Trastornos psicológicos y conductuales en las demencias
Las demencias vinculadas con el envejecimiento responden a causas orgánicas, que hasta el momento no tienen cura. Sus manifestaciones más habituales son síntomas psicológicos y conductuales sobre los que es posible intervenir para aminorarlos o evitarlos.

Muchos suceden por falta de conocimiento o de conexión con las necesidades del paciente y son medicados, sin corregir sus causas. Diferentes tipos de demencias tienen manifestaciones distintas según las regiones y circuitos cerebrales afectados, el orden en que evolucionan dichas afecciones, los rasgos de personalidad de las personas enfermas, y las conductas del entorno al interactuar con el enfermo. En otras épocas bajo el nombre de demencia senil, y actualmente bajo el de Alzheimer, se engloban variados síntomas. Simplificando en exceso se etiqueta al paciente y se lo medica, sin darle la posibilidad de que alguien decodifique lo que le sucede.
Solo unos pocos síntomas conductuales remiten con fármacos. Una parte muy importante del tratamiento es no-farmacológico y exige una mirada compleja, no sólo del paciente, sino de su contexto físico y, fundamentalmente, social: su familia y los cuidadores, con sus actitudes, sensibilidades y capacidades.
Conocer los síntomas y el modo en que empiezan, se sostienen, se aminoran o se agravan, es fundamental para la calidad de vida de todas las personas afectadas. Un síntoma muy frecuente de la enfermedad, sobre todo muy evidente al principio, es la apatía, que se define como la falta de respuesta emocional y desgano ante cosas que antes eran de interés para la persona.
Esta apatía suele ser confundida con depresión, por lo que es fundamental el diagnóstico diferencial, puesto que la apatía no mejora con antidepresivos, sino con estímulos y actividades. Por su parte, la depresión es también un síntoma muy frecuente, uno de los factores predictores de la demencia. Un tercio de los pacientes no responde al tratamiento farmacológico, lo que se convierte en indicador del estado de avance de la enfermedad.
Otro de los síntomas frecuentes en el paciente con demencia es el trastorno del sueño: se despierta en medio de la noche varias veces, deambula, conversa. Antes de indicar una medicación es importante revisar si se están llevando adelante rutinas adecuadas puesto que, si se trata la conducta y no la causa, se estará ensuciando el panorama y agravando el cuadro.
Por ejemplo, si el paciente aburrido se queda dormido en la mitad de la tarde, es posible que luego no vuelva a dormir hasta altas horas de la noche. Eso determinará que no quiera acostarse. Si incrementa su ansiedad, comenzará a deambular hasta que el cuidador se canse, y cuando insista en acostarlo, reaccione con agresividad. Entonces, lo más probable es que se lo sede o se le dé un inductor del sueño que, si funciona, lo deje muy apagado durante el día, estableciéndose un círculo vicioso.
Para evitar esto, lo mejor es tratar de mantener al paciente activo, pero con actividades que en virtud de su historia se sepa que le agradan, o en las que se pueda ver, aunque sea por momentos, que las hace con dedicación.
Dejarlo solo en el sillón mirando la nada probablemente hará que se aburra y se duerma, o se inquiete. La agitación psicomotriz suele ser otra manifestación conductual. En este caso, el paciente va hacia cualquier lado y sin sentido. Las causas subyacentes pueden ser múltiples, como la presencia de un nuevo cuidador, la salida de su esposa de la casa sin despedirse, o sin expresar adónde va, o aunque lo haya hecho, que el paciente se haya olvidado.
Este “desconocimiento” puede generarle ansiedad; al no contar con manera de procesarla, buscará una descarga motriz. Es importante saber que, dentro de la mente de la persona con demencia, existe un resto importante respecto de lo que había, mayor que lo que a veces puede expresar o lo que suponemos. Que no podamos comprender lo que le pasa no significa que no le pase nada y que la agitación sea “por la demencia” y haya que medicar.
La lentitud del procesamiento hace que muchas veces se le hable y no responda, y se asuma por eso que no comprende: puede que sea así, o puede ser que comprenda pero no se haya esperado el tiempo necesario para que responda, o que no pueda expresar lo que quiere decir.
No obstante, volviendo al ejemplo anterior, vio que su esposa salió y no sabe si va a volver, quién lo va a cuidar, etc. Entonces, esa agitación no necesita ansiolíticos, sino explicaciones, verbalizaciones claras del cuidador, gestos tranquilizadores, garantías de que no quedará solo.
Otras veces, la agitación puede estar vinculada, por ejemplo, con ganas de orinar. Como la mente le falla en su función ejecutiva, siente la urgencia y no puede solucionarla. Es importante prestar palabras en ese momento para ayudar: ¿querés ir al baño?, ¿tenés sueño, o miedo?, ¿querés ir a pasear?.
Al principio será una suerte de adivinación, pero con el correr del tiempo y la capacidad del cuidador, irá conociendo las reacciones habituales frente a las necesidades, a los cambios del entorno o al modo en que la persona prefiere que se manejen las situaciones de la vida diaria. Así evitará situaciones indeseadas y medicaciones, que muchas veces se vuelven perjudiciales.
Por ejemplo, si se medica al paciente con ansiolíticos, vamos a tener una persona con más lentitud en el pensamiento y en los movimientos, con más impotencia funcional y mayor sufrimiento psíquico. Vale aclarar que no está mal medicar; pero no puede medicarse adecuadamente un síntoma sin tener en cuenta todos los factores que participaron en su gestación.
Los diagnósticos diferenciales son fundamentales y requieren del estudio de la estructura neurológica, a través de neuroimágenes y de la evaluación neurocognitiva, que arrojará datos sobre el funcionamiento de esa estructura. Con esos datos se podrá predecir estimativamente hacia dónde es esperable que evolucione el paciente y armar una estrategia terapéutica.
El bienestar de un paciente y de su entorno es producto del trabajo conjunto del equipo interdisciplinario con él y sus cuidadores, sean parte de la familia o pagados por ella para realizar la tarea. Una buena coordinación de la atención, centrada en cada persona ayudará a mejorar la calidad de vida de todo el ecosistema.
* Psicóloga, especialista en Intervención y Gestión Gerontológica; preside la Fundación Gerontológica Puente a la Vida










