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La trampa de la intolerancia

Nunca, en la historia de la humanidad, las personas tuvieron a su alcance tanta información y posibilidades de conectarse con otras sin importar las distancias, como ocurre en este vertiginoso siglo XXI gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación y, especialmente, a las redes sociales. Pero este fenómeno, lejos de ayudar a construir sociedades más plurales y respetuosas de los otros, parece estimular comportamientos tribales que promueven visiones radicalizadas del mundo. En términos futbolísticos, es el caso de los hinchas que solo ven las infracciones que comete el equipo rival.

Si bien es cierto que la polarización no es un invento argentino (basta analizar lo que fue la presidencia de Trump en Estados Unidos, o los debates sobre inmigrantes que dividen aguas en la rica Europa), hace tiempo ya que la opinión pública nacional parece estar dominada por las posiciones extremas. Hasta las vacunas contra el Sars Cov 2 se han convertido en un terreno de disputa, cuando hasta hace poco, más precisamente antes de la pandemia, a nadie se le ocurría indagar sobre el origen de las vacunas contra la hepatitis A, hepatitis B, fiebre amarilla, rabia, polio, triple viral (sarampión, paperas y rubéola), meningitis, TDaP (tétanos, difteria y tos ferina), influenza y muchas otras que forman parte del calendario local o que eran exigidas a los turistas que se preparaban felices para viajar cada verano a Brasil, Estados Unidos o el Caribe.

En un ligero recorrido por Twitter, por ejemplo, se puede observar el grado creciente de fanatismo que gana terreno en esa red social, que es reconocida por muchos como la mejor plataforma para quienes quieren compartir su opinión sobre la actualidad o informarse sobre un tema especial. Sorprende cómo, en pocos caracteres, algunos usuarios plantean fuertes discusiones, a todo o nada, sobre comunismo o capitalismo, cuando el debate parecía haberse agotado tras la caída del Muro de Berlín. En la red social creada por Mark Zuckerberg el escenario no es muy distinto. En un artículo titulado “Cómo Facebook nos hace más tontos” escrito por el abogado norteamericano, Cass Sunstein, especialista en economía conductual, se explica cómo el algoritmo que utiliza esa plataforma analiza las preferencias de los usuarios y los vincula con mensajes que refuerzan sus creencias. Lo mismo pasa en YouTube: si uno mira varios videos con contenidos que aseguran que la Tierra es plana, lo más probable es que en su computadora o teléfono celular se multipliquen los mensajes de terraplanistas. Debido a que el algoritmo de estas plataformas está diseñado para evaluar las preferencias de los usuarios, ofrecerles a éstos lo que les gusta, comparten o adhieren, lo que ocurre es que se empieza a conformar así una mirada homogénea del mundo y de la sociedad. Las opiniones contrarias pasan a ser entonces una especie de herejía para los miembros de cada tribu.

Cabe aquí una aclaración: algunos estudios realizados para entender el cerebro humano sostienen que el hábito de estrechar relaciones con personas que comparten la misma mirada del mundo, se explica en la ventaja evolutiva que tuvo ese comportamiento. De ahí que las primeras comunidades hayan encontrado en la tribu la mejor manera de sobrevivir en un entorno que se presentaba hostil. La comunidad tribal surgió entonces como una estrategia para protegerse a uno y al grupo de pares. Pero, al parecer, el paso de los siglos no alteró esa tendencia humana a dividir el mundo en propios y extraños, más allá de que las diferencias sean reales o imaginarias. Es muy probable que la necesidad de pertenencia haya realizado el resto de la tarea.

En una charla que ofreció la bióloga Guadalupe Nogués, titulada “Cómo hablar con los que piensan distinto”, observa que aunque hoy se sabe que las vacunas contra el Sars Cov 2 funcionan y son seguras, hay personas que todavía siguen dudando porque dejan de lado la información y prefieren guiarse por las emociones o creencias muy arraigadas.

“Cuando la gente conversa solamente con los que piensan igual, sus opiniones se vuelven más extremas y homogéneas. Para tener una democracia saludable necesitamos que los que piensan distinto tengan conversaciones amplias, honestas y profundas”, reflexiona Nogués, a la vez que asegura que eso no es lo que está pasando hoy en el país.

Es importante, entonces, promover el juicio crítico, la pluralidad de ideas y el respeto por las opiniones del otro. Salir de la trampa de la intolerancia es uno de los mayores desafíos que tiene la sociedad para construir una verdadera democracia.

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