraba el relato de The Sun, no había motivos para dudar.
En poco tiempo, los periódicos de Francia e Italia estaban reimprimiendo la historia completa, con ilustraciones y otros detalles de The Great Moon Hoax. La suerte estuvo del lado de The Sun: la oficina principal de su competidor, el New York Herald, se había incendiado y el diario estuvo sin salir a la calle hasta el 31 de agosto de 1835, día de la última entrega de la serie de The Sun. No había nadie lo suficientemente prominente como para desafiar la historia, hasta que ya se había extendido entre el público.
Sin embargo, The Sun no pudo mantenerlo para siempre. The Herald publicó una refutación de la historia en su primera edición tras el siniestro, una vez que se reanudó la publicación, escrita por el editor del periódico, James Gordon Bennett. En “The Astronomical Hoax Explained”, Bennett acusó a The Sun de fabricar la historia e identificar a Locke como su verdadero autor.
También fue uno de los primeros críticos en señalar que el Edinburgh Journal of Science, revista científica que The Sun citaba como su fuente de confirmación, ya no se publicaba pero, como suele decirse, “nadie lee la desmentida”. Además, la gente quería creer en esa “fake new” en una época de durísimas condiciones sociales y laborales, cuando la Revolución Industrial transitaba sus últimos años.
“Lástima que no es cierto”
Si bien el “Gran Engaño de la Luna” de 1835 tiene todo lo que tiene que tener una “fake new”, hay pruebas sólidas de que realmente estaba destinada a ser una sátira sobre el mundo científico, al menos para Locke. Hay testimonios de que el periodista les dijo a sus amigos que todo era una mentira para elevar las ventas, pero obviamente los estándares periodísticos que hoy conocemos no existían en 1835, y pasarían décadas antes de que los diarios adoptaran un enfoque más “objetivo”, como se espera que hagan hoy.
Esa expectativa es un componente importante de las noticias falsas modernas y, sin ella, la etiqueta no encaja del todo en este caso. Los lectores de The Sun aparentemente se rieron mucho al final, pero se mantuvieron fieles incluso después de que el público llegó a saber del engaño.
Herschel, todavía en Sudáfrica, se enteró del “Gran Engaño de la Luna” de 1835 mucho más tarde ese año, pero él también se rió de ello: “Es una lástima que no sea cierto”.










