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El callejón de las alternativas

Cualquier gestión que se mida en años puede ser comparada con un extenso viaje marítimo. Hay etapas de placidez y vientos a favor, que se disfrutan sin sobresaltos, y otras en las que una tormenta o alguna otra adversidad convierten al periplo en un padecimiento que pone los nervios de punta y cubren de incertidumbre el futuro próximo.

Claramente, Jorge Capitanich se encontró en este tercer mandato como gobernador con el segundo escenario. Es seguro que no se ilusionaba con un viaje como el de su primer período, entre 2007 y 2011, cuando los recursos sobraban y era sencillo ser el preferido del electorado, pero lo debe haber alentado ver que de nuevo iba a gobernar con una administración nacional del mismo palo político y que los economistas se animaban a pronosticar que en 2020 llegaría la recuperación económica que Mauricio Macri murió aguardando.

En vez de eso, a los tres meses de zarpar llegó la pandemia de coronavirus y los pronósticos volaron por los aires. De una mejoría en la economía, ni hablar. Con todo, el pánico al contagio se expandió y acabó apuntalando los niveles de imagen positiva de quienes conducían la resistencia sanitaria. El miedo generó un amplio clima de consenso y apoyo para medidas como el aislamiento social o las razzias policiales que disolvían partiditos de fútbol en los barrios como si fuesen asaltos armados al Congreso.

Como suele suceder, el tiempo convirtió los aplausos en gritos de rabia. La reclusión domiciliaria generalizada y todas sus restricciones conexas recibieron el desprecio popular, porque para millones de personas el temor a la pérdida de su trabajo o al quebranto de su negocio terminó siendo una posibilidad más pavorosa que cualquier tipo de contagio.
De modo que los gobiernos (el nacional, los provinciales) comenzaron a aflojar clavijas para adaptarse al nuevo ánimo social y a jugar las fichas a su alcance en pos del objetivo que se tornó prioritario: la recuperación económica.

AL TIMÓN

Las aguas sobre las que navega Capitanich son, en gran medida, ésas, y es fácil imaginar el nerviosismo con el que sus manos sujetan el timón. El cuadro fiscal es muy complicado (la coparticipación tuvo una variación alentadora en los últimos meses, pero con respecto a períodos del pasado reciente que fueron malísimos), las perspectivas son inciertas (tanto los factores internos como los externos dan señales contradictorias) y el desgaste es inevitable.
Un sondeo de una consultora próxima al radicalismo le da a la gestión de Capitanich un nivel de aprobación del 48%, con un 50,2% de evaluación negativa.

El mismo relevamiento también marca un mayoritario descontento con la gestión de Alberto Fernández en la presidencia (desaprobación del 56%) y con la intendencia de Gustavo Martínez (65,5% de pulgares abajo). El estudio abordó a personas residentes en Resistencia, un electorado siempre difícil para el peronismo, pero en el que sin embargo Capitanich ganó la jefatura comunal en 2015 y Martínez hizo lo propio en 2019.

Si bien los números pueden relativizarse por las posibilidades de error que posee cualquier medición de opinión pública y porque la encuestadora tuvo un vínculo muy notorio con la UCR en el pasado, un consultor local del peronismo viene diciendo –en off- que los resultados de sus exploraciones son parecidos en el caso de la imagen de Capitanich y su gobierno, con una relación casi 1 a 1 entre respaldos y desaprobaciones, tanto en la capital como en el interior de la provincia.

Sin embargo, contra estas afirmaciones, en febrero la consultora cordobesa CB elaboró un ránking de los gobernadores con mejor y peor imagen en sus distritos, y Capitanich quedó en el primer lote, como el quinto mandatario provincial más aprobado. CB midió un 64,7% de conformidad con su gestión.

Todo depende del momento en que se tome la fotografía, de dónde se la capte y de cuán acertado es el muestreo de población en una provincia como el Chaco, donde la franja de independientes ha demostrado una gran movilidad de su voto y de sus alineamientos circunstanciales. Una porción de la clase media y media-alta que arbitra entre los votos fidelizados del PJ y de la UCR.

El gran interrogante en este momento es cuál mirada tiene ese sector hoy sobre sus gobernantes y dirigentes. Capitanich tiene el contrapeso de trece años continuos de presencia determinante en la política local (nueve de ellos ejerciendo la gobernación, que sumarán doce en 2023, cuando habrá que ver si va por los dieciséis –reelección mediante-, opta por un cargo nacional o –lo menos probable- cuelga los botines) que lo convierten en un plato repetido pero que también lo adiestraron en las artes de la retención del poder. A la vez, cuenta con el favor de una oposición que no renovó liderazgos.

ORDENANDO EL JARDÍN

Con ese panorama, y como para que no se le desordenen los enanos en el jardín, el gobernador apuró un acuerdo con Gustavo Martínez, su villano favorito. Es la vieja ecuación borgiana sobre el amor y el espanto, política pura. Ambos saben que dividirse sería un sinceramiento personal que tendría un elevado costo electoral y de gestión. Los dos tienen una capacidad de daño recíproca que hace impensable que uno u otro recurran al botón rojo. Pero además, cada uno de ellos utiliza la existencia del otro como un elemento cohesionador de sus espacios.

Por eso la renovación de autoridades del Partido Justicialista –convertido más que nunca en un ente formal- fue la ocasión elegida para presentar el arreglo, que sumó a Domingo Peppo para darle una simbología más abarcadora, si bien en realidad el exgobernador perdió casi todo su poder real desde el instante en que soltó las lapiceras de su único mandato. En el entorno de Capitanich se lo ve más bien como una segunda marca del gustavismo, pero útil para afianzar la imagen de un consenso interno.

El pacto entre los tres seguramente crujirá cuando llegue el momento de definir las escasas candidaturas de este año (diputaciones nacionales y provinciales), pero a su vez la foto de los jefes saludando juntos marca la cancha: las nominaciones serán definidas por ellos y no habrá grandes opciones para el habitual “rejunte de heridos” a fin de armar listas alternativas.

El entendimiento es, por supuesto, un paso dirigido a no perder las elecciones de medio término, que siempre marcan tendencia para los comicios siguientes, en los que estará en juego absolutamente todo: desde concejalías hasta la presidencia del país. Pero es además un intento de dar una señal de solidez oficialista frente a un clima social recalentado.

EL FACTOR EDUCATIVO

En ese punto, el fracaso –hasta aquí- de la negociación con los gremios docentes añadió un dato más a la dureza del contexto. Los maestros fueron en gran medida un sector clave para la llegada de Capitanich al poder en 2007. Él les dio una recuperación del 74% de sus salarios en sus primeros dos mandatos –según las estadísticas gubernamentales- pero en 2020 la realidad fue otra y las remuneraciones docentes retrocedieron. La explicación central que da su administración es el efecto pandemia.

Pero hay también una dosis de responsabilidad por el fenomenal incremento de la planta de personal estatal que se dio en la provincia desde 2007, que redujo notablemente las chances de ofrecer recomposiciones a la altura de las expectativas de los trabajadores públicos. Mucho más ahora que los recursos son raquíticos en comparación a las demandas.

Como sea, está claro que el “conflicto docente” no se circunscribe al universo de maestros y profesores, sino que lastima a un anhelo central de la clase media: volver a tener una educación pública de calidad y que funcione todos los días.

Un objetivo que es difícil de resolver frente a un sistema educativo ineficiente e incontrolado, donde –por si faltara algo- la dirigencia sindical padece una dinámica interna de posicionamientos ante las bases que funciona con la confrontación como combustible principal. Los referentes de los gremios, a su vez, dicen que los malos no son ellos, sino los niveles salariales de los que parte la negociación con el gobierno.

La sensación, una vez más, es que los cambios que se necesitan deberían tener alcances tan profundos que es imposible esperar que provengan de emparchamientos y arreglos parciales. El “conflicto docente”, como se lo presenta, es mucho más que una cuestión salarial, y sin embargo a eso ha quedado reducido cada año.

Por eso, ya no se trata de ser solamente astutos, sino de tener grandeza. El día a día importa, y no hay más remedio que ocuparse de él. Pero se nota demasiado la necesidad de que, a la par, los actores centrales del Chaco se decidan a hacer historia. ¿Que no debe ser sencillo? Seguro, ¿pero qué otra alternativa queda?