Cuando Piazzolla conoció a Gardel
Este año se conmemora el centenario del nacimiento de uno de los músicos más importantes de nuestro país, el que revolucionó el tango y la música en general. Recordamos el “fortuito encuentro” del pequeño Astor, de 14 años, con el ya consagrado Zorzal Criollo.

Desde principios de los años 20 la familia Piazzolla, oriunda de Mar del Plata, se había radicado en Nueva York. Vicente “Nonino” Piazzolla, su esposa Asunta y su pequeño Astor se establecieron en un modesto departamento en la zona de Greenwich Village, barrio poblado de inmigrantes y artistas, personajes de baja calaña y vagabundos, a pocas cuadras de Broadway. Ése fue el escenario donde Astor aprendió a cruzar solo las calles e hizo sus primeros amigos. Al cumplir nueve años, y advirtiendo su gusto por la música, “Nonino” le obsequió un bandoneón que había comprado por unos pocos dólares, lo que permitió al joven Astor emprender sus primeros estudios musicales.
Corría 1934. Manhattan era en un vaivén de magnates, mendigos y automóviles. Nueva York recibía a Carlos Gardel, el elegante morocho que con su voz y su sonrisa estaba conquistando el mundo. Había sido contratado para filmar “El día que me quieras” y permanecería en la ciudad hasta terminar su trabajo. “Nonino”, sabiendo que Gardel estaba en Manhattan, mandó a Astor a llevarle una artesanía en madera hecha con sus propias manos, a modo de obsequio. Gardel recibió el presente y congenió inmediatamente con el niño argentino, quien le contó que tocaba el bandoneón. “¿Cómo se dice Carlitos en inglés?”, preguntó, risueño, el Zorzal. Astor respondió con seguridad: “¡Charlie!”, arrancándole seguramente una sonrisa al ídolo de la canción rioplatense.
Carlitos le retribuyó su generosidad regalándole dos fotos, una para “Nonino”, su padre, y otra para él, con una dedicatoria cuya lectura causa estupor por sus connotaciones premonitorias: “Al simpático pibe y futuro gran bandoneonista”. El morocho del canto angelical y la sonrisa inigualable había firmado con tales palabras una inapelable sentencia. Desde ese momento, se hicieron grandes amigos, y Astor fue el traductor y guía turístico de Gardel.
Astor conducía por la ciudad al cantor criollo y a sus guitarristas. El barrio italiano, las grandes tiendas de Manhattan donde Gardel compraba zapatos y camisas, y los trayectos a Long Island hasta los estudios de la Paramount, entre otros. Era febrero de 1934, “la peor nevada del año, dos metros de alto y 10 bajo cero” recordaba el bandoneonista, cuando oficiaba de traductor de piropos a las mujeres que querían conocer a Gardel.
Decía Piazzolla en una carta que le escribió al Zorzal, por supuesto ya fallecido, en 1978. “Te mostré toda mi ciudad (estaba orgulloso de saber tanto; también… hacía once años que vivía allí), sobre todo mi barrio, Greenwich Village, adonde te llevaba a conocer las mejores cantinas italianas, y vos, con problemas de busarda, te cuidabas; sin contar las veces que viniste a casa, donde probaste los ravioles de la nonina Asunta, además de un final de buñuelos de membrillo.”
Cuando Gardel lo escuchó por primera vez tocar el instrumento, le dijo: “¡Pibe, vos tocás el bandoneón como un gallego!”. Claramente, poco sabía de tango ese muchacho de trece años en plena Nueva York, poco sabía de arrabales porteños, cafés, cabarets y de los gigantes de la música que caminaban por entonces la noche de Buenos Aires. No tenía en su mente los acordes de “El Choclo” o “La morocha”. Él tenía a Bach, tenía “Un americano en París”, y la “Rhapsody in blue” de un Gershwin majestuoso. Esos nombres y esa música merodeaban en la cabeza del joven Piazzolla. “Para entender y amar a Gardel, uno tiene que haber pasado por Buenos Aires, conocer el mercado del Abasto, y yo sólo era un chico de trece años que vivía en New York. Ni siquiera tocaba bien un tango en el bandoneón”, contaría luego el exquisito músico marplatense.
Piazzolla, el canillita
En agradecimiento a su joven guía y eficiente traductor, y por la amistad que habían hecho, Gardel le ofreció al pibe un modesto papel en la película “El día que me quieras”, que filmaba en esos momentos. Es una breve escena donde interviene Piazzolla haciendo de “canillita”. Segundos, nada más, donde se dejan ver juntos el máximo símbolo popular de nuestro país, arquetipo del “argentino” y del clásico cantor de tangos, y el músico que revolucionó el mismo género y se hizo mundialmente conocido.
Una noche, al terminar la filmación de “El día que me quieras”, Gardel organizó un asado en honor a los argentinos y uruguayos que vivían en Nueva York. El pianista Alberto Castellanos debía tocar el piano y Astor el bandoneón, para acompañar al cantor y anfitrión. Algo inesperado sucedió: el piano era muy malo, probablemente haya estado en malas condiciones. Así fue como el acompañamiento de piano y bandoneón no fue posible y quedó Astor solo, con su instrumento. Era la primera vez que Piazzolla tocaba un tango, y lo hacía acompañando a Carlos Gardel. Así debutó, con ese cantor. Carlitos miró al niño bandoneonista y le dijo: “Ahora poné la música de “Arrabal amargo” y dale con todo”. Había nacido el dúo Gardel-Piazzolla.
Gardel, Le Pera y sus guitarristas partieron rumbo a Hollywood. Desde allá Carlitos envió, recordaba Piazzolla, dos telegramas para que el bandoneonista de escasos catorce años se uniera a ellos. Sus padres no le dieron permiso y el sindicato de músicos tampoco. Al poco tiempo, el cantor y su equipo continuarían su gira en Colombia y vendría el fatídico vuelo Medellín-Cali, donde Gardel perdería la vida. Piazzolla no estuvo allí por un milimétrico cálculo del destino. “Charlie, ¡me salvé! En vez de tocar el bandoneón estaría tocando el arpa”, le escribiría Astor más tarde, en broma y con un dejo de nostalgia.
Una orquesta de arpas y bandoneones

En la carta mencionada, Astor le escribe: “Estoy seguro de que siempre estarás mirándonos de allá arriba y pensarás que te hubiera gustado cantar los grandes tangos del 40: además, yo hubiera escrito para vos y te hubiera hecho los arreglos y tocaría el bandoneón. Matamos, Charlie. Lo único que no quisiera usar en la orquesta es el arpa. Allá tendrás una colección de todos los colores. Vos que conocés a los ángeles, ¿por qué no les pedís que cambien el sistema y metan algún bandoneón en la orquesta?”. Y cerraba Piazzolla evocando otros entrañables nombres: “Mirá que están el Gordo Pichuco, Maffia, Laurenz. Me estoy entusiasmando demasiado y prefiero esperar un poco para ser yo quien organice esa orquesta. Algún día nos encontraremos en el último piso. Esperame, pero… no te mueras nunca”.
El 4 de julio de 1992, luego de una larga agonía, el bandoneonista que revolucionó la música nacional y llegó a todos los rincones del mundo con su arte, emprendió esa larga gira que lo reuniría “en el último piso” con Pichuco, con el Polaco, y con su amigo, mentor y compañero de aventuras neoyorquinas… Carlos Gardel.
*(Fuentes/Fotos: gentileza Fundación Astor Piazzolla, Piazzolla100)

Homenajes y actividades
Las “Disruptivas en el Centro Cultural Kirchner”, primera muestra inmersiva en el país acerca de un artista local, comenzadas el 11 de marzo, desarrollarán más de siete meses de exhibiciones alrededor de la vida de Piazzolla. Artistas de muchas disciplinas con obras inspiradas en su producción y en epifanías sobre la vida de Astor. El diseño, montaje y producción está a cargo de la Fundación Astor Piazzolla y cuenta con el apoyo del Ministerio de Cultura de la Nación.
La experiencia inmersiva presenta un recorrido a través de las ciudades y los artistas que influyeron en su obra en un espacio físico íntegramente proyectado -tanto en las paredes como en el piso- generando la sensación de inmersión en un entorno cinematográfico envolvente. El sonido 8D holofónico permitirá completar la experiencia sensorial al aportar espacialidad a las obras musicales, con apertura y procesamiento de grabaciones multitrack originales.
Algunos de los artistas convocados para estas muestras disruptivas son Carolina Antoniadis, Julián D'Angioligio, Mene Savasta Alsina, Valeria Traversa, Johana Wilhelm y Augusto Zanella, que presentarán sus obras en un cruce de expresiones artísticas y de disciplinas ofreciendo al visitante inesperadas maneras de acercarse a la música de este gran artista.
Cierre en el Obelisco, en octubre
Más de cien artistas formarán parte de la tradicional “Experiencia Piazzolla”, en edición especial por el Centenario, con la producción de Ciudad Cultural Konex y la Fundación Piazzolla. Este festival, cuya III edición está programada para octubre, se convirtió en un espacio donde convergen destacados artistas nacionales e internacionales para homenajear al bandoneonista que revolucionó la música contemporánea, con repertorios comisionados para cada ocasión, convocando a públicos muy diversos. La curaduría artística está a cargo de Daniel “Pipi” Piazzolla.
El broche de oro para cerrar los festejos por el centenario se llevará a cabo a fines de noviembre en la Plaza de la República, frente al Obelisco. Será un evento gratuito y presentará a artistas argentinos en una programación con cuatro ejes: "Piazzolla Sinfónico"; "Piazzolla y el Jazz" (a cargo del sexteto Escalandrum, liderado por Pipi Piazzolla); "Piazzolla y el Tango" (a cargo del Quinteto Astor Piazzolla); y "Piazzolla repertorio cantado" (con la participación de cantantes argentinos populares del rock y el pop).










