Reescrituras de la vejez
Uno de los obstáculos más grandes para lograr un envejecimiento en plenitud son los prejuicios de las personas que envejecen.

Mucho se dice y se ataca a los prejuicios provenientes del resto de los grupos etarios y se enarbolan banderas de derechos de los adultos mayores y se lanzan gritos contra la discriminación. Estas cosas existen, pero la raíz está en otra parte.
Muchas de las dificultades que experimentan las personas mayores están vinculadas con sus propios prejuicios respecto de este momento de la vida, que es necesario desterrar, porque afectan no sólo a cada persona, a su grupo familiar, sino a la construcción social sobre la que vamos asentando nuestras acciones. Tengamos presente que hacia el año 2050, la esperanza de vida al nacer será de 82 años para los varones y de 88 para las mujeres. Resulta más conveniente, como sociedad, prevenir que curar.
Uno de los prejuicios más fuertes que se evidencian en el discurso de las personas mayores es que están inhabilitadas para muchas cosas. Se los escucha decir cosas como: “a esta edad yo ya no puedo caminar rápido / agacharme / salir / tener expectativas / aprender / enamorarme”, etc. “Ya no”, denota su creencia de que a partir de cierta edad se trata siempre de “cada vez menos” y actúan en consecuencia, como si envejecer fuera un proceso de caída en picada desde una montaña hasta llegar a nivel cero.
Es posible, que cuando la gente vivía menos y se veía afectada irremediablemente por ciertas enfermedades, la pendiente fuera más corta y más empinada. Pero actuar hoy conforme a esos datos, es tomar decisiones basadas en modos históricos de envejecer. A pesar de que las cosas han cambiado, son muchos los que continúan pensando que desde los 70 en adelante hay que sentarse en el tobogán de la vida y dejarse deslizar hasta tocar fondo, en lugar de luchar contra la gravedad y fortalecerse física, emocional, económica, social y espiritualmente.
Algunos lo hacen sustentados en esos prejuicios, es decir convicciones que no están basadas en la propia experiencia, a las que permiten tallar la propia vida, con marcas indelebles, sin darse cuenta hasta qué punto derrochan el tiempo que tienen por delante. Otros, eligen escudarse detrás de esos prejuicios, por comodidad o porque les permite “gozar” de beneficios secundarios.
Este concepto, beneficios secundarios, es muy utilizado en el ámbito de la psicología para referirse a ciertas ganancias asociadas al padecimiento, que hacen que las personas elijan la enfermedad antes que la salud, el sufrimiento antes que el bienestar, desligándose de las responsabilidades que les competen para asumir su propia vida con dignidad.
Estos, son muchas veces inconscientes y muchas otras son conscientes, pero en ambos casos, en términos de la vejez, resultan negativos, tanto para la persona mayor como para su entorno.
Por eso, resulta importante diferenciar entre aquella persona que ha claudicado su presente y futuro, porque supone que más allá no hay nada, según aprendieron al transitar las vejeces de otras generaciones, de quienes cursan estados de ánimo depresivos y no logran verlo, y de quienes en realidad disfrutan de ciertas prerrogativas que les da la edad, para deslindar responsabilidades que no solamente les corresponden, sino que al hacerlo, generan un exceso de esfuerzo para aquéllos a los que les toca responder por ellas, injustamente.
Muchas personas reconocen entre sus temores más profundos respecto de la vejez, el temor a la dependencia y el de convertirse en una carga para otros. Sin embargo, en muchas ocasiones, sustentados en la creencia de que la vejez lleva inevitablemente a eso, terminan por ser parte activa en la gestión de ese destino. Porque, salvo frente a las enfermedades y aun con los condicionantes que ellas imponen, en todo momento de la vida, cada quien afronta las vicisitudes según cómo es.
Para ilustrarlo brevemente, pongamos como ejemplo personas que luego de enviudar, descubren que no les gusta cocinar para sí mismas. Como solución, están quienes compran la comida hecha, quienes hacen rondas de almuerzo entre amigos y quienes dejan de alimentarse adecuadamente, esperando que alguien venga a rescatarlas de su ayuno autoimpuesto.
Cuando las personas renuncian a su capacidad de autogestión están renunciando a un derecho, que no debe ser confundido con la usurpación del mismo, aunque claramente le hace lugar. Si lo nota, es importante que pida ayuda, para recobrar fuerzas para tomar el timón de su vida y seguir adelante; siempre hay algo nuevo por descubrir.
Si la persona no lo nota, es posible que esté cursando estados depresivos o de deterioro cognitivo que muchas veces tienen manifestaciones similares, sobre todo en los primeros tramos de este segundo grupo. Es importante que el entorno intervenga con consultas adecuadas y no meramente suplir lo que la persona abandona; ya que esto puede profundizar una pendiente hacia abajo, que no está generalmente, predestinada.
Es necesario reescribir las vejeces, porque mantener las lecturas existentes tiene altísimos costos para todas las sociedades: costos emocionales y costos económicos, que harán el futuro insostenible. Para 2050, la población de adultos mayores y niños superará a la población económicamente productiva que en teoría deberá sostenerla. Claramente, sin modificaciones en todos los sectores, el sistema colapsará y no será posible.
Quienes están camino a la jubilación, deben saber que los próximos veinte o treinta años son un recorrido aun no señalizado, que deben diseñar cuidadosamente en base a sus deseos y principios, tratando de pensarlos como el broche de oro de sus vidas. Anticipar la vejez implica entrenar el cuerpo, la mente y el alma para nuevos desafíos y encontrar la manera de asegurar económicamente sus ingresos. Es, quizá, la franja de población que tiene en sus manos esbozar el argumento de las nuevas construcciones sociales de la vejez.
Quienes ya se han jubilado y empiezan a notar que la fiesta del tiempo liberado llega a su fin, porque sienten necesidad de darle nueva dirección y sentido a su vida, deben disponerse rápidamente a bucear en su interior, para reconocer sus necesidades y posibilidades y así, relanzar un nuevo proyecto de vida.
Los que tienen 80 y más y gozan de salud, no siempre son conscientes del valor fundamental que tienen para la sociedad y cuentan con un cúmulo de experiencias como insumo de intercambio, para transmitir a las nuevas generaciones, mientras aprenden de ellas.
Es necesario cambiar la cartografía existente de la vida, puesto que es obsoleta. No se trata de una bajada en picada desde la cima, como estaba pintada en los mapas de las vidas, como subida, meseta y bajada, sino que se parece más al curso de un largo río, cuyo caudal recorre la geografía, que cada quien se ocupa de trazar.
*Psicóloga, especialista en intervención y gestión gerontológica. Preside la Fundación Gerontológica Puente a la Vida.










