El trabajo, ángulo ciego en la crisis de Covid-19
Durante toda la pandemia, la cuestión aparece de forma paradójica. El trabajo es uno de los principales vectores de contagio y, como tal, desempeña un papel inmenso en las desigualdades sociales en esta crisis. Sin embargo, sigue siendo el ángulo ciego de las estrategias públicas. Este es sin duda uno de los factores que han contribuido al fracaso del desconfinamiento en muchos países.

La gran negación y la pequeña gripe
El primer momento fue el de la negación. La expresión más brutal la ofreció el poder chino al comienzo de la epidemia. El virus apareció en Wuhan, aglomeración industrial que concentra millones de obreros. Muchos de ellos se enfrentan a la condición precaria de “migrantes internos”, sometidos al control permanente del Estado y alojados en dormitorios de fábrica.
Las primeras reacciones del poder consisten en imponer el silencio y la prosecución del trabajo. Quienes denuncian son reprimidos. Li Wenliang, oftalmólogo en el hospital de Wuhan, convocado por la policía el 3 de enero de 2020, fue obligado a hacer su autocrítica. Cayó enfermo de Covid el 10 de enero y murió el 7 de febrero de 2020.
Durante semanas cruciales, las autoridades chinas descartaron y luego minimizaron toda transmisión del virus de humano a humano. La explosión de la epidemia entre los miembros del personal sanitario en Wuhan no autorizaba, sin embargo, ninguna duda. El 14 de enero de 2020, la Organización Mundial de la Salud (OMS) comunicaba todavía que “las investigaciones preliminares llevadas a cabo por las autoridades chinas no han encontrado ninguna prueba clara de una transmisión de humano a humano”.
El confinamiento de Wuhan se decidió finalmente el 22 de enero, como un giro brutal cuyas condiciones fueron narradas de forma sobrecogedora por la novelista Frang Fang en su diario publicado con el título “Wuhan, ciudad cerrada”.
En Europa la negación inicial reposó en otras bases. La visión neoliberal de la salud pública jugó un papel importante. Las políticas de austeridad se combinaron en Europa con una jerarquía de prioridades en la que la prevención colectiva ocupó el último lugar. La mayor parte de los planes de preparación elaborados tras la pandemia de gripe H1N1 de 2009-2010 fueron abandonados sin ningún debate.
La expresión más visible de este error fue la no renovación de los stocks estratégicos de mascarillas de protección. El frenado casi total de la financiación de la investigación fundamental sobre los coronavirus se inscribe en la misma tendencia. Esta investigación había conocido un auge tras el SARS (síndrome de afección respiratoria severa) en 2003 y el MERS (Síndrome Respiratorio del Medio Oriente) en 2012.
A nivel mundial, ninguno de ellos había superado el límite de las mil muertes. Si se definen las prioridades de la investigación a partir de un criterio de ganancia sobre las inversiones, sería absurdo asignar medios importantes para una amenaza así. Tal razonamiento solo tiene en cuenta el pasado. Los riesgos podían ser evaluados de forma diferente a la de las compañías de seguros.
La crisis ecológica nos pone en contacto de forma mucho más masiva y directa con reservas de virus presentes en la fauna. La industrialización de la producción de la carne crea inmensas unidades de crianza particularmente vulnerables a los agentes patógenos. El recurso masivo al transporte aéreo contribuye a aumentar los riesgos de forma exponencial. Si nada permitía prever la fecha y el lugar de la aparición del SARS-CoV2 (el virus que causa el Covid-19), ya había sido lanzada la alerta por un cierto número de investigaciones sobre el carácter inevitable de pandemias infecciosas mucho más agresivas que en el pasado.
En cuanto al sistema de salud pública, está concentrado en instituciones hospitalarias y descuida tanto la atención primaria, como los niveles intermedios, como la atención ambulatoria. Para las personas de edad avanzada, la segregación en geriátricos, cada vez más gestionados por grupos privados, tiende a imponerse a pesar de la demostración de las ventajas en calidad de vida de las alternativas no segregadas en países como Dinamarca.
Cuando la amenaza se hizo innegable en Europa, el peso de la patronal fue determinante para acumular retrasos. El ejemplo italiano es el más revelador. Fue el país europeo más tempranamente afectado. Los dos primeros casos detectados, relacionados con turistas chinos el 31 de enero de 2020. Desde la segunda mitad de febrero, numerosos nuevos casos aparecían sin la menor relación directa con China.
La circulación interna del virus se manifestó muy en particular en las regiones industriales del Noreste (Lombardía y Venecia). La patronal se lanzó a una campaña mediática en gran escala para evitar toda medida de confinamiento. En Bérgamo, el epicentro más trágico de la pandemia, la Confindustria (confederación patronal) difundía un video desde el 28 de febrero para repetir machaconamente contra toda evidencia: “Nuestras empresas no han sido afectadas y seguirán adelante, como siempre”.
El hashtag patronal se volvió obsesivo durante todo el mes de marzo: #yeswework. Los trabajadores debieron ir a huelgas masivas para que el gobierno italiano accediera a cerrar una parte de las empresas industriales.

¿Culpa de jóvenes de fiesta?
A mediados de mayo de 2020 la mayoría de los gobiernos europeos optó por una vuelta progresiva a la normalidad. El confinamiento produjo resultados alentadores. La tasa de reproducción del virus (R0) pasó a estar bajo el nivel 1. Hospitalizaciones y fallecimientos conocieron una disminución muy significativa. A fines de mayo de 2020 la impresión que prevalecía era que Europa salía de la fase más crítica, aunque una parte de la comunidad científica advirtiera contra el exceso de optimismo.
La pandemia causa estragos entonces principalmente en el continente americano, exacerbada allí por factores políticos. Los presidentes de los dos países más poblados del continente (EUU y Brasil) mantuvieron actitudes de negación mucho más radicales y duraderas que sus homólogos europeos.
Sobre todo las muy fuertes desigualdades sociales ampliaron el impacto de la enfermedad. En América latina, para decenas de millones de trabajadoras y trabajadores pauperizados en el sector informal, confinarse era renunciar a comer. Los pocos mecanismos específicos de ayuda social puestos en pie fueron insuficientes. En los EEUU, las carencias de la seguridad social privaron a muchos trabajadores y trabajadoras de remuneración en caso de ausencia por enfermedad.
Eso hacía difícil la puesta en cuarentena al aparecer los primeros síntomas. El peso más masivo de las desigualdades sociales contribuye a explicar el contraste entre Europa y América. En Europa, el confinamiento produjo una caída muy fuerte de la mortalidad en unas semanas. Del otro lado del Atlántico, se redujo más lentamente. Hubo desincronización dentro de los EEUU, donde la reducción de la mortalidad fue fuerte de fines de abril a mediados de junio, y el resto del continente, donde el número de fallecimientos continuó creciendo hasta agosto.
Reconfinamientos parciales
Desde octubre de 2020, no quedó duda sobre la realidad de una segunda ola en Europa, atestiguada por el aumento de hospitalizaciones, de fallecimientos. La segunda ola se extendió sobre territorios más amplios que los afectados con fuerza por la primera ola. El espectro del hundimiento de los servicios hospitalarios volvió a la palestra con inquietud agravada por la constatación de los estragos ligados a un tratamiento insuficiente de las demás patologías.
La mayor parte de los gobiernos europeos se resignaron a nuevas medidas de confinamiento. En el terreno del trabajo, todo parecía resumirse a una dicotomía entre actividades que podían realizarse en teletrabajo y las que debían continuar de forma presencial. Cuando unas actividades son suspendidas, la razón de ser de estas medidas no es la protección de los trabajadores como tales, sino la limitación de contactos públicos (cierre de establecimientos de comercio no esenciales, de gimnasios o lugares culturales, paso parcial a la enseñanza a distancia…). Si el paso al teletrabajo se efectuó precipitadamente en marzo y sin encuadramiento adecuado en la ley o en las negociaciones colectivas, la situación seis meses más tarde no era mucho mejor.
Un ángulo ciego común
Las políticas sanitarias puestas en marcha se centraron en las barreras: distancia entre personas, mascarillas, desinfección. El reparto de roles entre responsables políticos y expertos científicos fue raramente transparente y a menudo conflictivo. Una de las enseñanzas esenciales de la lucha contra el SIDA fue descartada en beneficio de un higienismo muy reticente a la aportación de los conocimientos no expertos de las personas afectadas. En la mayor parte de los grupos de expertos que rodearon la toma de decisión, las ciencias humanas fueron reducidas a la mínima expresión.
Los dispositivos estadísticos juegan papel importante en la gestión de la pandemia. Construyen la realidad tanto como la describen. La recogida de datos fue modelada por la OMS. Pero los datos sobre la dimensión profesional solo emergieron progresivamente, muy desigualmente de un país a otro, combinados a veces con otros elementos sobre las desigualdades sociales.
Hay una relación estrecha entre estos límites y la voluntad política de no situar la cuestión de las desigualdades sociales en el centro de la prevención contra el Covid-19. Abrir la prevención a la especificidad del trabajo es también intervenir sobre la correlación de fuerzas entre los trabajadores y las patronales.
Dos perspectivas opuestas
La protesta desde abajo se desplegó en dos vertientes. Una, reaccionaria, se apoya en interpretaciones conspiracionistas, con una mezcla de racismo (contra las comunidades asiáticas, como se ha visto recientemente en EEUU), de reivindicación de la libertad individual como derecho absoluto, de exaltación viril de la toma de riesgos, un culto del PBI (porque una baja de éste “conllevaría más muertes que el Covid-19” en la versión más elaborada del discurso) y una desconfianza instintiva hacia toda valoración científica.
Los partidos políticos de extrema derecha no lograron en general encuadrar estas reacciones, salvo quizás en España, donde Vox, con sus alianzas regionales con la derecha tradicional juega un papel más activo que la Lega italiana o el Rassemblement National francés. La protesta se alimenta de críticas justificadas contra la insuficiencia de dispositivos de protección social o contra la gestión autoritaria de la crisis. No presenta alternativa a la sociedad, es una queja virulenta por la vuelta al antiguo orden.
La otra protesta vino de las trabajadoras y tiene un potencial radical. En todo el mundo las mujeres estuvieron en la primera fila en la lucha contra la pandemia. En hospitales, en residencias de mayores, en supermercados… Fueron abandonadas en condiciones de prevención desastrosas, y a pesar de ello aseguraron la supervivencia de los demás, a menudo al precio de su propia salud. Hubo gente que quiso virilizar esta dinámica decretando que se trataba de “heroínas”. En realidad, la resistencia del personal sanitario se apoya en luchas anteriores en las que se forjaron identidades colectivas.
La visión higienista adoptada por los poderes públicos se enfrenta constantemente a las exigencias del trabajo real y a la exigencia patronal de “mantener la productividad”. El análisis de los clusters aparecidos tras el desconfinamiento muestra que, en ciertas actividades, la protección ofrecida por simples barreras higiénicas es ilusoria. En otras actividades obligan a un trabajo diferente. Enseñar, hacer teatro, conducir un autobús respetando las barreras sanitarias crean a menudo situaciones insostenibles y desestabilizan las identidades profesionales. En gran medida, el trabajo real alimenta un inmenso potencial de resistencia.
A veces el cierre obedeció a decisiones judiciales, como en la fábrica Renault de Sandouville o en centros de logística Amazon. En Bélgica, la aplastante mayoría de los conductores de autobuses ejerció su derecho de retirada. La dirección había puesto en cuestión las medidas de prevención a fin de preparar el aumento del tráfico ligado al desconfinamiento. Otras luchas colectivas se desarrollaron en particular entre las obreras agrícolas en Italia para la regularización de las sinpapeles. La característica común de estos movimientos es que hacían converger las exigencias de la salud en el trabajo con las de la salud pública.
La democracia en el trabajo ocupará un lugar singular en los próximos meses. El trabajo real no puede reducirse a un simple espacio en el que se podría aplicar esta o aquella barrera higiénica. Reconocer esto es permitir a los trabajadores tomar la iniciativa sobre las condiciones de producción, valorizar su experiencia y repensar el trabajo en todos sus aspectos, teniendo en cuenta tanto imperativos sanitarios como el interés de la sociedad. Más allá de la Covid-19, está en cuestión la esencia de la democracia: que las personas deliberen y decidan cotidianamente en qué debe consistir su actividad productiva.
(Publicado en Público.es)










