El negociado de los recursos naturales del territorio indio
Ingleses. Todos hacemos tanino, pero yo lo vendo afuera, dijeron. El monopolio perfecto y sin estorbos. Lo perverso fue la secuela de enfermedades de varias generaciones debido a la explotación laboral de menores.

Después de haber consentido los “acuerdos de caballeros” para que los ingleses comercializaran en el extranjero el tanino del quebracho, cabe una zoncera criolla: de haber sido los dueños del “oro rojo”, quedaron “en la lona”, dice el modismo de los boxeadores. Ya en 1810, mientras se cabildeaba, buques ingleses anclados en la costa, repletos de zapatos y otros insumos, más el fogoneo de su diplomacia, esperaban la Independencia de España para entrar. Así lo hicieron.
Después de crearse La Forestal de los ferrocarriles y la madera, los ingleses organizaron el primer acuerdo para vender en el extranjero la producción del extracto de todos los fabricantes. Se arrogaron todas las facultades para comercializar con ventajas, pusieron el 55% de su producción en el pacto, el 45% restante debía repartirse entre los otros fabricantes. Se desactivó este acuerdo por la ley antimonopolios, sancionada en 1923. El segundo acuerdo de “caballeros” con las mismas ventajas para los ingleses se formalizó en 1926, porque cada fabricante lo vendía en forma particular y generó una nueva competencia.

La Forestal siguió fabricando y acopiando tanino durante todos esos años. Para fines de 1928 se recrudeció la competencia con los otros productores, sumado la baja en la demanda internacional. Se acentuó a mediados de 1931, precipitando la ruptura del “acuerdo de caballeros”. Pero La Forestal, que había acopiado alrededor de 1.000.000 de toneladas de tanino, lo puso a la venta a menor precio. Prácticamente la mayoría de las otras tanineras cerraron sus fábricas por falta de mercado y sobrevino la desocupación.
Casi sin competencia en el mercado internacional, liquidaron inmediatamente The Forestal Land, Timber and Railway Co. Ltd., La Forestal de la Tierra, la Madera y los Ferrocarriles, pero a su vez compusieron una nueva para continuar la explotación de la escasa madera que quedaba. A mediados del año 1931, con el capital en tierras de la sociedad liquidada, con Fontana SRL y Demetrio Baranda SRL, constituyeron La Forestal Argentina Sociedad Anónima Industrial, Comercial y Agropecuaria, conocida como La Forestal Argentina.
El sálvese quien pueda hizo que los pocos fabricantes que quedaban en 1937 se avinieran a formalizar nuevamente, a instancias de la Forestal Argentina, un tercer “acuerdo de caballeros” que funcionó hasta 1945. Sobrevinieron causas que la obligaron a dejar el monopolio: se agotó la madera de quebracho y toda otra que tuviera extracto en las casi 2.000.000 de hectáreas de su propiedad, los pocos árboles que quedaban estaban distantes de sus fábricas. A su vez, la Secretaría de Trabajo y Previsión le tocó el bolsillo con los derechos sociales de los trabajadores.
El cierre de las fábricas significó una desocupación en cadena de mano de obra criolla, obreros de las fábricas, peones del monte, de los ferrocarriles, de las estancias, etc. Pero lo más perverso humanamente fue la secuela de enfermedades de varias generaciones de argentinos debido a la explotación laboral de menores. Muchos adolescentes que habían sido peones en las tareas de monte desde los 15 años, tan sólo con la fuerza para aguantar el hacha y golpear para cortar el árbol, les daba la licencia de “hachero”. Sigue ocurriendo.

Cuando esos menores tuvieron la edad para el servicio militar, el 40% de cada clase fue dada de baja por ITS, “Inútil todo servicio”, debido a las incapacidades detectadas al momento de la revisión médica. “No apto para el Servicio Militar Obligatorio”, quedaba estampado en su Documento de Identidad. De ser los dueños del “oro rojo”, pasaron a ser miserables. Era de prevenir, sólo sirvieron de mano de obra barata, así como lo son ahora de quienes explotan la madera, el bosque y los emprendimientos agrícolas en extensión.
Entre los años 1946 y 1947, como consecuencia de la II Guerra Mundial, se produce un nuevo auge de las exportaciones de extracto de quebracho para el curtido de insumos militares, pero se inicia el consecuente cierre progresivo de las fábricas en todo el territorio del Chaco y de otras provincias por falta de materia prima.
De La Forestal Argentina podemos decir que Demetrio Baranda fue empleado y director de los ingleses o de alguna subsidiaria. La superficie de tierras cedidas a la nueva sociedad ascendieron a 1.189.498 hectáreas (721.561 Santa Fe y 467.937 Chaco). Se sabe que ya habían vendido además para esa época 1.000.000 de hectáreas para ganadería. En la práctica, hacer tanino con la nueva sociedad sólo fue para liquidar todo su patrimonio en nuestro país, tenían otra sorpresa escondida que ni los gerentes conocían.
Todas las causas juntas que complican su actividad en nuestro país les dieron la oportunidad para desactivar la producción del extracto de quebracho. Estarían en un mismo negocio, pero en África, donde hacían tanino de la planta arbusto de “mimosa”. En la década de 1910 The Forestal entró en Sudáfrica, donde habría competido con la South African Extract Company Ltd. y Natal Tanning Extract Company de aquel país.

Decisiva fue en 1920 la rebelión obrera en la Argentina para que fundara The Kenya Tanning Extract Company, que compitió en el mercado con los extractos de castaño de Europa y del quebracho de Argentina (de ellos mismos). En 1945 fundó además la Wattle Company en Zimbabwe, controlando los circuitos de la mimosa y del quebracho, dominando más del 80% de la producción y comercialización mundial total.
Al decir del pensador popular Arturo Jauretche, “En el territorio más rico de la tierra vive un pueblo pobre, mal nutrido y con salarios de hambre. Hasta que los argentinos no recuperemos para la nación y el pueblo el dominio de nuestras riquezas, no seremos una nación soberana ni un pueblo feliz”. Treinta y siete tanineras esquilmaron el quebracho, siguen dos. Políticas públicas, les dicen, y para alabarlos declaran patrimonio histórico cultural las chimeneas o hacen festivales folclóricos con el patrocinio de alguna taninera. Funcionarios a su servicio les aseguran quebrachos.
Subsisten defensores ultranza, como si hubieran sido los ingleses dioses del oro. Por contar estas historias para esta y las generaciones futuras, recibo el desprecio de politiqueros, agrofuncionarios, profesionales, exempleados, o sus descendientes, que caminan sin prejuicios con la soberbia y la arrogancia de haber pertenecido al modelo explotador. “Si malo es el gringo que nos compra, peor es el criollo que nos vende”, dijo Jauretche. Soy indio, seguiré luchando.
*Abogado, especialista en evaluaciones ambientales, escritor, historiador del Chaco y sus ancestros.










