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Mariana Alegre

Columnista

Un hasta luego, hablando sobre el amor

He crecido rodeada de literatura y de amigas. El primer libro que leí fue Mujercitas. Me marcó la historia de las hermanas March. Siempre me identifiqué con Jo. En mis 20 comencé a leer a Isabel Allende y a Marcela Serrano, ambas escritoras chilenas, que han puesto el amor y a las mujeres como protagonistas de sus libros. En esta columna, que es –además- una pequeña pausa, el plan era contar historias de amor.

En el último podcast de la periodista española Cristina Mitre, donde entrevista a otra periodista, podcaster y escritora (inglesa-canadiense) Dolly Alderton, en el cual hablaban de relaciones y amores post 30, la británica expresó sobre la amistad entre mujeres “creo que es el amor más fascinante e intenso que he experimentado en mi vida. Mi experiencia más larga con este tipo de amor es con mi mejor amiga. Es el amor que mejor comprendo, del que más sé”. 

“La amistad es ser el guardián de la esperanza del otro”. La frase pertenece al libro de  Alderton “Fantasmas”

Entonces, me puse a pensar en mis mejores amigas, estas mujeres que considero mis hermanas del corazón, como aquellas “Mujercitas”; y entonces esta columna sobre amor será sobre mis amigas. Que pueden ser las suyas, los suyos, mis queridos lectores. Anticipo que usaré seudónimos, a pedido de las susodichas, no por el anonimato, sino porque es más poético. 

Foto: Playa del Carmen 2018

“Escribí en tus columnas sobre el viaje”, me dijo Cleopatra. A Ella la conocí con 12 años, el primer día en la secundaria. Ya en primer año, nos metimos en un lío sin saberlo. Un acto vandálico en los casilleros del vestuario del colegio. Con un juicio algo injusto, ella era la acusada por unas testigos muy dudosas (que a la postre eran las verdaderas autoras), así que como buen grupo de amigas, nos hicimos cargo todas. Recuerdo que cargamos un tacho de pintura desde su casa al colegio, y ese camino se compartió durante los seis años. 

“Te podés correr, deja de chocarme con la valija”, la frase se repite en cada cola de los aeropuertos en nuestro viaje a México. “No me doy cuenta, la valija se va”, le digo. Ese viaje, que nos costó tres años planear, casi como a Sabella armar el equipo que jugó la final contra Alemania en el Mundial de Brasil. Nos fue bastante mejor, incluso cuando nos tocó volar en medio de una de esas tormentas tropicales. 

Con Cleopatra nos escribíamos cartas mientras estudiábamos. No existía ni el Messenger. El cartero se desorientaba. Usábamos apellidos de unos futbolistas que nos gustaban: yo uno de Boca, ella uno de Independiente, y lo poníamos tras nuestro nombre y apellido, como “señora de”, en el remitente. Nos hacíamos miles de kilómetros para festejos o tristezas, aunque solo fuera para estar un día. Lo seguimos haciendo. Ella disfruta de la playa al punto de olvidarse que el sol quema, mientras tenga el mate, los cigarrillos y a partir de cierta hora, una cerveza. 

Con Lizzy nos conocimos nuestro primer día de escuela en quinto grado, entre los 9 y los 10 años. Yo iba al A, y ella al B, pero las dos comenzamos casi a mitad de año porque veníamos de otras partes del mundo. Y resulta que el mundo es un pañuelo, así que nos volvimos a ver en el secundario. También nos escribíamos en nuestros años universitarios, pero su carrera fue mucho más demandante y durante un tiempo la comunicación fue menos habitual, pero jamás la perdimos. Es la más práctica de las tres, también la más aventurera. Ella, se fue sola a una de esas excursiones extenuantes donde nadas con rayas y estas a no sé cuántos metros de profundidad. Se expone poco al sol, pero me acompañaba a todas las actividades que se proponían en el hotel. Excepto al gimnasio, y a la clase de zumba en la arena, a las dos de la tarde. Acompañaba a Cleopatra a las actividades nocturnas, de las cuales yo me ausenté con muchas críticas constructivas de parte de las dos, que aún –cada tanto- me recuerdan.

Cada vez que nos subíamos a una traffic para ir del aeropuerto al hotel, o a cada excursión, generalmente ellas dormían. Yo hablaba con todos los choferes sobre todas las cosas que podía preguntar sobre México: el narcotráfico, el deporte, la política, la historia de esas ciudades. 

La primera vez que hicimos un viaje juntas fue en primer año: al Parque Nacional Chaco, y el segundo viaje fue el de egresados: Bariloche. A pesar de estar en nuestro 30 y pico (la edad también es reservada), poco y nada cambiaría en ese viaje a la Riviera Maya.

¿“Quieren con vista al mar, la habitación”?, pregunta la amable recepcionista, mientras tomamos un jugo, luego de una hora de viaje desde Cancún al hotel. Mi migraña solo se intensifica tanto como el calor, ya que llevo un buzo y pantalón frizado, a las tres de la tarde en el Caribe. “Si, por favor”. Las tres estamos de acuerdo, y emprendemos el viaje hacia la habitación. Unos metros -o al menos cuatro cuadras, sin exagerar- después, Lizzy le dice a la señora que terminaba de limpiar la escalera: “por favor nos deja la puerta abierta del ascensor”. La señora, con mucha amabilidad (y sospecho riéndose, internamente) nos dijo: “no hay ascensor, solo escaleras, aquí guardamos los elementos de limpieza”. Bueno, nuestra vista al mar –de costado- valía la pena subir las valijas unos cinco pisos, por escalera. 

Con Casandra nos llevamos cinco años de diferencia, yo soy más grande. Tenía 21 años cuando la conocí. Si hablamos de viajes, ella debe tener millas como para dar la vuelta al mundo 180 días. Diría que casi la dio. Nos conocimos en nuestra ciudad natal, por trabajo y varios amigos en común. Podríamos decir que vivimos muchas aventuras juntas, pero sin dudas vivir en Capital Federal fue la mayor. A ella gusta Leo Matioli y a mí Los Palmeras. A mi Alejandro Sanz y a ella Joaquín Sabina. Definitivamente, ninguna de las dos tiene cultura alcohólica, y aunque es incondicional en mi vida, en las buenas y malas, nunca más aceptará recomendaciones mías del cine, después de hacerla ver una película de terror asiática. 

Actualmente, está casada y es madre de dos niños, pero seguimos juntándonos para contarnos las cosas en esas charlas larguísimas donde arreglamos el mundo, lloramos, nos reímos, y generalmente hablamos de los viajes. Somos personas muy afortunadas por haber conocido países y culturas diferentes, pero también pueblos y ciudades de Argentina que son maravillosas, y gente maravillosa que tenemos en común. Aquí estamos las dos, con las mismas ideas revolucionarias, más tranquilas y con una bendita –selectiva- memoria que nos permite viajar, aunque no nos movamos. 

Virginia, también es más chica que yo. Nos conocimos en la Universidad, cuando yo tenía 22. Un día de lluvia intensa, ella que iba a tomar el cole para volver a su casa me cedió su paraguas para que yo llegue a la mía que estaba a unas pocas cuadras. Nos hicimos inseparables, aunque desde hace más 15 años nos separen más de mil kilómetros. Nuestras reuniones con ese mate infaltable, amargo por supuesto, y el eterno debate que hacemos sobre la profesión que nos une,  la tesis que nunca terminamos, nuestras vidas, nuestros pueblos, y Rosario. Ahora también hablamos de sus hijas, y mis sobrinos. La última fiesta a la que fui fue su casamiento. Adoro a su familia, sus padres, hermano, y su abuela, los que siempre me reciben como si no hubieran pasado los años, cuando tengo la oportunidad de visitarlos. 

“La verdadera amistad resiste el tiempo, la distancia y el silencio”, dice Isabel Allende. Creo que esto es debido a ese amor fraternal incondicional, que nos ha permitido saltear diferencias, peleas, tomar colectivos, autos, vuelos. Llevarme a mi mejor amiga de un hospital con el suero puesto, en camioneta 100 kilómetros, luego de un accidente, o que ella haga mil, para estar un solo día en mi graduación.

Lizzy diría que exagero. No es sentimental, aunque en el fondo es la que más se preocupa por el grupo de tres que ahora tenemos en WathsApp, Fue la que se dividió un poco con cada una en México, y la que nos preguntaba “por qué lloran, qué están mirando”, cuando con Cleopatra largamos la lágrima por el final de Coco, en el avión que nos traía desde Cancún a Panamá, en medio de la tormenta. 

Casandra no es amiga del tiempo, aunque siempre estemos recordando. Es partidaria del “vive aquí y ahora”, me lo repite constantemente ante mis dilemas existenciales. Virginia me hace todas las preguntas que la conciencia no me hace, como amiga y como periodista. También se las hago yo a ella. 

Como pueden ver, la amistad entre mujeres existe, no es un mito. No importa la diferencia de edad, si son casadas o solteras, si son madres o eligen no serlo, diferentes profesiones, diferencias ideológicas, kilómetros o cuadras de distancia. La única que no maneja soy yo. 

Mis amigas son la historia de amor incondicional (más allá de la de mis padres y hermano, hacia mí) más importante que he vivido. Con las dos primeras ya vamos por 28 años, con las dos segundas 18 años. 

Los gritos de “abran, hdp”! se escuchan lejos. Me pregunto quién grita así. Lizzy abre la puerta y no hay nadie. Se siguen escuchando los gritos, y golpes. “Esa que está haciendo lío seguro es argentina”, pensé, antes de ver el mensaje en el grupo, de tres: “Ábranme la puerta, hdp, que se quedaron con las dos tarjetas”. Era Cleopatra. 

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