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Sergio Palma, entre el último amor de su vida y la lucha contra un ACV

El chaqueño de La Tigra que ostentó corona mundial de boxeo sigue dan­do pelea en otro plano de la vida.

Creció en la pobreza extrema en Chaco, el boxeo le dio fama, dinero y estudios que lo convirtieron en una figura mediática de los ’80. Perdió su fortuna y un accidente cerebro vascular desencadenó una serie de limitaciones físicas. La aparición salvadora de Orieta, su razón para vivir.

Una mujer alta, rubia, de inocultables penas pasadas adivinadas en su rostro fino y triste, llegó al departamento de su hija en la calle Scalibrini Ortiz con su nieto Bruno de la mano. La esperaban Catalina, quien celebraba sus 44 años, junto a su pequeña hija Guadalupe y sus otros tres sobrinos Luciano, Franco y Eleonora, hijos de su fallecida hermana Ana María. Para Orieta nada resultaba más placentero que estar con sus cinco nietos y con su hija Catalina.  Transcurría el 28 de Diciembre de 2012, bendito día para los inocentes que se salvaron de Herodes. Fue entonces cuando Catalina, rodeada de niños gritones y saltimbanquis pidió silencio y dijo:

-Ah, mamá; quiero presentarte a Sergio Víctor, un amigo que conocí por Internet y que lo invité para que venga hoy a casa-, le dijo a su madre Orieta...
El hombrecillo barbado esbozó una mirada dulce resaltada por sus lentes redondos y tomándose de su bastón, no sin dificultades, logró ponerse de pie y extendió su mano hacia el de la vital septuagenaria.

Mucho gusto señora-, dijo el sorprendente huésped.

-Qué tal, qué tal, respondió con simpatía Orieta, al tiempo que le exhortaba: quédese sentado, esté cómodo.-

Qué pena tan grande no haber sabido sobre tal encuentro de hace ya nueve años. Seguramente estas nobles anfitrionas no tenían ni idea quién era el educado señor balbuceante y tierno, víctima de un severo ACV y sin dominio de la motricidad. Un duende emocionado desde algún lugar invisible les habría dicho: Sergio Víctor Palma, el señor que Catalina conoció por Internet y que quiso conocer personalmente en su casa, fue un peleador salvaje, el primer campeón mundial argentino que consiguió su título en los Estados Unidos de manera brillante. Ello ocurrió el 9 de Agosto de 1980 cuando noqueó a Leo Randolph (categoría Supergallo).

Sergio Víctor Palma hoy junto a Orieta Gilberto Mastrángelo, la mujer que le dio una razón para vivir cuando el excampeón buscaba un lugar para morir.

El osado duende les habría leído a Orieta y Catalina un párrafo de aquella crónica que escribí para El Gráfico como Robinson:

‘Cuando Palma subió al ring del Spokane Coliseum corrió sus gruesos labios y descubrió una sonrisa sedada. No había severidad en el gesto y temí un aflojamiento a la hora de la verdad, Pero cuando sonó la campana y Randolph salió liviano a desarrollar su pelea a largo plazo, Palma se transformó. Hizo aquello que hacen los hambrientos de triunfo. Se acercó a su rival, ubicó las piernas a menos de cincuenta centímetros y comenzó a disparar golpes con momento y no jugarse a una sola mano sino a la continuidad sin otorgar treguas. La caída final llegó a través de seis golpes. El último, una derecha a las costillas que cortó la respiración del ex campeón‘-

-‘Lo dejamos en Spokane con el cinturón, repasando el día más importante de su vida. El día que pudo decirle ‘sí‘ al mañana, aunque continúe exhortándole a Dios: ‘Qué lástima que soy tan pequeño‘. Desde ahora, el título de su zamba perderá vigencia pues estamos en presencia de un gigante‘-

Tal vez sin saber nada más que su condición de ex boxeador, Catalina le sugirió a su madre que aceptara seguir viéndose con Sergio y hasta por qué no, lo invitara a pasar unos días a su casa de Mar del Plata.

Orieta aceptó un primer encuentro con Palma. Ella le confesó sus 72 - hoy transita los 81 años de esplendorosa plenitud-, le contó también sobre su viudez repetida y su vocación como docente de las Artes Plásticas. Le habló sobre el significante de sus nietos -hoy los están entre los 23 la menor y 32 el mayor - y su necesidad de llevar una vida dinámica que le permita dibujar, leer y tomar clases de Plástica.

Ella desconocía al hombre con quien estaba conversando. Solo tenía unos pocos trazos: ex boxeador, ídolo de comienzos de los 80?, un accidente automovilístico y un ACV en eterna rehabilitación; bastón o silla de ruedas según el espacio a transitar. Fue entonces cuando él le contó algo más: divorciado, 4 hijos- a quienes llama de tanto en tanto para saber sobre ellos-, su gloria pasada y el puro cuento de la fama, la ruina económica -perdió una mansión en Adrogué de más de media manzana, un restaurante (La Espuela) y dos discotecas- y su inquebrantable vocación de comunicador, escritor y poeta con obras realizadas en la época vana de los amigos del campeón, con fotos y autógrafos por doquier. Qué poco dura todo. Por entonces actuó en una novela (‘Gunte de Barracas‘ por ATC), grabó un larga duración (‘Round de música y palabras‘) y participó de programas de T.V. Todo le salió muy caro al hombrecillo cordial y amistoso que en el ring era una verdadera fiera.

No obstante Orieta no estaba tan convencida de invitarlo a su casa de Mar del Plata ese verano del 2013. Ella la había comprado para pasar allí las vacaciones con sus nietos a quienes iba criando desde el 2002. La casa tiene austeras dimensiones, está ubicada pasando el Faro de Punta Mogotes, rumbo al sur, a dos cuadras del mar y encima de una loma que la distingue. En el primer encuentro le dijo con franqueza: ‘No tengo tiempo, tengo los nietos a cargo..‘. Pero de inmediato Palma, conmovido con la voz tenue y balbuceante le confesó: ‘Orieta no tenés idea lo que lograste; yo estaba buscando un lugar para morir y acabo de encontrar una razón para vivir‘. Desde entonces comparten la vida - con aquel veraneo del 2013 incluido- aunque fue en el 2014 cuando decidieron morar definitivamente en la casita de la calle Jacinto Peralta Ramos al 1700 de Mar del Plata.

Orieta, esta mujer conmovedora, le ofrece un acto de amor incondicional en cada actitud. Más aún, lo ayudó a poner un gimnasio de onerosa instalación que terminó en la pérdida total de lo invertido.

El sueño de Palma de enseñar boxeo, de proponer un lugar para las diversas actividades físicas volvió a frustrarse. Y el costosísimo ring que habían adquirido terminó regalándoselo a Ramón Fernando Sosa un ex rival que actualmente dirige al campeón sudamericano de peso mediano Lucas Bastida.

La nobleza de Palma es incomparable. Y la historia amerita su breve relato: Sosa peleó y superó claramente a Palma en el 82? aunque los jueces le fallaron en contra. Por muchos años no se vieron. Y cuando se reencontraron en la FAB, siendo ya hombres maduros y boxeadores retirados, Sergio le dijo: ‘Estoy avergonzado por el triunfo que me dieron y no merecí; el ganador fuiste vos, perdóname‘. El azar quiso que Sosa -santiagueño de Río Hondo- y Palma coincidieran residiendo en Mar del Plata. Y es por ello que cuando llegó el momento de liquidar todo lo que había en el gimnasio, Palma le pidió a Orieta que el valioso ring se lo regalaran a Sosa quien tiene su local y sus pupilos. Por cierto que mucho antes de tan generoso gesto, Sosa iba todas las semanas a visitar a Sergio hasta que la Pandemia obligó a interrumpir esos amistosos encuentros que reconfortaban sus vidas.

Evoco las horas de charla en la previa a las grandes peleas que siempre ofreció Sergio. Era cuando una y otra vez nos decía: ‘Mire...cuando tenía siete años, vivíamos debajo del alero del rancho de un tío, en el monte, en La Tigra, Chaco; no teníamos azúcar para endulzar el mate cocido -que hacíamos con la yerba secada al sol- ni manera de conseguirla. Entonces íbamos al monte con mi hermano, hacha en mano, y si encontrábamos colmenas de miel cubríamos nuestras necesidades‘. Noches memorables fueron aquellas frente a tremendos adversarios como el colombiano Ricardo Cardona, el ex campeón olímpico Leo Randolph, el dominicano Leo Cruz, el panameño Ulises Morales o el tailandés Vichit Muangroi. Eran todas batallas cruentas.

En cada triunfo dejó algo de su salud y aunque Palma no padecería del ‘Mal de Parkinson‘ según un último diagnóstico, sobrelleva un daño cerebral innegable que el ACV ha agravado.

Bendito sea el amor que puede unir mundos y dolores diferentes sin preguntar por el ayer. Bendito sea el amor que puede mitigar recuerdos que se creían imborrables. Y bendita sea Orieta pues ella fue la razón para que Sergio viva y luche, como en el ring, hasta el tañido final de una campana ignorada.

Por Cherquis Bialo

Publicada en infobae.com

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