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Sergio Schneider

Columnista

El mejor periodista ya no está

Creo que la primera vez que hablé con Rolando Núñez fue en 2003. Yo participaba en aquel tiempo de un programa de informes periodísticos que se emitía por Canal 9, y alguien me dijo que podía encontrar en él una buena fuente para contar la situación del Hospital Perrando, que era inaudita.

La gente era atendida en el viejo complejo de un siglo de antigüedad, que se caía a pedazos, mientras que a pocos metros de distancia, la nueva estructura –la que conocemos hoy- llevaba años prácticamente terminada pero sin que la voluntad política del gobierno de aquel entonces permitiera habilitarla.

Rolando nos brindó mucha información y empecé a conocerlo. Tenía una red de fuentes privilegiada. Hombres y mujeres que estaban repartidos en las áreas más diversas del Estado y de la actividad privada, que le permitían saber cuál era la verdad detrás de cada historia oficial. Rolando era formal rozando lo solemne, rabiosamente puntual, y su palabra valía más que un contrato con apostilla de La Haya.

Rolando Núñez.

Además de ponernos a disposición todo lo que sabía y tenía sobre el tema que nos importaba, nos acompañó a recorrer el “nuevo Perrando”. Ahí me di cuenta de que lo conocía al dedillo. Evidentemente ya lo había visitado varias veces. Todo estaba bajo llave, así que nos tuvimos que limitar a ver y filmar las diversas instalaciones a través de los vidrios de sus ventanas.  No salíamos de nuestro asombro. Salas impecables, equipadas con tecnología de punta, pabellones relucientes, equipos tan nuevos que seguían sin ser desembalados. 

Antes de eso habíamos caminado los diferentes pabellones del hospital viejo, registrando la vergonzosa manera en que los internados debían recuperarse de cirugías, traumatismos y desgracias varias. Con un calor infernal, rodeados de moscas, ocupaban habitaciones de paredes descascaradas y techos que se venían abajo, acostados directamente sobre la goma espuma de los colchones de sus camas porque éstos ya no tenían fundas, bebiendo desesperados los pequeños sorbos de viento que soplaba el ventilador que algún familiar había colado en la sala.

El programa tuvo un gran impacto. Lo notamos en la impresionante cantidad de llamados telefónicos al canal y en que en los días siguientes toda la red de comunicadores alcahuetes de aquella gestión provincial, la que encabezaba Angel Rozas, se ocupaba de descalificarnos. Pero el objetivo estaba logrado. La verdad había quedado expuesta. Un año después, en 2004, el gobernador Roy Nikisch y su ministro de Salud, Ricardo Mayol, inauguraban el gigante dormido. Es difícil saber cuántas vidas se salvaron con ello, pero es seguro que no fueron pocas. Sin Rolando no se hubiese podido.

Obsesivo y desafiante

Hasta los ’90, Rolando Núñez había sido un abogado medianamente clásico. Cuando creó el Centro de Estudios Nelson Mandela todo cambió. Probablemente cambió más de lo que él mismo pensaba que cambiaría.

Es que rápidamente la oenegé se fue llenando de pedidos y denuncias de aquellos que no encontraban respuestas de las instituciones públicas para protegerse de un abuso de autoridad o para reparar las consecuencias sufridas a raíz  de un atropello. Rolando, entonces, se fue alejando de los casos que permitían hacer buen dinero y fue siendo absorbido cada vez más por aquellos otros en los que la única retribución podía ser la satisfacción personal de haber frenado o impedido una injusticia.

La página web de su centro (www.centromandela.com, hoy lamentablemente suspendida) daba abundante testimonio del inmenso trabajo llevado a cabo por su mentor en tantos años de labor y lucha. En los años de hegemonía radical en la provincia desnudó la realidad de la desnutrición infantil, la desatención monstruosa de las comunidades indígenas, el avance de la pobreza y la miseria, la deshumanización de los servicios de salud, la invasión partidista en el Poder Judicial, los negociados con tierras fiscales, la corrupción en las operaciones financieras del Estado.

El rozismo le tiró todo su aparato político y comunicacional encima, pero no pudo con él. 

Cambio de ciclo

Cuando el cambio de ciclo político llegó y el PJ regresó al poder, en 2007, muchos apostaron a que Rolando y su centro desaparecerían o se relegarían a un plano secundario casi invisible. Pero él fue coherente. Rechazó cargos públicos que se le ofrecieron, y continuó denunciando las mismas cosas que antes

Ni bien la dirigencia peronista se dio cuenta de que Núñez no iba a cambiar ni a transar, llegó su momento de mayor soledad. Los radicales no querían saber nada de él por todo el daño que les había ocasionado con sus denuncias. Los pocos justicialistas que lo habían acompañado en el Foro por la Justicia Independiente y el Foro de Defensa de la Tierra Pública hicieron un cuidadoso mutis por el foro. A los muchachos, de repente, ya no les parecía tan malo que los funcionarios se enriquecieran de manera injustificada o que hasta los rubros más sensibles de la ayuda humanitaria oficial fuesen utilizados para montar negociados. Esa doble moral que permite que militancia y complicidad se asemejen tanto.

En los tiempos finales, Rolando estaba cansado. Pero seguía golpeando. Con el caso de las más de 300 toneladas de leche en polvo “desaparecidas” de los depósitos de Desarrollo Social hizo una investigación propia impresionante.  No le importaban mucho los perejiles, él quería llegar a las cabezas de cada entuerto. Era un tipo decididamente incómodo.

El final

Quienes trabajaron con él coinciden en la descripción de sus rasgos más visibles: obsesivo, perfeccionista, exigente y un extremista de la austeridad. No muchos pasaron la prueba de soportarlo. “Lo podías querer y odiar por partes iguales”, recuerda uno de esos jóvenes abogados que compartían su estudio con él. Su frase más pronunciada: “El tiempo es el único recurso no renovable, así que no me haga perder el mío”. Si una charla se hacía más extensa que lo necesario, no tenía empacho en darla por finalizada y despedir al interlocutor. Si el diálogo era interesante, podía estar horas participando.

Estuvo casado, tuvo una hija, pero llevaba el alma de los solitarios. Si uno le era leal, un día sucedía: Rolando bajaba los puentes y se permitía compartir un mate, bromear, hablar de fútbol, confesar que lo mejor de los fines de semana era poder descansar, al fin dormir.

En algún momento, a regañadientes, Miky llegó a su vida. Una perra de raza ovejero alemán, ya con una larga vida a cuestas, de la que se tuvo que hacerse cargo forzosamente. El animal le ganó el corazón. A veces, por las tardes, al pasar frente a su estudio yo lo veía por la ventana del vehículo, sentado junto a ella en el escalón de acceso a su oficina, mirando la gente pasar. “Ya nos vamos a volver a ver”, le escucharon decir cuando Miky murió y la enterró en su casa, más o menos un año antes de que el propio Rolando partiera.

Fue un gran batallador, un abogado filoso, astuto, inteligente, que odiaba y era odiado por casi todos sus colegas más encumbrados. Era un crítico despiadado del Poder Judicial. Un amigo extremadamente querido por sus pocos amigos.

Y Rolando fue, sin dudas, también un gran periodista, aunque él nunca hubiera aceptado el título. Para mí, el mejor periodista que conocí. Sus informes eran eso: reportes repletos de información y compromiso sobre cuestiones de fondo, esas que definen el presente y el destino de una sociedad. Si era necesario, iba a llegar a cualquier localidad de El Impenetrable en su legendario Fiat Duna. No por casualidad medios de todo el mundo y del resto de la Argentina lo tenían como el referente más completo y confiable para abordar cualquier tema que tuviera que ver con el Chaco. Mañana, que es 7 de Junio, alguien debería saludarlo allá arriba.

Murió el 15 de junio de 2019. Su terquedad lo había mantenido tres días en cama en su casa, queriendo resolver sus problemas de salud con pastillas de venta libre. 

Supimos de inmediato que iba a ser irreemplazable y que el tiempo nos iba a ir dibujando cada vez con más precisión la inmensa magnitud de su ausencia. Y así fue.

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