El chogüí de Ramada Paso
Dos gurises chaqueños pasaban sus vacaciones en Ramada Paso, pequeña localidad correntina cercana a Itatí. Sus aventuras en el campo de los abuelos se iniciaban ni bien terminaban las clases, a principios de diciembre.

Don Toto, el abuelo, se dedicaba a las tareas del campo, arar, sembrar, cultivar, y cuidar un generoso quintal de naranjos, limoneros, bananas, ananás, mandarinas, uvas y mangos, entre otras especies. También tenían aves de corral, cerdos, ovejas, caballos y vacas: la ceremonia de ordeñar era infaltable al iniciar el día, para que Doña Nélida, la abuela, pudiera preparar el desayuno y preparar exquisitos dulces derivados de la misma y de los frutos que venían de la quinta.
En ella, los gurises pasaban el tiempo recorriendo cuanto lugar tuvieran a su alcance, incluidas las visitas a la laguna cercana para pescar, bañarse, perseguir a los teros, andar a caballo por esas aguas azules de las lagunas correntinas. Era de sus placeres más ansiados, siendo pibes de ciudad, ir a “hondear”, es decir, cazar con gomeras (hondas) hechas por el abuelo con horquetas de madera del lugar, más cuero y una goma especial que se adquiría en el almacén de ramos generales de Itatí.
Según palabras de la abuela, no se podía cazar ni lastimar a los horneros, a los zorzales (que mansamente bajaban a picotear en las galerías, parraleras y amplios patios que rodeaban la vieja casona), como tampoco molestar a las aves en sus nidos que justo en esa época, iniciado el verano, empollaban sus huevos para el casi inmediato nacimiento de los pichones.
Ni qué hablar de acercarse a los nidos de avispas y abejas, que eran otra de las pasiones de los pibes: descubrir esos grandes globos de barro entre las ramas de los árboles, derribarlos para luego quitarle la miel con el riesgo de ser picados por las cabachuí, cabalazán (correr con las avispas detrás era pura adrenalina). Todo lo prohibido era lo más atractivo. Lo fue, lo es y lo será.
Sí estaba permitido hondear a las aves dañinas, como las palomas, las que según el éxito de la “caza” (más de un par), la abuela convertía en estofados o guisos (algo similar a la famosa “polenta con pajaritos”). También cohabitaban otras aves como los gorriones (llamados chachilos) pájaros carpinteros, garzas y biguás en la laguna, chajás, lechuzas nocturnas, caburés (sus plumas traen buena suerte), el pitogüé (con fama de mal agüero: su canto, de alegría o tristeza, anuncia embarazos en niñas o adolescentes, nacimientos o muertes).
La palabra de la abuela Nélida era ley: no se podía ir al bananal (por “el Porá”) no se podía salir en horas de la siesta, no se podía molestar a las gallinas ponedoras ni entrar en los corrales, ni en el sitio donde se guardaba leña, tabaco o maíz. Y había una razón: el mítico y temible “Pombero” hacía de esos sitios su lugar en el mundo, el país de las leyendas que existían y existen en el interior de nuestra región.
Petiso, barbado, con un gran sombrero y un poderoso bastón, gustaba del tabaco, la miel, el alcohol (la caña) y las mujeres jóvenes (gurisas del "sí fácil" y mala conducta, "taurongas" según la abuela). Y de las madres recientes: con su embrujo, cuando dormían, el duende de costumbres non sanctas les tomaba la leche materna.
Tampoco se podía subir a los árboles de noche (el hábitat natural del Yasý Yateré, otro duende jodido, muy popular en la selva misionera), ni adentrarse al campo en horas nocturnas (tanto el Pombero como la Luz Mala se te aparecían de repente, como las almas en pena, difuntos por muertes violentas que no encontraban paz).
Barrer de noche, ni se les ocurra: resultaba en mala suerte e infortunio. Ni dejar la mesa de la cena sin levantar: decía la otra abuela, Doña Amalia, que si dejabas platos, alimentos, vasos, el diablo (el Añá) se sentaba a comer de madrugada con sus ángeles oscuros. Puro realismo mágico en tierras litoraleñas.
En su mayoría, tanto las aves, las plantas, como los insectos tenían su propia leyenda, todas o en su mayoría provenientes de la generosa cultura guaranítica, originaria, aborigen, acallada por muchos años por la famosa y tristemente célebre “historia oficial”.
Ya de grande, y recordando mis vacaciones junto a mi hermano Alejandro en “el campo de los abuelos”, supe, por ejemplo, que la mariposa (panambí en guaraní), el colibrí (picaflor o mainumbí), el caráu (Aramus Guarauna, inmortalizado en chamamé famoso en voz y guitarra del querido Mario Bofill) y el chogüí (Celestino Común), son más que ficciones. Representan historias propias, atrapantes, de nuestro infinito acervo cultural nativo.
El chogüí, un niño soñador

Según aporta el colega Sebastián de la Selva, Chogüí era un niño que vivía con sus padres en una tribu de la selva misionera. Pero no era como todos. En lugar de jugar con otros niños, le gustaba internarse en la selva para hablar con los pájaros, a quienes consideraba sus mejores amigos. Muchas veces, sentado sobre el tronco de un viejo árbol, tomaba su flauta y tocaba dulces melodías que las aves respondían con sus trinos. En los días calurosos, cuando Chogüí se bañaba en las aguas del río, los pájaros chapoteaban junto a él en el agua fresca. Otras veces, seguía sigilosamente a los cazadores de pájaros para que no pudieran atraparlos.
El cacique, enojado por esto, lo reprendía y no lo dejaba salir por algunos días de la tribu. Entonces, Chogüí era visitado por las aves, con las que compartía sus granos, y ellas devolvían su generosidad llevándole jugo de naranja y miel en los picos.
Un día que Chogüí estaba en un claro de la selva un picaflor se le acercó desesperado. Sus pichones estaban en un árbol que había sido invadido por hormigas. Chogüí no lo pensó dos veces y subió inmediatamente, pero al trepar fue atacado por las hormigas, que le picotearon todo el cuerpo. A pesar de los dolores, Chogüí llegó hasta la rama donde estaba el nido y rápidamente lo tiro sobre la hierba, salvando así a los pichones. Atontado por las picaduras, cayó al vacío. El golpe fue tan grande que quedo con los ojos cerrados y sin moverse. Los pájaros, sorprendidos, lo rodearon. Con sus picos le echaron agua para reanimarlo, pero al poco tiempo comprendieron que Chogüí había muerto. Entonces un inmenso gemido de dolor recorrió la selva.
Una a una, las aves levantaron vuelo y, al cabo de un largo rato, volvieron trayendo en sus picos una flor color azul. Las había de todas formas y tamaños, pero todas eran azules, las preferidas de Chogüí, el mejor homenaje para su amigo. Lentamente, en la roja tierra misionera apareció una gran mancha azul sobre la que revoloteaban cientos de aves que formaban un arco iris, pidiéndole al dios Tupá que hiciera un milagro.
Cuenta la leyenda que, en ese momento, de la montaña de flores salió un pájaro azul cantando “¡chogüí, chogüí!” y se perdió en el cielo seguido de miles de aves. Desde ese día se lo puede encontrar en la selva misionera, los esteros correntinos y los montes chaqueños, sobre todo en los naranjales: un bello pájaro azul cuyo canto dice “chogüí, chogüí”.
De esta historia nacieron numerosas canciones. La más famosa, escrita en 1975 por el mexicano Rigo Tovar, fue cantada y grabada por el mismísimo Julio Iglesias en sus años de gloria. Mientras, los gurises cabezudos aún siguen hondeando, mariscando; traviesos hermanos en horas de la siesta, desafiando al Pombero y a otros duendes, en el País de la Infancia: Ramada Paso, pueblito de arenas blancas y lagunas azules, el campo de los abuelos.










