Ovaldo Mazal
Los recuerdos funcionan como abrigo. Después de leer lo que él mismo llamó un “mamotreto”, afloran lecturas pasadas y presentes.

Nos comunicamos por teléfono: uno en Corrientes, el otro en Posadas. Primero algunas palabras tímidas sobre el clima, la situación epidemiológica, las distancias. Y luego el silencio, breve, pero necesario, para entrar en el devenir de preguntas y respuestas.
Osvaldo Mazal se recibió de ingeniero civil en la UBA y es licenciado en Letras y magíster en Semiótica por la Universidad Nacional de Misiones. Hizo programas de radio, recibió distinciones importantes dentro y fuera de Misiones.
“No busco ni pretendo una carrera como escritor. Empecé a los 53 o 55 años a escribir”, se excusa, como quien quiere quitar el pie del asfalto donde ya están marcadas sus huellas.
Hace casi un año se publicó su más reciente novela, “Andrés vuelve, o la risa bárbara”, publicación enmarcada dentro de la colección narrativa “La tierra sin mal”. En esta novela se cruzan Artigas, Andresito, Mijail Bakunin, Horacio Quiroga, Macedonio Fernández, Luis Alberto Spinetta, Dylan Thomas, Paul Klee, entre los nombres que fui separando mientras viajaba entre Siberia, Paraguay y Misiones.
“El libro empezó con una idea que tenía de trenzar a Macedonio Fernández y Horacio Quiroga”, explica. “Había pensado un cruce histórico entre ellos, donde lo estético y lo político los atravesara. El escritor Ricardo Piglia, en un momento, había dicho que Macedonio le trazaba discursos a Hipólito Yrigoyen. Entonces surgió la imagen de un Macedonio radical y un Quiroga peronista. Además estaban otros personajes rondando, como Dashiell Caballero y su pareja LaGata Christie. Eso venía de un guion de cine que había escrito. Tenía ahí una trama con el asesinato de Danilo Espetun. Después me surgió la cuestión de Andresito y eso fue conquistando la novela. La relación de Macedonio y Quiroga quedó en un segundo plano. De Andresito me interesó hacer una antihistoria, un antiprócer. No quería hacer una novela histórica, tampoco es una novela policial, aunque ahora los géneros están todos traspasados”.

-La novela me remontó a una lectura anterior, donde alguien quería crear una sociedad secreta para revolucionar y quebrantar el presente. Aquí aparece “La Instalación” atravesando toda la novela, ¿cómo surgió eso?
-Apareció cuando ya estaba escrito el primer tercio de la novela. Iba en ese tren y algo me faltaba. Un día estaba conversando con un amigo, el escritor correntino Gabriel Ceballos. Habíamos hablado sobre la feria del libro de la ciudad de Alvear, un evento que reunió no solo a escritores, sino a artistas muy importantes. No sé por qué, ahí me surgió la idea de “La Instalación”. Cuando uno escribe todo lo que pasa en derredor, apunta o puede apuntar a la novela, entra de alguna manera. Así llegó a mí “La Instalación” como una red que se desplegaba por toda la provincia de Misiones.
-“La Instalación” también es un eje de la novela. ¿Te sirvió para enlazar los tiempos verbales y los tiempos de vida?
-Sí, “La Instalación” me sirvió para ir y venir en el tiempo. Cuando apareció, tuve que reescribir hacia atrás, hay capítulos autónomos para insertar su significado o su proceso. En ellos fui haciendo un juego con la idea del arte, y la concepción del arte y la política. No soy un tipo que tenga una visión conspirativa de la vida. Pero me doy cuenta de que las conspiraciones aparecen en mis las novelas. Surgen distintos grupos que están conspirando constantemente. He leído a Arlt, evidentemente algo de él se me inyectó en las venas, porque aparecen esas cuestiones que en Arlt eran constitutivas. En mí no sé si son propias, pero vuelven aparecer en cada nueva novela. Estaban en la novela anterior, “Darwin poeta”. Están ahora y aparecen –quizás menos– en la novela que estoy terminado de escribir.
-Hay un tridente muy interesante entre Andresito, José Gervasio Artigas y Mijail Bakunin. ¿Cómo apareció este último en la novela?
-Creo que no podría precisar exactamente un momento. Investigaba y de repente apareció de la nada. No lo tenía. Pensé en ese Andresito que se va a Siberia y larga todo en la región. Entonces, investigando, encontré que era contemporáneo de Bakunin. Entonces se metió en la novela la idea de una conspiración anarquista. El hecho de que ellos escriban juntos un manifiesto me permitió divertirme un poco.
-Uno de los personajes de la novela, Diego Pessoa, está escribiendo una novela para su mamá. ¿Para quién escribe Osvaldo Mazal?
-Bueno, ahí me pasó algo interesante. Mi mamá llegó a leer mi primera novela, “Darwin poeta”. Ella creía que muchas cosas que ahí estaban como ficcionales eran reales. Cuestiones relacionadas con mi viejo y ciertos diálogos que escribí que tuve con él. Ella decía que leyendo la novela se había enterado de conversaciones mías con mi viejo, esas cosas eran ficcionales y no tuve ánimo de desengañarla, ya estaba en sus últimos días. En esta novela, en cambio, ella tiene un rol importante; investiga también ella el asesinato de Danilo, hace sugerencias y revela tramas. Fue una deuda, me hubiera encantado que ella leyera esta novela. Quizás tenga que destetarme de una dimensión familiar, aunque todo es ficción lo que estoy escribiendo. Volviendo a tu pregunta, ¿para quién escribo?. Es muy complejo. Este tipo de novelas no sé si tienen lectores. Escribo para divertirme. No voy a hacer una carrera de escritor a esta edad, no lo busco ni lo pretendo. Por supuesto uno escribe para que lo lean, pero mi afán no pasa por trascender por medio de la palabra.
-Te metiste con una figura de peso como Andresito en Misiones, quien también despierta odios en Corrientes, ¿por qué?

-Busqué rescatar una figura de Andresito que fuera menos prócer y más persona. En la provincia deberíamos tener otros próceres, para sacarle peso a Andresito, porque se volvió de mármol. Reivindico su figura, pero no debería ser el único héroe. Lo han colocado en un Olimpo de un solo dios y eso me resulta complicado de aceptar. Me parece que debería haber un par de dioses más, además de Andresito. Le tengo mucho cariño a este personaje y no busqué cortarle las piernas. La literatura hace ficción y no está atada a una visión política.
-Hemos hablado de que hay varios ejes, uno de los que no mencionamos es el sexo. Hay prostíbulos, prostitutas, pajas, ¿por qué?
-Cada vez que hay una pareja en mi novela, inevitablemente hay sexo. En la primera también fue así, en “Darwin poeta” fue así. Haya que decir también que el sexo es parte de la vida, es casi indisoluble, así que también está presente en una novela de ficción.
-Volviendo a la figura de Andresito: ¿hay que matar un poco o del todo a este prócer histórico?
-Cuando se empieza a revisar la historia de Misiones se hace desde los primeros pobladores, lo que hoy dan en llamar los pueblos originarios. En ese contexto, Andresito tuvo una participación activa defendiendo estas tierras. Me parece que tiene merecido su lugar de prócer. Sin embargo, creo que debería abrirse el juego hacia otro prócer. Habría que buscar otro personaje histórico que circule para no gastarlo a Andresito, porque se está convirtiendo en un retrato oficial, distanciado de la gente. Creo que no estaría mal abrir la jugada. Ojo, no soy historiador, y miro esto simplemente desde el punto de vista de un ciudadano de Misiones.
-¿Qué significa la aparición de la novela en la colección narrativa de “La tierra sin mal”?
-En principio es bueno el cruce dentro de un mismo sello editorial con autores de diferentes provincias de la región. Hablamos del Chaco, Corrientes, Misiones, Formosa y Santa Fe. Creo que el antecedente se remonta a una reunión que tuvimos en el 2019 en Posadas, Misiones. Nos habíamos juntado varios escritores y escritoras para estrechar lazos y ver posibilidades de circulación. Hay que decir que muchas veces en cada provincia recibimos material de Buenos Aires antes que libros de autores del Litoral. Esto debido a cómo se editan los libros y cómo circulan. La aparición de “Andrés vuelve” en la colección fue el marco propicio, ya que es un nexo entre autores de la región. Entonces creo que es afortunada la idea de que pueda circular más la narrativa de la región por la región.
-Cuando comenzamos la charla hicimos referencia al mamotreto de la novela, son más de 400 páginas. ¿Tenés en mente un lector ideal?
-En cierta forma uno tiene una idea de lector en la cabeza, que no tiene imagen o nombre, pero hay una idea de lector. No es una persona concreta. Hay un tipo de lector que puede interesarse o tener el placer de bancarse un viaje por Siberia, Paraguay y Misiones. Hay personas que me dijeron que tenía que acortar la novela. En lo personal pienso que esto es lo que escribí, esto es lo que hice y lo que quiero hacer. Hacer una novela corta para ganar más lectores no me parece afortunado. Además, estoy en tiempo de descuento y no voy hacer una carrera de escritor. No hay que enloquecerse con eso, no vivimos de esto y no vamos a vivir de esto, así que nos damos el placer de escribir, nada más.

De Juan José Haer a Juan José Saer
“El escritor Juan José Haer se sentaba siempre en la misma mesa del bar Eldorado, junto a una ventana. Sacaba un cuadernito con espiral, una lapicera fuente, de esas con cartucho, pedía una café y una ginebra, observaba un rato la calle y otro rato a las prostitutas que a esa hora temprana bostezaban y conversaban aburridas en la barra, y después empezaba a escribir. En eso estaba esa tarde lluviosa cuando se le acercó Diego, acompañado de LaGata Christie”, dice un fragmento de la novela.
En la charla con Osvaldo Mazal volvemos una y otra vez a los referentes que aparecen en la novela. Uno de ellos es el personaje Haer, que en la novela le da consejos a Diego Pessoa sobre cómo escribir una novela. “Uno de los consejos que da Haer es meter metáforas”, explica Mazal. “En eso le hice caso y están las metáforas en la novela. En un principio quería meter una por página, pero era muy inverosímil. Así que fui limpiando. Tenía que tener más de 400 metáforas y eran muchas. En cierta forma estoy desnudado el proceso de escritura”, desliza.
“Saer tiene un policial que se llama “La Pesquisa”. Es muy bueno, porque en el final hay dos posibles asesinos y nada queda dilucidado. El lector tiene suficientes argumentos para que cualquiera de los dos personajes pueda ser el asesino. Saer jugó con el policial de una manera magistral, entonces lo puse ahí porque yo también iba a jugar con el género, pero desde mis limitaciones. En la pareja de investigadores invertí un poco los roles, porque el investigador es medio tonto y el ayudante es el inteligente. Ese juego me resultó importante”, explicó Mazal.
Andrés Vuelve o la Risa Bárbara

Las autoridades cívico-militares y los asesores internacionales de las fuerzas militares y policiales paraguayas habían conseguido armar un mboyeré filosófico, una mezcla conceptual que no solo justificaba la práctica de la tortura, sino que la elevaba a una dimensión estética. Esa argumentación comenzó a rodar con ciertas particularidades en la zona allá por mediados de la década del sesenta, de la mano de míster De Quincey, por esos tiempos agente de la CIA apostado en la zona de Encarnación (años después terminó montando un McDonald’s en Foz de Iguazú, mera fachada de su floreciente actividad como traficante de niños, ya fuera enteros o divididos en órganos convenientemente refrigerados en cajitas de tergopol).
De Quincey fue haciendo correr la idea de que en realidad la tortura, que era estrictamente necesaria para poder triunfar sobre el marxismo apátrida o comunismo internacional, debía dejar de ser considerada en términos morales, esfera en la que para muchos no tenía demasiadas posibilidades, y pasar a valorarse desde el punto de vista de su dimensión estética. Ámbito que, en el fondo y reconozcámoslo, siempre da para todo (“gustos son gustos” es la máxima casi inevitable que explica cualquier Estética en cuanto uno escarba un poco). En todo objeto o actividad hay algo no solo para rescatar sino para subrayar, para remarcar, decía además De Quincey muy serio y apelando a una verdad de las más primitivas que el sentido común ha prohijado: ya que hay que torturar, ya que ése es nuestro norte, seamos prácticos y hagámoslo lo mejor posible, el trabajo bien hecho libera y dignifica. “Arbeit macht frei”, repetía en tono marcial y a la vez lleno de nostalgia por otros ámbitos y otras épocas. Como si extrañara sin haberlo aspirado nunca el olor acre de los crematorios humanos, que supieron trabajar a full y produciendo en serie durante la segunda guerra en varios bosques de Alemania y de Polonia. Y ahí le daba la última vuelta de tuerca a su razonamiento: si todos hiciéramos bien nuestro trabajo, el mundo sería distinto y seguramente más bello. Y si el bien se resiste a aparecer engarzado en la naturaleza cruel de nuestras tareas habituales, decía, busquemos el sentido de nuestro quehacer en el mencionado ensamble entre el bien y la belleza: nuestro trabajo no tiene porqué ser sórdido y hasta podría llegar a alcanzar dimensiones sublimes gracias a su orientación general hacia el bien de la humanidad. Además, ningún artista debería amilanarse ante la posibilidad del uso de la crueldad, que siempre es reveladora y es constitutiva del arte como el carozo del fruto, decía entusiasmado De Quincey supuestamente citando a un tal Artaud, ante el mudo escepticismo o más bien la desconfiada apatía de su auditorio policial, que no llegaba siquiera a sospechar de esa mezcolanza conceptual e ideológica porque no entendía un carajo.
Los oyentes habitualmente se perdían, ya en el momento del discurso de De Quincey en el que el supuesto bien se transformaba en belleza. Desde ahí en adelante, era como si De Quincey hablara solo. Todos asentían pero todos pensaban en otra cosa. De Quincey asistía a las sesiones nocturnas en el calabocito vestido con un carísimo saco de lino blanco o color té con mucha leche, pantalón y zapatos al tono, anteojos rayban con montura de oro y pañuelo rojo de seda china con dibujos búlgaros al cuello. Y se enojaba si algo o alguien lo salpicaba durante la sesión. Los muchachos teté, entre ellos el joven sargento Gaspar Rodrigo Caballero, fueron comprando en cómodas cuotas el complejo argumento de una supuesta simbiosis entre crueldad y arte, y también de una supuesta continuidad entre el bien común por el que ellos trabajarían arduamente torturando en el calabocito, y la belleza del mundo. Lo compraron no se sabe si con ingenuidad o con alivio. Lo cierto es que el argumento era una tisana verbal que al menos les permitía dormirse con algo parecido a la paz del espíritu aquellas noches en las que no había fiesta alrededor de la mesada de madera del calabocito. El argumento que el turro de De Quincey fue limando a lo largo de los años era algo falaz, en la medida que se basaba en la irresponsabilidad de esos artistas de la tortura en relación con su obra, o al menos con los efectos de su obra. Porque, entre otros, había un problemita filosófico no resuelto en esa especie de sanguinolento esteticismo posmoderno que De Quincey postulaba: el material humano con el que se construían en el calabocito esas sufrientes obras de arte, digamos, nocturnas, era, es obvio, vivo y palpitante; tenía sin dudas demasiadas ganas de vivir y por eso mismo de estar en cualquier otro lado. Y en muchos casos, conocía a todos los artistas teté por sus nombres.










